Cataluña, la Junta de Andalucía, España, nosotros

Se miente a sabiendas, como un programa, como un arma que es sin duda desleal y muy peligrosa. La enorme difusión y la eficacia de los medios de comunicación permite que el cuerpo social quede contaminado por la mentira (Julián Marías).

Confieso, desde esta primera línea, que cada vez que me dispongo a escribir sabiendo de antemano que voy a tratar algo relacionado con el problema catalán -aunque sea solo de refilón, como es el caso-, procuro armarme de tacto y buen juicio. Comparto con muchos otros la idea de que el problema catalán es una herida producida no por corte sino por desgarro en el costado noreste de España, y cuando se toca una herida, el dolor es seguro, por más cuidado que se tenga. Esta herida social y política, que se extiende a la práctica totalidad de los ambientes y sectores sociales (empresarial, obrero, funcionarial, estudiantil, familiar, eclesial, etc.) es una herida grave, profunda, abierta, con dos bordes y duele en los dos bordes; duele a los españoles (seamos catalanes o no, pero más a los que son catalanes) y duele a los que siendo españoles por la fuerza externa de la ley, por DNI y por pasaporte, no lo son por la fuerza interna del corazón.

Mis prevenciones vienen porque es completamente ajena a mi intención molestar en lo más mínimo a ningún lector, esté en cualquiera de los dos bordes de la herida, e independientemente de que tenga bien definida su postura política o de que no tenga ninguna. Una de las máximas que aprendí siendo joven y que desde entonces he procurado tener en cuenta en todos mis actos, es lo que el viejo sacerdote de quien la tomé llamaba “el undécimo”. Se refería con ello a un apéndice añadido al Decálogo que gustaba de repetir como si fuera el mandamiento número once y que concretaba así: “El undécimo, no molestar”. Quede clara esta intención, no molestar. (Cuestiones distintas son que yo no sepa explicarme debidamente, que algún lector me malinterprete y se incomode por su cuenta, o que para llevar adelante esa máxima, tuviera que renunciar a alguna de mis convicciones o dejar de defender aquello en lo que creo, que es cosa a la que tampoco me avengo).

Dicho esto, vamos con el propósito de este artículo, que no es hablar del problema catalán, sino de uno de los rasgos de la condición humana, presente en todas las épocas de la historia, pero que hoy está generalizado de una manera que a mí me parece alarmante y escandalosa. Me refiero al incumplimiento de la ley de manera consciente y voluntaria. Este incumplimiento abarca un número de situaciones muy diversas que los entendidos en derecho distinguen y especifican con términos como desobediencia, incumplimiento, resistencia a la autoridad, desacato, prevaricación, sedición, etc., todos ellos diferentes entre sí pero todos con un denominador común que es el rechazo y desprecio por la ley y que -dicho en términos castizos- a menudo vienen acompañados de actitudes de chulería.

No creo que quepa discusión sobre el hecho de que el incumplimiento de la ley ha sido una de las constantes a lo largo de muchos años por parte de las autoridades autonómicas catalanas, y no solo de la ley, sino de las sentencias emitidas tras las denuncias de esos incumplimientos. Las reacciones han sido dispares, como corresponde a una sociedad dividida. Para unos era, y sigue siendo, completamente justificable, pues entienden que es el mejor atajo para lograr instaurar otra legalidad, la que sostendría jurídicamente a una Cataluña como estado independiente. Para otros, se trata de una manera de proceder bochornosa, inaceptable y punible. Lo que es difícilmente discutible es la evidencia tanto del incumplimiento de las leyes como de las sentencias que obligan a respetar diversas leyes españolas, empezando por la Constitución.

