Cartas desde la fe (IV): Sobre el acto de fe

Querido lector: En la primera de las ‘cartas desde la fe’ dejé expresado mi propósito de que estas cartas resulten pr&aacut…

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Querido lector:

En la primera de las ‘cartas desde la fe’ dejé expresado mi propósito de que estas cartas resulten prácticas, que te sirvan, que puedan ayudarte en aspectos concretos referidos a la fe. Con la carta que ahora me dispongo a empezar podría parecer lo contrario, pero no es así. No me he olvidado de ese propósito; precisamente por mantenerle creo que viene bien lo que voy a escribir.

No sé si te habrás preguntado alguna vez en qué consiste la fe. Si lo has hecho, probablemente hayas comprobado que esa pregunta no tiene una respuesta única sino múltiple, como si la fe fuera una trenza tejida de varias hebras, la cuales, siendo diferentes, guardan entre sí una unidad monolítica. Por otra parte, convendría distinguir entre la fe religiosa y la fe natural, pero de eso hablaré en la segunda parte de la carta.

1. El principio de la fe.

La fe consiste -esta sería la primera hebra- en aceptar una serie de verdades de las cuales no podemos tener experiencia, una propuesta que se hace al entendimiento sin que este pueda recurrir a comprobar lo que se le propone. Es un acto de confianza en que las cosas son como se nos dice o se nos promete. Dios, sin necesidad de más título que el de ser quien es, y sin otra prueba de verdad que su propio nombre, nos ha hablado desde antiguo por medio de hombres elegidos por Él mismo. Nuestra fe hunde sus primeras raíces en una cadena muy larga de oráculos, mensajes de Dios a los hombres, que comienza hace unos tres mil quinientos años en tierras del actual Iraq, con un personaje impresionante, Abraham, y que continúa ininterrumpida hasta que llega a su plenitud con el nacimiento de Jesucristo. ¿Conoces la historia de Abraham? Si la conoces, coincidirás conmigo en que este hombre fue un modelo de creyente. Si no la conoces, te invito a descubrirla porque merece la pena, de verdad que merece la pena. ¡Vaya tipo! Abraham es el gran patriarca, el punto de arranque de Dios que habla, Dios que entra en relación con el hombre, diciéndole algo que le interesa saber. Quince siglos después, Jesucristo será la culminación de esa misma historia. Con Abraham Dios nos dice la primera palabra, con Jesucristo, la última y definitiva.

A este dato primero de Dios que habla, se me ocurre que tal vez se te presenten varias objeciones. Voy a suponer dos, que expresadas en forma de pregunta, podrían ser estas: Una, y esto que se me propone para ser creído, ¿por qué es verdad?, y dos: ¿por qué tengo que creerlo? Si esas fueran tus objeciones, tengo que decirte que yo no tengo respuesta. O por lo menos, la respuesta que se me alcanza, no creo que pueda convencerte, aunque sí hay algo que merece ser comentado.

Que Dios exista y hable a los hombres es verdad por sí misma, porque sí. Ni se sostiene porque lo diga uno, unos pocos, muchos o todos, ni deja de sostenerse porque pocos o muchos lo nieguen. No se sostiene porque podamos o no podamos probarlo, y hay que decir que no podemos. Tenemos capacidad para argumentar sobre estos temas, podemos ofrecer razones diversas, pero demostrar, lo que se dice demostrar, no podemos. A la vez hay que decir que tampoco podemos demostrar lo contrario. Que Dios exista, que haya entrado en nuestra historia hablándonos hace treinta y cinco siglos, etc., lo aceptamos o no por la fe en Dios, pero no tenemos capacidad para demostrarlo y tampoco tenemos capacidad para demostrar que no haya sido así. ¿Entonces, creyentes y no creyentes, estamos empatados? Si el creyente no puede afirmar a Dios y el no creyente no puede negarlo, ambos están en la misma situación, ¿no?

No, ni mucho menos. La diferencia entre quien cree y no cree es enorme y, referida a esta cuestión, esta diferencia reside en que si aceptamos que Dios existe y habla, lo aceptamos por la palabra de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos (en caso contrario no sería Dios); si lo negamos, lo negamos por nosotros mismos. El que acepta, basa su fe en la confianza que proviene de otro; el que no acepta, basa su desconfianza en sí mismo. El que cree opta por abrirse a lo que se le dice y a quien se lo dice, el que no cree se queda cerrado en sus propias fronteras y no se abre ni a lo que se le dice ni a quien se lo dice; el primero se dispone a recibir algo que le viene de fuera, el segundo se atrinchera en sí mismo; el uno acepta, el otro rechaza.

