Carta de homenaje a San Juan Pablo II, Karol Wojtyla

Querido Karol: fuiste el maestro de los católicos que, durante tu pontificado, éramos unos jóvenes sedientos de dar sentido a nue…

Querido Karol: fuiste el maestro de los católicos que, durante tu pontificado, éramos unos jóvenes sedientos de dar sentido a nuestras vidas. Tu filosofía personalista nos cautivó cuando leímos tus libros sobre tu pensamiento filosófico. Toda la creación de Dios pensada desde la eternidad para su fin último y primero a la vez: la persona humana.

En esa clave se deben entender, luego cuando fuiste obispo y Papa, tus encíclicas ‘Evangelium Vitae’, ‘Redemptoris Missio’, ‘Fides et Ratio’, ‘Laborens Excercens’, ‘Veritatis Splendor’ y tantas otras. Tu tesis anterior sobre San Juan de la Cruz nos terminó de mostrar tu profunda espiritualidad.

Cuando nos dijiste “no tengáis miedo”, abriste nuestros corazones y nos lanzaste a defender la verdad de Jesucristo y aprendimos a amar de verdad a su Iglesia.

Cuando recorriste todo el mundo como un misionero de lujo nos enseñaste que la Iglesia está para evangelizar. Cuando tomaste de la madre a Santa Teresa de Calcuta, nos mostraste que los últimos de los últimos eran para ti y de verdad, como para Jesús, los primeros. Recordamos como ante el padre Ernesto Cardenal, que se arrodilló ante ti, con el dedo extendido le dijiste en la Nicaragua sandinista: “Usted debe de arreglar su situación irregular con la Iglesia. No había persona que se te acercara y no sintiera tu fuerza. Esa fuerza no de la violencia sino de la santidad, la firmeza de los principios de la ortodoxia católica que hiciste brillar con el esplendor de la verdad. La Virgen fue todo para ti, la que te llevaba a Jesús. ‘Totus Tuus’ fue tu lema episcopal en Cracovia y en Roma. Cuando las multitudes te gritaban “Juan Pablo II te quiere todo el mundo” encarnaban la voz de muchos, no de todos, lamentablemente ni de fuera ni tampoco de dentro de la Iglesia.

Defendiste la vida naciente desde la concepción hasta la muerte natural con el mismo ardor que la dignidad del trabajo ante el capital. En ‘Mulieris Dignitatis’ realzaste el papel de la mujer en la Iglesia y en el mundo.

Cumpliendo la profecía de la Virgen, ayudaste a derribar la cortina de hierro y la propia Unión Soviética implosionó unos años después de que asumiste el ministerio petrino.

Cuando llegó el momento de la prueba, ya herido por Alí Agca, acaba de revelar tu secretario por 39 años, el hoy cardenal arzobispo de Cracovia, en el Jeep que te conducía al Gemelli oraste por tu agresor como el Divino Maestro lo hizo en la Cruz por quienes le mataban. La Inmaculada te salvó la vida para que dieras el ejemplo de sufrimiento y fortaleza a propios y extraños. Literalmente crucificado en vida por Cristo. Cuando partiste a la Casa del Padre, como el Señor, habiendo cumplido todo, las lágrimas salieron de mis ojos con la tristeza de la separación física pero con la enorme alegría de tu Pascua. Porque ya muy poco después empezaste a trabajar de santo en el cielo e hiciste y harás muchos milagros, porque Dios te tiene muy pero muy cerca en su seno. Damos gracias por tu vida y ministerio y recordaremos siempre tu frase: “haz de tu vida una obra maestra”. Tú, con la Gracia de Dios, vaya que lo hiciste. ¡Que el Señor te guarde en su Divina Gloria!

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