Cartas desde la fe (X): Recapitulación

Querido lector: Según lo previsto, al concluir el Año de la Fe, concluye también esta serie de cartas con las que hemos ido aco…

Querido lector:

Según lo previsto, al concluir el Año de la Fe, concluye también esta serie de cartas con las que hemos ido acompañándonos a lo largo de este año.

En la Carta I -¿recuerdas?- te hablaba del arte de vivir. Después, siempre desde la fe, hemos hablado de la propia fe en las cartas II y IV, de educación en la III, de la persona de Jesucristo en las cartas V y VI, y finalmente hemos dedicado las tres siguientes, VII, VIII y IX a la Iglesia.

Si te das cuenta, las cartas centrales, la V y la VI, han estado dedicadas a Jesucristo. No podía ser de otra manera porque Él es la clave de la vida de fe, el centro y fin de todo cuanto existe y de todo cuanto somos y hacemos. Las cuatro primeras cartas han tenido como misión preparar el terreno para poder hablarte luego de Cristo y las tres últimas, dedicadas a la Iglesia, son la consecuencia que se deriva de haber puesto nuestra mirada en Él.

Ahora en esta última volveremos a fijar nuestros ojos en Cristo para considerar algunas de las cosas que Él nos dice de sí mismo. Lo dejaré para el final de la carta, antes me gustaría proponerte que consideraras tu postura personal respecto de la persona de Jesucristo. Poco importa ahora que te tengas por persona de Iglesia o por alejado, por creyente o por no creyente, seas cristiano de nombre o de comunión diaria. Te escribo convencido de que lo que voy a decirte no te dejará indiferente porque va dirigido a tu más vivo centro. Mi convencimiento procede de un hecho cierto y es que Cristo no deja indiferente a nadie; ante Él se dividen los corazones. ¿Sabes por qué Cristo no deja indiferente a nadie que entre en contacto con Él? Porque al mirarle nos vemos reflejados como en un espejo. Mirarle a Él es mirarnos a nosotros mismos. ¿Tienes a mano una imagen del Crucificado? Mírala despacio, descansa tus ojos en ella.

Así escribe Blas Pascal, filósofo agudo y brillante hombre de ciencias, en uno de sus Pensamientos:

“No solamente no conocemos a Dios sino por Jesucristo, sino que tampoco nos conocemos a nosotros mismos sino por Jesucristo. No conocemos la vida, la muerte, sino por Jesucristo. Fuera de Jesucristo, no sabemos lo que es ni nuestra vida, ni nuestra muerte, ni Dios, ni nosotros mismos”.

(Pensamiento nº 548).

Si esto que dice Pascal es verdad –y es una verdad como un castillo–, ¿cómo vas a conocerte tú a ti mismo si no conoces a Cristo? No te dejes confundir lector muy querido, si tú no te conoces y reconoces a ti mismo mirándote en Cristo entonces no te conoces, por más memoria que guardes de toda tu vida o por mucho que escrutes tu interior. Y si no te conoces, lector muy querido, ¿cómo vas a vivir de acuerdo con lo que eres? Operari sequitur esse, decían los sabios medievales: El obrar sigue al ser. ¿Cómo vamos a obrar de acuerdo con nuestro ser si no nos conocemos? Y si no obramos de acuerdo con lo que somos, ¿cómo vamos a tener un mínimo de descanso en el alma? Si no obramos de acuerdo con lo que somos, si resultamos unos extraños para nosotros mismos, si al asomarnos al fondo del alma nos da vértigo… entonces no hay salida que merezca la pena. No es que no haya salida (la tierra no deja de rotar y a cada día le sucede otro), pero las salidas que se ofrecen son canijas y por serlo, en el mejor de los casos nos distraen de lo importante de la vida, y en el peor nos encogen y envilecen. Si al mirarnos a nosotros mismos la sensación es de escalofrío, ¿qué nos queda?, ¿a dónde iremos? Las alternativas son estas: la disipación, el consumismo, la frivolidad, el narcisismo, el derroche, el riesgo irresponsable, el activismo… y en tantos casos el refugio en paraísos artificiales falsarios. Un paraíso artificial no es sino una dictadura psicológica bajo la tiranía de una adicción, tenga esta el nombre que tenga. Es decir, la huida. La huida hacia una esclavitud buscada. La huida imposible de nosotros mismos, que es justamente de donde y de quien nadie puede huir. ¿Habrá situación más penosa para un hombre que ser fugitivo de sí mismo? ¿En dónde se podrá refugiar? ¿Quién le dará asilo?