Para la segunda objeción, ¿por qué tengo que creer estas cosas?, tampoco tengo respuesta. No hay razón que obligue a creer. Creer es un acto de libertad, un acto personalísimo por el cual uno da crédito y hace suyo, o no, lo que oye. Recuerda que en la segunda carta dijimos que quien cree, cree porque quiere creer y quien no quiere, no lo hace y nadie puede obligarle.

Y punto… Pero punto y seguido, eso también. Y además puntos suspensivos, porque tanto para el que cree como para el que no cree, la cuestión se queda en suspenso, sin zanjar. El que quiere creer, cree, y el que no quiere no cree, pero la cosa no queda clausurada. Cuando Dios habla, rasga el alma, dejándola con una herida abierta para toda la vida (y no está en nuestra mano impedir que Dios llame a nuestra puerta). A partir de ese momento en que Dios se hace presente hiriendo el corazón, uno puede optar por sanar esa herida o seguir con ella abierta. Lo que no puede hacer es engañarse y decirse a sí mismo que no hay herida. La realidad es tozuda y exige respuesta, y no hay respuesta sin consecuencias. ¿Cómo quieres, lector, que no tenga consecuencias hondas y personales la decisión más honda y personal que puedes tomar, que es tu respuesta a Dios que te ha abierto el alma de arriba a abajo? Por eso, punto y ya está, no; punto y seguido. O, si lo prefieres, punto en boca, pero no punto en el corazón. Podemos cerrar los oídos y callar la boca, pero no podemos acallar el corazón porque al corazón no sabe de mordazas. No existe clausura para el corazón ni hay corazón mudo. Y tú lo sabes.

Así pues, aunque solo sea por pura necesidad psicológica, punto y seguido. Y lo que sigue, también por necesidad, reside en las consecuencias. Si queremos ser honrados -y queremos- y decir las cosas como son, hay que saber que creer tiene unas consecuencias y no creer tiene otras. Y conviene saber que unas y otras son consecuencias antagónicas. Entre la postura de aceptación de la fe y la de rechazo se abre un abismo. Para esto sí hay pruebas, muy palpables y muy concretas. Son las vidas de creyentes e increyentes. No hablo de casos escogidos ni de muestras particulares, porque aquí hay de todo, desde los grandes personajes de la Historia hasta los más cercanos y desconocidos. Mira cómo han vivido unos y otros, cómo han encarado la vida y sobre todo cómo han encarado la muerte. Si lo haces verás que no es igual. No es igual vivir con fe, siendo coherentes con ella, que vivir sin fe. No es lo mismo quedarse en una discusión de palabras que atender a los hechos y “los hechos dan razón de la sabiduría de Dios” (San Mateo 11, 19). Siempre. Siempre, siempre. (He subrayado lo de ser coherentes porque vivir diciendo que tenemos fe sin ser coherentes es peor que vivir sin fe, pero esta es una cuestión con la que ahora me desviaría del propósito de esta carta).

2. Sin fe no podemos vivir.

Ahora, para terminar esta reflexión, me gustaría hacerte caer en la cuenta de una paradoja que me resulta cuando menos chocante. Se trata de la enorme desconfianza que algunos ponemos ante las verdades de fe al mismo tiempo que damos crédito a un sinnúmero que por sí mismas merecen un crédito menor. ¿Cómo puede ser que nos fiemos menos de Dios, que no engaña, que de los hombres que sí engañamos? Permíteme unos cuantos ejemplos tomados de la vida corriente. Se nos dice que la palabra de Dios ha sido recogida en las Sagradas Escrituras y respondemos con mil objeciones que no ponemos ante hechos históricos muchísimo menos probados. Ningún documento histórico ha sufrido una crítica histórica tan severa como los textos evangélicos, y aun así muchos se empeñan en negarlos. ¿Cómo puede ser que pongamos más confianza en lo que llamamos suerte, que en la providencia de Dios Padre?, ¿en el consultor que en el confesor?, ¿en las promesas de un hombre, que en las promesas de “el hombre”, Jesucristo?

