Carta a un amigo traicionero

Querido amigo: Quizás has visto el vídeo que ha llenado internet estos días. Se ve a un perro que ha sido brutalmente apaleado y maltratado durante años, y cuando estando en la jaula de acogida, la cuidadora se le acerca a hacerle caricias, el perro se arrincona en una esquina aullando de miedo e impotencia, amenazando con morder sin llegar a hacerlo de tan indefenso y humillado que se siente. La mujer avanza sigilosa e insistiendo en acariciarlo, le acaricia repetidamente todo el cuerpo por el torso, luego se lo atrae y le acaricia una y otra vez la cabeza y el hocico, entre llantos y aullidos del temeroso can, que poco a poco va pasando del aullido al gemido, hasta que se medio consuela y busca las caricias.

Ese perro, querido amigo, soy yo. Y, en cierto modo, también lo eres tú y lo es tu madre… y diría que lo son casi todas las personas. Las hay malas, sí, pero son muy pocas. La mayoría están equivocadas y se dejan arrastrar por la debilidad y el vicio. Eso es lo que me ocurre tantas veces, cada vez más. Parece como si todo el género humano estuviéramos volviéndonos locos. Pues tú sabes, porque eres una de ellas, que es una actitud descabellada y radical, descaradamente bélica y de mal gusto, la que tomáis –incluso los que parecéis católicos ejemplares de fachada, pero sois más protestantes que otra cosa- la que tomáis luchando y dando guerra para poneros en el centro a costa de lo que sea con las buenas personas que sabéis que no os morderán nunca, tanto de las que intentan ser fieles al Evangelio como las que no, pero son de buena voluntad. Sois un escándalo para ellas y para mí y para todos. Eso no es vivir el Evangelio. No queremos guerra, queremos paz y amor para que todos podamos desarrollarnos como seres humanos con dignidad, en un entorno lo más feliz posible.

Yo sé que tú, por más que simules ser inteligente y poderoso, un crack, también tienes entrañas de amor y deseas la paz; que también tú quieres vivir con dignidad. Por eso, lo primero que tendrías que hacer es dejar de imponerte con tus errores, pues ese es tu mayor error, tu error de base, y con él pierdes tú mismo toda tu dignidad. Por eso, luego, por si fuera poco, al verte desnudo y edificando sobre arena, procuras remover el fango y revolucionar todo tu entorno para ocultar tu inmundicia. Y ese es el motivo por el que insistes en imponerte, reincidiendo con orgullo en tu pecado, en lugar de reconocer tu error y rectificar.

Dios te conoce, y tú sabes que el brillo jamás te vendrá por pisar, por humillar a los demás e imponerte, sino esforzándote con tesón para hacerlo bien, perfeccionarte y subir el listón, que es lo deseable y santo. Pero eso es lo que cuesta. Lo otro es lo fácil, y tú lo sabes. Por eso es una actividad, una virtud, que tiene tan pocos seguidores. Además, pisando, entras en un terreno fangoso, que finalmente te tragará, y acabarás siendo pisado por otros como tú; tantas veces sucede que son precisamente aquellos que te han ayudado a pisar para subir disimulando tus vergüenzas.

¿No te das cuenta de que estás edificando sobre arena? (Cf. Mt 7,24-27). Arranca tu soberbia –tu debilidad- de cuajo, y entonces podrás sembrar tus actos en tierra buena (Cf. Mt 13,3-8), y será cuando, con el agua que te saciará, serás capaz de crecer más incluso de lo que imaginabas, y podrás llegar a tu plenitud; de manera que, tanto si llegas a ser la planta más alta como si no, como estarás en tu plenitud, te sentirás y te verán tan seguro y feliz como preludio del cielo, que no envidiarás nada a nadie, y todos te admirarán.

Entonces te habrá llegado a ti el momento de brillar, y serás tú quien escriba una carta a un amigo traicionero. Sobre todo, no olvides algo imprescindible: llegues o no llegues adonde tú deseas sin saber dónde exactamente, si luchas con honestidad, brillarás ya como consecuencia, y, te odien por ello o no, te sentirás ya feliz de saber que estás cumpliendo la voluntad de Dios (Cf. Jn 4,34), que te saciará con su Amor. Te habrá llegado el momento de experimentar el martirio en vida, que es un tipo de martirio mucho más sacrificado, puesto que no acaba ostensiblemente con tu vida, sino que te consume lentamente ante la mofa de propios y extraños, a veces hasta de ti mismo, puesto que nadie –ni tú mismo- entenderá nada de nada. Y quizás serás, entonces, tú el manso pisado por otros envidiosos como eras tú, para tu sorpresa y la de tus allegados. Y muchos se preguntarán y dirán: ¿No era ese el que pisaba tan fuerte?, y se pondrá en evidencia tu bondad, adonde no hubieras llegado sin el ejemplo de aquellos a quienes tú pisabas. Por eso es tan importante hacer siempre el bien e incluso devolver bien por mal, amar a los enemigos (Cf. Mt 5,44). El problema añadido y hasta extirpador llega cuando no te dejan hacerlo, como parte del mal que te hacen. Otras veces se complica con complejos propios y ajenos de todo tipo, que como la palabra indica, son complejos. Entonces, hay que ser verdaderamente ingenioso y creativo… y tener más paciencia todavía. Pero haz el bien. Siempre. Aunque se aprovechen de ti y tu bondad. Y no te enredes con ellos. Tú sigue tu camino. ¡Un abrazo!

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One comment

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    M’agrada! És una bona imatge la d’aquest gos. Crec que moltes vegades no donem amor perquè no ens hem parat a meditar la nostra pròpia necessitat. Que Déu ens ho faci veure!

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