¿Comprendes ahora por qué la fe, y solo ella, nos enseña el arte de vivir, que decíamos en la carta I?

Esto del conocimiento de sí mismo ya lo intuyó la filosofía clásica y lo condensó en el principio socrático Conócete a ti mismo. Sócrates murió cuatrocientos años antes del nacimiento de Cristo y por eso no pudo recomendar el conocimiento de Cristo, en cambio, los autores cristianos lo vienen haciendo a lo largo de toda la historia. De entre todos ellos me parece especialmente valiosa la enseñanza de Santa Catalina de Siena. Respecto de esta santa insigne cuenta su confesor y biógrafo, el Beato Raimundo de Capua, que “al principio de las visiones de Dios, esto es, cuando el Señor Jesucristo comenzó a aparecérsele, una vez mientras rezaba, se le puso delante y le dijo:

¿Sabes, hija, quién eres tú y quién soy yo? Si llegas a saber estas dos cosas, serás bienaventurada. Tú eres la que no es; yo en cambio soy el que soy. Si tienes en el alma un conocimiento como éste, el enemigo no podrá engañarte y huirás de sus insidias; no consentirás jamás en nada contrario a mis mandamientos y adquirirás sin dificultad toda la gracia, toda la verdad y toda la luz””. (Del libro Vida de Sta. Catalina de Siena, capítulo IX).

Si ahora me preguntaras cómo se conoce a Cristo, la respuesta es muy muy sencilla. A Cristo se le como se conoce a las personas, tratándole. Leyendo sobre él, oyendo hablar de Él, hablando con Él (eso es rezarle), relacionándonos con Él. Si vuelves a echar un vistazo a la carta VI, en ella se hacía una síntesis apretada pero práctica de las presencias de Cristo. No es cosa de volver a repetir lo dicho entonces, en cambio sí puede venir bien ver, aunque sea someramente, lo que Cristo dice de sí mismo. En la Sagrada Escritura son muy abundantes las citas en las que Él habla de su propia persona. Vamos a entresacar unas cuantas en las que Jesús dice “Yo soy”, todas del evangelio de San Juan:

Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.

Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida.

Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.

Si no creéis que “Yo soy”, moriréis por vuestros pecados.

Yo soy la puerta de las ovejas.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas (…) yo conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí.

Yo entrego mi vida para recuperarla. Nadie me la quita sino que yo la entrego libremente.

Yo soy la Resurrección y la Vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.

Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas.

Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre.

Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.

Yo soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz .

Te animo a que releas y medites despacio estos versos espigados del Evangelio de San Juan porque ese “Yo-soy” de Cristo no es un “yo soy” cualquiera, no es un “yo soy” como pueden ser los que pronunciamos tú y yo, ni es uno más salido de boca humana. El “Yo-soy” de Cristo tiene un alcance infinito, un contenido inefable y una profundidad sin medida.

De las citas anteriores he reservado una para el final. También es de San Juan pero no pertenece a su evangelio, sino al Apocalipsis. Con ella quiero poner el broche a esta carta y a esta serie, y en ella quiero también encerrar mis mejores deseos hacia ti, especialmente mi gratitud porque has tenido a bien dedicar tu atención a estas cartas. Cuenta con mi oración confiada ante Jesús Sacramentado y ante su singularísima madre, la Virgen María, Nuestra Señora. A ellos, Madre e Hijo, fue encomendado este trabajo desde el primer saludo inicial hasta la última firma.

Y ahora, ya sí, esa cita del Apocalipsis en la que Cristo comenzando por “Yo soy”, dice de sí mismo lo siguiente:

Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era, y ha de venir, el todopoderoso. (Ap 1, 8).

Estanislao Martín Rincón

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