Cartas desde la fe (VI): Sobre las presencias de Cristo

Querido lector: En la carta anterior titulada “Sobre la puerta de la fe” te hablaba de Jesucristo. Después de lo escrito en esa ca…

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Querido lector:

En la carta anterior titulada “Sobre la puerta de la fe” te hablaba de Jesucristo. Después de lo escrito en esa carta, tal vez alguno pueda hacerse preguntas como éstas: ¿No basta con creer en Dios?, ¿por qué también en Cristo?, ¿no puedo creer en Dios y no en Cristo? La respuesta es ‘no’. No redondo, no puede ser. No se puede creer en Dios y no creer en Jesucristo. Aquí no hay alternativas. Lo que sí puede ocurrir es que haya quien ha oído hablar de Dios y no de Cristo, o bien le haya sido presentado de forma incorrecta o deficiente la Persona de Jesucristo. Ahora bien, fuera de ese caso, quien diga creer en Dios y no en Cristo no se encuentra el camino de la fe verdadera. Porque, si habiendo tenido oportunidad de conocer a Cristo no se le ha aceptado, entonces lo que ocurre es que tampoco se acepta a Dios, el Dios real, el que es. Si tú, lector, sabes de alguien así y te cabe la posibilidad de hablarle de esto, díselo. Si está en tu mano, hazle este favor (el mayor que podrás hacerle a nadie, darle a conocer al Dios verdadero).

Yo sé que decir esto encaja mal con nuestra mentalidad contemporánea relativista e insegura, ingenua y desconfiada, que todo lo somete al criterio de la duda (que por otra parte no es criterio, sino ausencia del mismo), asustadiza, caprichosa y voluble, alérgica al dogma, que solo acepta lo que deja pasar por el filtro de las apetencias individuales. Lo sé, pero Dios no es un dios a la carta. Dios es el que es. Así lo dice la Escritura: “Yo soy el que soy” (Ex 3, 14). Veo esta afirmación tan redonda, tan plena, tan fontal, tan rica de contenido, que permíteme que la destaque. Si tienes algún tiempo para dedicárselo, considérala, dale vueltas, medítala.

Dios es el que es

Volviendo con la idea inicial, la cuestión no está en si esto que te digo (que no se puede creer en Dios y no en Cristo) encaja bien o mal con la mentalidad actual sino si es verdad o no. Y lo es. Y si ahora me preguntaras cómo se puede mantener postura tan firme, te respondería no se puede creer en Dios y no creer en Jesucristo porque Jesucristo es Dios. Mi respuesta no son argumentos humanos, porque no hay explicación humana, ni mía ni de nadie, que pueda convencer de que el hombre Jesús es el mismísimo Dios. Jesús de Nazaret es el hombre que más variedad de nombres ha recibido en este mundo. Si hiciéramos una relación de los nombres de Cristo que aparecen en la Biblia, pasaríamos con mucho del centenar, pero para esta idea que vengo comentando es suficiente con recordar que Jesús es el Cristo, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios Verdadero de Dios Verdadero. Y si insistieras en preguntar yo no tendría mejor cosa que decirte que remitirte a la Sagrada Escritura, su palabra, la Palabra.

He aquí tres citas que se aceptarán o no, pero no dejan lugar a dudas. Dice Jesús:

“Yo soy la puerta”. (Jn 10, 9).

– “Nadie va al Padre sino por mí”. (Jn 14, 6).

– “Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. El Padre y yo somos uno, quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. (Jn 14, 7 – 8).

Siendo esto así, conviene saber dónde y cómo nos podemos encontrar con Jesucristo, saber de Él. Déjame que te señale, antes de nada, un par de apuntes previos. El primero es que este encuentro y estas presencias sobre las que voy a tratar ahora son posibles porque estamos hablando de un vivo, no de un muerto, ni siquiera de “un” resucitado, sino de “el resucitado”, el único hombre a quien Dios ha rescatado de entre los muertos para volverlo a la vida, aunque no a la misma vida mortal que tenía antes de morir sino a otra vida, la eterna, la vida sin fin.