Este tira y afloja entre desobediencia y mantenimiento forzoso del ordenamiento jurídico ha sido clamoroso en Cataluña, pero no es el único caso que podemos señalar en España. La administración autonómica catalana no tiene la exclusiva en hacer oídos sordos a los mandatos legales y a las sentencias judiciales. En Andalucía acaba de ocurrir algo que se sitúa en la misma línea. El Tribunal Constitucional ha dado un buen varapalo a la Junta de Andalucía ordenándola que rectifique la norma por la cual sus funcionarios disfrutan de un horario semanal de treinta y cinco horas semanales mientras que los de toda España están obligados a treinta y siete horas y media. La respuesta de la Junta es conocida: a sus funcionarios se les permite emplear esas dos horas y media semanales de trabajo en actividades dentro de su domicilio sin estar sujetos a ningún tipo de control que se sepa. Una desobediencia en toda regla con el añadido de burla. Porque burla es, y más que burla, la solución adoptada para dar apariencia de cumplimiento a lo ordenado por el alto tribunal.

Entre los incumplimientos de Cataluña y el proceder de la Junta hay tantas diferencias que los hace difícilmente comparables, pero sí tienen una raíz común, que es el desprecio por la ley y el desdén por las sentencias.

Pero la cosa no para ahí. Si esto puede darse en estos ámbitos de la administración pública es porque este modo de proceder es ampliamente compartido a nivel individual. ¿Respeto a la ley? Tararí. Parece bastante claro que el respeto por la ley y por las resoluciones de los jueces está condicionado a que estas vayan a favor de corriente, de la corriente de cada cual, y hacemos oídos sordos o directamente nos las saltamos cuando así nos interesa. Es evidente que si estos comportamientos públicos tuvieran consecuencias electorales, los responsables del manejo de la cosa común se guardarían mucho de contravenir las leyes y burlarse de ellas. Porque no solo se permiten este tipo de acciones sino que se jactan de ello a sabiendas de que cuentan con la disculpa o la tolerancia de muchos ciudadanos. Y si a los ciudadanos estas cosas nos molestaran en serio, si de verdad nos supusieran un escándalo inasumible, no tardaríamos en lanzarnos a la calle y alzar la voz. ¿Lo hacemos? No, no lo hacemos, luego algún grado de complicidad sí nos cabe. ¿Qué significa esto, en mi opinión? Que en general tenemos tan escasa consideración por las leyes como la que demuestran tantos de nuestros cargos públicos. Con el respeto a ley pasa como con las mentiras públicas, que las toleramos sin inmutarnos porque, dicho en general, mentimos cuanto nos interesa, sin ningún recato.

¿Cómo habría que enmendar esta falla? No lo sé. Bueno, sí lo sé, pero sospecho que la solución gusta menos que los inconvenientes derivados de admitir incumplimientos, burlas y mentiras. Más de uno diría que con educación, pero esa cantinela ya la vengo oyendo desde hace décadas y la vida social es evidente que no mejora. Digo que sí lo sé y que sospecho que no va a gustar porque la solución real no es otra que la moralización de las personas: niños, jóvenes y adultos. ¿Con qué moral? Puestos a buscar yo me quedo con la cristiana, por una razón objetiva muy simple, porque es la que ha demostrado los mejores resultados durante siglos. Hay otra bastante conocida que preconiza el respeto a la ley por la ley misma, que a mí no me convence. Me refiero a la ética de Kant. Me parece de un rigorismo difícilmente justificable y nada realista; ahora bien, la preferiría a lo que tenemos ahora entre nosotros, que es nada. ¿Qué moral nos rige hoy? Individualmente cada cual sabrá, colectivamente ninguna. ¿La que pueda derivarse de las leyes que nos estamos dando, que no son precisamente un código moral bien destilado?, ¿la que pueda derivarse de leyes a las que no mostramos ningún respeto? Insisto: colectivamente no tenemos ninguna. Y así estamos, manteniendo actitudes adolescentes que se resumen en la anomia y en estar dispuestos a saltarnos a la torera toda norma. Cualquiera diría que los que gobiernan y los gobernados hemos acordado hacer nuestras estas palabras que Calderón pone en boca de Segismundo, en La Vida es Sueño: “Nada me parece justo en siendo contra mi gusto”.

