Carta de un padre a su hijo ante su próxima paternidad

Queridísimo hijo: esto es probablemente lo más importante que te haya dicho y que pueda decirte en mi vida, una especie de testamento vi…

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Queridísimo hijo: esto es probablemente lo más importante que te haya dicho y que pueda decirte en mi vida, una especie de testamento vital, por lo que te ruego que lo leas y lo medites con atención y con cariño.

Tienes un hijo; digo “tienes” y no “tendrás”, porque tu hijo ya es, ya existe; incluso aunque no llegara a nacer con vida, con la vida de este mundo, él ya es y será por toda la eternidad, y esto es lo que nuestro mundo no entiende. Dios os ha hecho a tu esposa y a ti co-creadores, y por tanto co-responsables de su máxima creación, que es el hombre. Os ha dado la facultad de formar su cuerpo, pero es Él quien crea su alma en el mismo instante en que su cuerpo comienza a existir y la infunde en ese cuerpo, de modo que, desde ese mismo instante, un nuevo hombre –cuerpo y alma– existe en la Creación. Vuestro hijo no es sólo vuestro; es también hijo de Dios, criatura de Dios, amada por su Creador. Y Él ha delegado en vosotros el cuidado de ese nuevo hombre, de su cuerpo y de su alma, lo cual es una responsabilidad infinita. Pero para poder cuidar responsablemente de ese nuevo hombre, hay una cosa que no debéis olvidar nunca: su cuerpo es mortal, pero no así su alma, que una vez creada vive para siempre, porque es el sello de Dios en él, Su imagen y semejanza. Por eso, si es importante el cuidado de su cuerpo, lo es infinitamente más el de su alma, porque la eternidad de esa alma inmortal –con Dios o sin Dios– depende exclusivamente de su vida en este mundo. Así son las cosas para el hombre, aunque ese pensamiento nos resulte incómodo, tal vez incomprensible, y prefiramos alejarlo de nuestra mente.

Si te horroriza la sola idea de dejar que su cuerpo se debilite, enferme y muera por falta de alimento, cuánto más debe horrorizarte la idea de que eso suceda con su alma. Y sin embargo, cuántos en el mundo piensan en la alimentación del cuerpo y olvidan la del alma. Para alimentar su cuerpo, Dios ha creado los frutos, los vegetales y los animales, y para alimentar su alma nos ha dado su Palabra –su Hijo– y ha instituido la Iglesia y los sacramentos.

Dios no hace nada en vano; no hace nada innecesario, o con una utilidad relativa. Dios no se ha humillado haciéndose criatura, haciéndose hombre, para enseñarnos, ser torturado y asesinado por nosotros, con el fin de instituir algo fútil, algo prescindible. Puedes comprender que si Dios se ha dejado matar por nosotros ha sido por algo muy grande, por algo a la medida del propio Dios. Y ese legado de Dios es la Iglesia como administradora de los sacramentos, que son el alimento del alma.

¿Por qué ha hecho Dios algo tan aparentemente incomprensible? Porque la soberbia de su criatura la llevó a pronunciar el non serviam de los ángeles rebeldes, se hizo también rebelde y renunció voluntariamente a Dios; dijo: “no te necesito, soy tan grande como Tú”; y más tarde añadió: “no existes, sólo yo soy”. Eso abrió un abismo infinito entre ella y Dios, y sólo el sacrificio del Hombre-Dios, sólo la naturaleza humana asumida y redimida por el propio Dios con su sangre, podía cerrar ese abismo. Y la magnitud de ese sacrificio refleja la magnitud del amor de Dios por su criatura.

El sacrificio de Dios nos dio la posibilidad de saltar al otro lado del abismo, pero dependiendo siempre de nuestra voluntad. Dios nos creó libres, y como Dios no hace nunca nada a medias, esa libertad es inalienable; ni siquiera Dios mismo puede vulnerarla, porque en Dios no existe la contradicción: nos ha hecho libres en toda la infinita profundidad del término, libres para aceptarlo y libres para rechazarlo, incluso para rechazarlo eterna e irrevocablemente. Si no fuera así, la libertad no sería tal. Por eso juega el hombre un juego tan peligroso; por eso su destino eterno se juega en esta vida.

La Iglesia, con todas sus imperfecciones humanas, pero también con todo su contenido divino, nos ha advertido siempre de esa situación. Durante mucho tiempo la escuchamos, pero ahora hemos decidido volver nuevamente a ese “no te necesito”, a ese “soy tanto como Tú”, o incluso a ese “sólo yo soy”, y hemos dejado de escuchar. Es más, nos hemos vuelto indiferentes a Dios y a nuestro propio destino. Y sin embargo, sólo la Iglesia es depositaria del alimento que Dios ha dejado para nuestra alma: los sacramentos. Y sin ese alimento, nuestra alma muere para Dios.

