Cartas desde la fe (V): Sobre la puerta de la fe

Querido lector: Esta carta nº 5 es continuación de la anterior, en la cual te comentaba algunos aspectos sobre el hecho de creer, el &ldq…

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Querido lector:

Esta carta nº 5 es continuación de la anterior, en la cual te comentaba algunos aspectos sobre el hecho de creer, el “acto de la fe”. Te decía entonces que la fe se puede comparar con una trenza tejida de varias hebras, una de las cuales era la aceptación de una serie de verdades que se proponen al entendimiento. En la carta de hoy te hablaré de otra de esas hebras, la segunda. Ojalá sepa explicarme porque, si lo hiciera con la claridad que deseo, verás que en esta hebra se trata de una cuestión decisiva, algo que me atrevo a denominar el nervio de la fe.

Estas cartas son cartas abiertas, con lo cual no tengo ninguna posibilidad de rastrear su destino, pero quienquiera que seas, lector querido, te aseguro que esto de lo que me dispongo a hablarte no te dejará indiferente. Lo que voy a decirte te gustará o no, lo aceptarás o no, pero te verás interpelado. Seguro. ¿No es muy arriesgado afirmar cosa tan rotunda sin saber quién lo va a leer? Lo sería, ciertamente, si me dispusiera a hablarte de cualquier otro tema, pero es que te voy a hablar de Jesucristo y ante la persona de Jesucristo no cabe la indiferencia. Del mismo modo que el fuego quema o el agua moja, la persona de Jesucristo provoca atracción o rechazo, y aun antes que su persona, su solo nombre. Ante Jesucristo solo puede adoptar indiferencia quien viva en la ignorancia sobre su persona, quien no haya oído hablar de él; aquel que no tenga noticia alguna porque nunca se le ha dicho. En todos los demás casos, sin exclusión, Jesucristo provoca una respuesta. Ante él los corazones se dividen: o a favor o en contra. Ocurre como con el agua de lluvia cuando cae en un tejado a dos vertientes, que necesariamente discurre hacia un lado o hacia otro, sin posibilidad de término medio. Si acaso te encontraras en una situación intermedia, entonces, lector amigo, es que aún no te has acercado a esta figura fascinante: Cristo, el Hijo de Dios vivo. Si ese fuera tu caso, te animo a que lo hagas y cuanto antes. Luego haz lo que quieras, pero no te lo pierdas, no dejes de llegarte hasta Él porque no hay nada, absolutamente nada, que puedas hacer en esta vida comparable con el conocimiento de Cristo.

1. Jesucristo, un nombre para la Historia.

Varias son las vías de acceso a la figura de Cristo. Una de ellas es la histórica. La vía histórica no es la más profunda, ni la más comprometida, ni la decisiva, pero es una de ellas y tiene un gran valor. Jesús de Nazareth es un personaje histórico como lo han sido tantos otros. Alguien de carne y hueso que ha vivido en un lugar concreto de esta tierra y en un momento determinado. Jesús vivió en Palestina, una de las provincias orientales del Imperio Romano, bajo los mandatos de los emperadores Augusto y Tiberio, hace unos dos mil años. Estos datos los tenemos muy atados y no pueden ser negados a no ser que alguien se empeñara en negar la Historia. Dan cuenta detallada los evangelios y dan cuenta también autores no cristianos como Flavio Josefo o los romanos Suetonio, Plinio el Joven y Tácito.

Dentro de los autores cristianos contemporáneos de Jesús, San Lucas comienza su Evangelio dándonos dos datos muy precisos: Uno, que desde el origen del cristianismo ha habido gran interés en la figura de Jesús ya que “muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado” acerca de su vida en la primera comunidad cristiana. Y otro: Que él mismo, San Lucas, se dispone a escribir su Evangelio tras una investigación exhaustiva. Dicho con sus propias palabras: “He decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido” (Lucas 1, 3-4). Por él sabemos datos muy precisos sobre el momento y el lugar del nacimiento de Jesús. Dice que Jesús nació en Belén, que, por ser la ciudad de David, fue adonde José y María tuvieron que desplazarse para para cumplir con la obligación de inscribirse en el censo. Este censo lo había mandado hacer el emperador Augusto en todo el Imperio. Y aunque no sabemos el año exacto, por el propio San Lucas sí sabemos que este censo tuvo lugar durante el mandato de Cirino como gobernador de Siria, “bajo el reinado de Herodes”, añade San Mateo.

¿Te das cuenta de lo que significa este rosario de detalles? Historia en estado puro: personas, hechos, época y lugar. ¿Alguien necesita rigor histórico? Ahí lo tiene. Los grandes acontecimientos del pasado no están tan atados en los detalles ni suelen ofrecer tal cantidad de datos. ¡Ya les gustaría a los investigadores encontrarse siempre con fuentes tan documentadas!

Y a pesar de ello, sin desmerecer el valor de estas aportaciones, al personaje de Jesucristo no se le puede conocer solo rastreando el pasado. Hace falta algo más que el interés histórico. Porque la historia no puede hacer otra cosa que dejar constancia del paso por este mundo de un hombre llamado Jesús, el galileo, y de sus palabras y de sus hechos. Y nada más, con lo cual, si no tenemos más recursos que los datos biográficos, por muy contrastados que estén, nos quedamos sin conocer lo más granado del personaje.