El segundo es que a Jesucristo se le encuentra donde y cuando Él quiere ser encontrado. La cita la pone Él. Lo nuestro es preguntar, buscar desde la fe y esperar.

Primera presencia de Jesús: Los pobres. Esto puede parecer un poco chocante, porque uno ve un pobre y lo que ve es un hombre en estado de necesidad. El abanico de la pobreza es amplísimo: Pobre es quien no tiene recursos para vivir, quien no tiene a nadie que le acompañe y le quiera, quien ve pisoteados sus derechos más elementales y no tiene capacidad para hacerse valer, quien vive en cualquier situación de explotación (¡y son tantas!), quien padece incultura profunda, etc.

En todos ellos, lo sepan o no, lo sepamos o no, lo veamos o no lo veamos, se hace presente Jesucristo con una intensidad especial. Como algunas de estas pobrezas pueden pasar disimuladas, quedémonos con las que son evidentes y no pueden esconderse. Quedémonos con los pobres que son pobres a la vista de todos. ¿No sabes dónde está Cristo vivo? En cualquier pobre, ahí lo tienes. Al pobre cuya pobreza es evidente no te costará encontrarlo, a Cristo en él probablemente sí. Para encontrarte con pobres no tienes más que salir a la calle y no cerrar los ojos, para encontrar a Cristo en ellos hace falta que a esos pobres los mires con ojos de fe. Sin fe no es fácil descubrir a Cristo en los pobres porque cuando uno ve un pobre con los ojos de la cara, ve un pobre, un hombre o mujer llenos de carencias y desconchones, cuya pobreza con mucha frecuencia suscita rechazo. Y en cambio Jesucristo suscita atracción. ¿Cómo puede Jesucristo estar en una persona que repele? ¿Cómo puede ser que el hombre que más ha cautivado en este mundo (con su mirada, sus palabras, sus gestos, su compostura, sus enseñanzas, con toda su persona), Jesús de Nazaret, pueda al mismo tiempo hacerse presente en los más miserables? La respuesta está en su vida y sobre todo en su pasión. En su vida eligió voluntariamente una vida pobre, más aún, mendicante; en su pasión asumió y vivió en sus carnes y en su persona entera todas las miserias por las que puede pasar cualquiera: El insulto, la prisión, el abandono, el desprecio, la injusticia, el rechazo, la indignidad, el desamparo, el escarnio. El hecho de pasar por ahí voluntariamente no es baladí. Por eso puede identificarse con todo aquel que se encuentre en situaciones similares. Por eso ante la pregunta definitiva: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?", puede responder con estas palabras: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis".

Segunda presencia de Jesús: La Palabra.

El segundo “lugar” donde podemos encontrar a Jesucristo es en su Palabra, es decir en la Sagrada Escritura. La Palabra de Dios no es cosa distinta de Dios mismo. En nosotros, los hombres, distinguimos entre nuestro ser y nuestro decir; por una parte está una persona y por otra sus palabras y cualquiera sabe diferenciar entre el hablante y lo hablado. En nosotros, los hombres, sí, pero en Dios no. En Dios su decir coincide con su ser. Cristo es el decir de Dios, su Palabra. San Juan lo afirma (y lo repite) al comienzo de su evangelio, cuando escribe que “en el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios” (Jn 1,1). Y unas líneas más adelante deja escrita la verdad más asombrosa que se haya escrito nunca, la que ninguna mente pudo concebir ni siquiera llegar a sospechar y es que esta Palabra, que era Dios, en un momento determinado de nuestra historia tuviera a bien ser uno de nosotros: Jesús de Nazaret. “La palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (14). ¿Ves ahora por qué no se puede creer en Dios sin pasar por Cristo?

Hay otras dos presencias de las que me propongo hablarte, pero ya en cartas sucesivas. Te las dejo indicadas, no más. Cristo se encuentra presente en su Iglesia de varias formas, como todo el pueblo de Dios, como comunidad particular que se reúne en su nombre, especialmente en la celebración de los sacramentos y con la mayor de las intensidades posibles en la Eucaristía. Pero esto, como te digo, ya para otro día.

Hasta el próximo número. Cuenta con mi oración y mis mejores deseos,

Estanislao Martín Rincón

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