¿Muere entonces necesariamente para Dios el alma de quien no pertenece a la Iglesia? Dios es justo; es más, Dios es la Justicia. Y lo es en todos los sentidos. Es justo con quien, no conociendo Su Palabra, actúa en conformidad con su conciencia, con la ley natural que Él mismo ha impreso en cada hombre. Pero también aplica su Justicia a quien, conociendo Su Palabra, no quiere escucharla. Por eso, los que hemos nacido en ámbito cristiano tenemos una gran ventaja, que es al mismo tiempo una gran responsabilidad. Se nos ha dado el inmenso bien del conocimiento de Su Palabra, pero eso comporta al mismo tiempo la inmensa responsabilidad en que incurrimos si decidimos no escucharla, o si pretendemos hacer de ella nuestra propia interpretación acomodaticia. Rechazar la Palabra que nos ha sido dada implica incurrir en terrible responsabilidad, pero también lo implica pretender acomodarla a nuestra conveniencia, tratándola como quien entra en un buffet libre y coge un poco de esto y un poco de lo otro. El legado de Dios para nuestra salvación no es un buffet libre, no es algo de lo cual podamos seleccionar lo que nos acomoda; lo tomamos o lo dejamos, pero se toma completo, en su integridad, o se deja también completo. No hay medias tintas. La ignorancia puede excusar, incluso a quien no ha reflexionado suficientemente sobre esta enseñanza, pero el conocimiento no excusa, sino que exige.

Ahora tú también eres padre. Si yo soy responsable por ti, tú lo eres por tu hijo, y eso debe ayudarte, debe obligarte a reflexionar profundamente sobre todo esto, no ya solamente por tu propio bien, sino por el bien del hombre que Dios ha puesto en tus manos.

Tu hijo viene al mundo en un momento terrible, en el que el hombre ha “matado” a Dios, lo ha echado fuera de su vida, se ha declarado autónomo y autosuficiente; ha dicho a Dios: “no te necesito; es más, me molestas; vete”. Y Dios, que nunca violenta la libertad de su criatura, se ha ido, aunque en realidad se queda siempre muy cerca, esperando a que alguna de sus criaturas le llame con humildad, con arrepentimiento auténtico, exento de toda soberbia. Entonces tarda menos que un pensamiento en abrazar a su criatura.

Pero el mundo de hoy no quiere a Dios ni enseña a quererlo. Es más, ya ni siquiera lo recuerda ni lo tiene en consideración, y así crea una atmósfera auténticamente venenosa para el alma. Eso requiere de ti, como padre, un esfuerzo inmenso para contrarrestar esa influencia nefasta, esfuerzo que no se requería cuando el mundo tenía presente a Dios, pero que ahora se hace necesario si apreciamos el alma de nuestros hijos. El esfuerzo y el sacrificio que esta situación requiere de los padres son tremendos, y debéis asumirlo.

El mundo va a contaminar el alma de tu hijo con ideologías, con vacuidad, con ignorancia, con comodidades, y va a hacerlo desde su edad más temprana; lo va a obnubilar con el brillo engañoso de la abundancia, del consumo; va a decirle que no necesita esforzarse más que para tener más; no va a enseñarle la verdad; no va a hablarle de lo que es el hombre ni de su destino; va a engañarlo con mil fabulaciones y teorías estúpidas y alienantes. Va a hacer lo posible por alejarlo de la verdad, y tu responsabilidad estriba en que el mundo no venza y en que tu hijo conozca la verdad y se adhiera a ella, porque de eso depende su salvación. Es así de simple y así de terrible.

Y debes entender que sólo hay una cosa en el mundo que pueda ayudarte y apoyarte en esa inmensa responsabilidad, y es la Iglesia, lo que Dios nos ha dejado precisamente con esa finalidad, lo que no podemos permitirnos el lujo y la terrible irresponsabilidad de rechazar. No prejuzgues a los hombres que la componen. Dios ha dicho: “no juzguéis, y no se os juzgará”. Demasiado fácilmente juzgamos a los demás, pero cuánto nos cuesta juzgarnos a nosotros mismos. Asume y acepta humildemente el legado de Dios, el regalo que ha costado a Dios su Sangre, la única depositaria del alimento del alma.

Te ruego que medites profundamente sobre todo esto. Te quiero, y quiero a tu hijo, que es también mi sangre. Ayúdame, por favor, a cumplir con mi responsabilidad, y cumple con la tuya.

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