2. Jesucristo, el Hijo Único de Dios.

Esto ya es otra cosa. Ahora hablamos ya con otro lenguaje, ahora entra en juego la fe. Porque siendo rigurosamente cierto que hablamos de un israelita, no hablamos de cualquier israelita, sino de “el esperado”, alguien que había sido anunciado siglos antes de su nacimiento. ¿Caes en la cuenta de que aunque solo fuera por esto ya estamos ante una figura excepcional y única? ¿Sabes de otro hombre así, alguien que haya sido esperado durante siglos? Hablamos otro lenguaje que va más allá de la historia no porque la historia desaparezca, puesto que la verdad que aporta sigue siendo verdad, pero se nos queda chica; sigue siendo válida, pero solo como marco de fondo, sin poder dar más de sí. La historia se ve obligada a dejar paso a la fe porque estando ante un hombre, alguien nacido de mujer, Jesús de Nazaret, al mismo tiempo hablamos de “el Cristo”, el esperado, el enviado de Dios y Dios mismo; no de un hombre más, sino de “el hombre”, no de “un” hijo, sino de “el Hijo”, “el Hijo Único de Dios”. Ahora el protagonismo no lo tiene la historia sino el hombre, este hombre, cuya persona y cuya vida ha hecho acto de presencia en este mundo y lo ha reseteado, ha rasgado el tiempo, centrándolo en torno a él y ha configurado todas las cosas respecto de sí mismo. Patina la historia y hace falta la fe para entender algo sobre esta figura creíble aunque inimaginable.

Miguel Ángel, el gran maestro del Renacimiento, en el Juicio Final de la Capilla Sixtina, lo expresó con una fuerza y un vigor que, a mi modo de ver, nadie ha sabido igualar. Te animo, lector amigo, a que mires despacio la pintura de ese enorme fresco mural. Se trata de un juicio, mejor dicho, del juicio, el juicio final. En todo juicio lo importante es la sentencia y sus efectos, en cambio en este juicio el protagonismo no está en la sentencia, sino en la persona del juez, Jesucristo. La atención no la merecen los diversos personajes sino el juez, es más, el resultado del juicio para los juzgados está en relación directa con la ubicación, y, por tanto, la cercanía o lejanía que cada cual ha elegido respecto de este juez único. No por casualidad su sentencia, de vida o de muerte, empieza con estas palabras: “Venid” y “alejaos”.

Al mundo solo lo puede juzgar Dios. Y aquí en cambio lo que sobresale de manera muy destacada en este mural extraordinario es un hombre, Jesús. Jesús, Dios y hombre. “El hombre”, señor del mundo, a quien el mundo no puede retener, y por eso está en el aire, el único hombre que no necesita nada para sostenerse, sino que se sostiene a sí mismo. Protagonista destacado del tiempo y de la historia, y señor de los mismos, que con sus manos poderosas imprime en la realidad del mundo un movimiento circular, una especie de ciclón, que hace girar todo en torno a su propia figura.

¿Te atreves, lector, a aceptar a Jesús de Nazaret como “el Hijo Único de Dios”? ¿Te atreves a confesar que este hombre que pasó haciendo el bien entre nosotros es Dios mismo, Dios hecho hombre? Si la respuesta es sí, entonces tienes el camino de la fe abierto, puedes andar por ese camino y avanzar por él. Creer que Jesús es Dios hecho hombre es atravesar la puerta de la fe. Se trata del primer paso, fundamental y absolutamente imprescindible.

Si por el contrario no te atreves a confesar a Jesús de Nazaret como “el Hijo Único de Dios”, Dios-con-nosotros, entonces tu fe está por estrenar. Creer en Dios pero no en Jesús como el mismo Dios hecho hombre es llegar al umbral de la fe pero quedándose a la puerta, sin entrar por ella. ¿Tienes reparos para aceptar que Dios se haya hecho hombre?, ¿preferirías un dios lejano, inalcanzable? Ese Dios no sería Dios, sino un mito. Un dios poderoso, abstracto, distante, tan alto que no se digna bajar del cielo, no puede ser Dios porque un dios así se lo imagina cualquiera; un Dios arrogante y despótico nos cabría a cualquiera en nuestra cabeza. Esos son los dioses de los mitos, esos que cada pueblo y cada cultura se ha inventado a su modo. O sea, nada. Nada de nada, productos de la imaginación y de la fantasía. Pero con Dios no puede pasar eso porque Dios es Dios, Dios es el que es, y no un invento nuestro. Para cualquier mente medianamente razonable, una prueba de que Dios es Dios es que no cabe en nuestras cabezas, no es que no pueda entrar, que en parte sí entra, pero no cabe. ¿Cómo te va a echar atrás en tu fe el hecho de que Dios no quepa en tu cabeza? ¿Cómo te va a frenar que Dios actúe por donde menos te lo esperas? Si lo piensas despacio verás que ese no puede ser motivo de disuasión sino ayuda para el convencimiento. El hecho de que Dios sea así de desconcertante no es argumento para echarte atrás sino para creer. Te animo a que te tomes algún tiempo y lo consideres.

Hasta el próximo número. Cuenta con mi oración y mis mejores deseos,

Estanislao Martín Rincón

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