Es que para eso hace falta fe y yo no la tengo, puedes decirme. No es verdad. Fe tenemos todos. La pondremos en Dios o en otras cosas, pero sin fe no podemos vivir, del mismo modo que no podemos respirar sin aire. El aire podrá estar en reposo o en movimiento, ser puro o estar contaminado, contener humedad o estar seco… pero sin aire no hay posibilidad de respirar. Pues con la fe pasa lo mismo. Todos los días, permanentemente, estamos haciendo actos de fe, otra cosa es que esta fe esté puesta en lo que nos propone la religión o no. Una vez y otra nos ponemos en manos de personas en quienes depositamos al menos ciertas dosis de confianza sin pedir pruebas en las que apoyarnos: Médicos a quienes confiamos nuestra salud, educadores a los que entregamos nuestros hijos, mecánicos en cuyas manos dejamos nuestros coches, bancos en los que depositamos nuestro dinero, etc. A diario subimos en autobuses y trenes, comemos en restaurantes, compramos en supermercados, etc., dando por supuesto que los conductores serán prudentes y los alimentos estarán en buenas condiciones. Y todo esto a pesar de una sobrada experiencia de fallos de todo tipo, por descuidos, negligencias, engaños… Y aun así nos fiamos, claro, porque si no lo hiciéramos no podríamos salir de casa, no podríamos vivir. Sin confianza la vida resulta imposible e insufrible. Hablo de fe natural, de confianza básica, acompañada de cautela, mínima, si quieres, pero confianza. Confianza en que el camarero no me va a intoxicar, el taxista no estrellará su taxi en el primer árbol que encuentre, los billetes del cajero serán legales, el peluquero domina el oficio, el cirujano estará titulado…

¿Y con Dios, qué? ¡Cuántos remilgos, cuánta desconfianza, cuánta dejadez, cuánta exigencia, cuánta objeción! ¿Llamamos a las cosas por su nombre? Si hay que hacerlo, entonces tendríamos que emplear palabras ásperas, palabras como cerrazón, terquedad, dureza, necedad…

Ahora vamos a darle la vuelta a todo esto y vamos a mirarlo buscando su cara de bondad. No porque visto en su crudeza no sea verdad, sino porque si esa verdad tan dura solo sirve de denuncia, entonces, siendo verdad, en el mejor de los casos, será una verdad inútil, y en el peor una verdad que hunde o desespera. Y esa no es la que interesa, la que interesa es la verdad que salva, la que hace bien, la veritas in caritate, aquella que pueda ayudarnos a encontrar una salida.

¿Y cuál es la verdad que salva? Respuesta única y exclusiva: Jesucristo. No hay otra. Lo aceptarás o no, pero te aseguro que no hay otra. El mundo, tan cargado de años, ha conocido gentes de todo pelaje. Entre tantos como hemos desfilado por aquí, ha habido, y sigue habiendo, muchos que han venido con sus dosis de verdad y sus genialidades. Filósofos, poetas, científicos, líderes de todo tipo, fundadores de grandes religiones, gobernantes, inventores, artistas…, cada cual con su aporte de verdad. ¡Bienvenidos sean!, pero ninguno de ellos ha tenido la osadía decir que él era la verdad. Jesucristo en cambio sí, literalmente. “Yo soy la verdad” (Juan 14, 6). Nadie nunca llegó a tanto. Y no fue ninguna broma, le costó la vida y a un precio muy caro, a precio de sangre derramada tras un proceso injusto y una muerte cruel.

He acabado recalando en la persona de Jesucristo ya en el tramo final de la carta. Para cartas sucesivas tendremos que fijarnos en Él porque toda nuestra fe radica en Él como centro, principio y fin. Ahora ya para terminar, querría rematar con la idea de apertura antes comentada. ¿Te parece que no tienes fe, o que si la tienes es débil o escasa? No te cierres al influjo de la gracia. Ábrete, que a poco que sea, merecerá la pena. Dirígete a Dios con el pensamiento y con la palabra, que eso es rezar. Háblale, confía en Él. Echa mano de quien necesites para hablar de Dios y para hablar con Dios, pero no te cierres en ti mismo, que no es bueno que el hombre esté solo. Dios que hiere es el mismo Dios que sana.

Hasta el próximo número. Con mis mejores deseos,

Estanislao Martín Rincón

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