Ya pueden presumir los miembros del actual Gobierno, a propósito del desbarajuste catalán y de la aplicación del 155, de que en España la ley se cumple. Ya pueden ponerse tan ufanos como quieran sus voceros proclamando a los cuatro vientos que la ley es la ley. ¡Ja! Claro que la ley es la ley, faltaría más, pero es de dominio público que unas veces se aplica con rigor y otras sin él, que unas veces somos muy celosos y nos agarramos a ella como si fuera un oráculo y otras no tanto y se aplica solo a medias, que en muchas ocasiones se respeta y en otras se retuerce la letra para ver cómo se incumple sin que lo parezca, y… en fin, que otras muchas, muchísimas, simplemente se incumple y aquí no ha pasado nada.

Todo esto sin entrar en el fondo del asunto que está en los fundamentos de la ley, los cuales son bien flojos e inestables: las mayorías parlamentarias, que hacen y deshacen leyes según sus intereses y según las obediencias a los vientos de doctrina predominantes en cada momento.

No sé si a ti lector esta situación te produce extrañeza, a mí no. No me sorprende lo más mínimo porque hace poco más de un siglo se proclamó en Alemania la muerte de Dios por un pensador estrafalario al que se le concedió una cátedra en la tribuna del pensamiento que ha sido, y sigue siendo, reconocida, ensalzada, estudiada y extendida como si no hubiera otra de mayor fuste. Unos años más  tarde, justo hace un siglo, en los primeros albores de la Rusia comunista (aún no se llamaba URSS), a esa proclamación alemana siguió una parodia de juicio, blasfema e impía, de la que salió una sentencia en la que se condenaba a muerte a Dios. La sentencia se oficializó con un gesto inicuo: cinco ráfagas de ametralladora dirigidas al cielo. Puede parecer que fue solamente un gesto, pero no, fue el campanazo de salida que abrió la carrera acelerada para descristianizar Rusia y después el mundo entero.

Y luego estamos nosotros, que no nos hemos atrevido a tanto. Nuestra sociedad, ahíta de comodidad y buen rollo, no tiene nervio ni siquiera para esos arranques irreverentes. Nos conformamos con una apostasía silenciosa (cada vez menos silenciosa), que no por callada es menos real y menos funesta. Aquí hemos abdicado del Nombre de Dios y de sus preceptos por cobardía, por comodidad y por falta de fuelle. Este es el fondo de nuestras heridas, aquí está la raíz, en el rechazo del Nombre de Dios y de sus Mandamientos (son legión los que sienten verdadera desazón ante el santo Nombre de Dios). Si no tenemos respeto por su Santa Ley, ¿vamos a tenerlo por las leyes hechas por los hombres? Si despreciamos la Ley de Dios, que es inmutable, universal, sapientísima e infalible, ¿nos extraña que nos burlemos de las nuestras: caducas, parciales, erradas y falibles?

Este es el panorama tal como yo lo veo. Ahora conviene ver si podemos hacer algo. Puestos a buscar alguna solución, la pregunta es a dónde acudimos, ¿de dónde sacamos el respeto a Dios y a su Ley?, ¿por dónde empezamos? Entre otras soluciones posibles, a mí se me ocurre que a la primera pregunta se puede responder diciendo que el respeto a Dios podemos sacarlo de su Palabra porque la Escritura entera puede entenderse como un aleluya, un inmenso canto al Nombre de Dios que acaba con un amén final, así sea. Y para responder a la segunda, ¿por dónde empezamos?, yo diría que por el principio, que es el temor del Señor. Lo primero de todo es el temor del Señor, siendo esta una afirmación que se repite una y otra vez en multitud de citas de la Sagrada Escritura: “Principio de la sabiduría es el temor del Señor” (Salmo 111,10).

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