Católicos divorciados que contraen posteriormente matrimonio civil o conviven maritalmente con otra persona

matrimonio

A partir del Sínodo de la Familia celebrado en 2016, y del documento de exhortación apostólica Amoris laetitia, que intenta recoger las conclusiones del mismo, existe entre los católicos una cierta confusión acerca de la posición de la Iglesia con relación a los católicos que han contraído matrimonio canónico, se han divorciado y posteriormente conviven con otra persona.

Amoris laetitia es, por desgracia, un documento ambiguo, que es lo que nunca debería ser un documento que pretende orientar y no desorientar. En consecuencia, e inevitablemente, se ha convertido en un documento polémico, objeto de interpretaciones diversas.

Ante esta situación, algún amigo me ha preguntado sobre la posición formal de la Iglesia con relación a este tema, y aprovecho la pregunta para hacer una breve exposición que puede servir a todos, cuando menos a título de simple conocimiento, puesto que conocer siempre es útil, nos afecte directamente o no.

Para la Iglesia, el matrimonio canónico es indisoluble. No voy a entrar aquí, porque sería prolijo, en los motivos que conducen a la Iglesia a tal consideración, que están expuestos en numerosos tratados de teología accesibles en internet. Me limitaré al fundamento de todos ellos, tal como se recoge en el Nuevo Testamento:

Marcos 10:2-12: “Y se acercaron los fariseos y le preguntaron, para tentarle, si era lícito al marido repudiar a su mujer. Él, respondiendo, les dijo: ¿Qué os mandó Moisés? Ellos dijeron: Moisés permitió dar carta de divorcio, y repudiarla. Y respondiendo Jesús, les dijo: Por la dureza de vuestro corazón os escribió este mandamiento; pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre. 10 En casa volvieron los discípulos a preguntarle de lo mismo, 11 y les dijo: Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; 12 y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.”

Mt (5, 32) y Lc (16, 18): “También se dijo: El que se separe de su mujer, que le dé el acta de divorcio. Pero yo os digo que todo el que se separe de su mujer, excepto en caso de concubinato, la expone a cometer adulterio, y el que se casa con una mujer divorciada comete adulterio”.

Partiendo de esa indisolubilidad como principio, la reflexión es la siguiente:

El divorcio es un trámite puramente civil, es decir, transparente para la Iglesia, y por ello no afecta en nada al matrimonio canónico. Significa únicamente, a efectos prácticos, que los esposos dejan de convivir, pero el vínculo matrimonial sigue existiendo. En este sentido, el hecho de que una persona esté divorciada o no lo esté no tiene en sí mismo implicaciones con relación a la Iglesia y a la recepción de los sacramentos.

Las implicaciones comienzan en el caso de que el divorciado conviva maritalmente con otra persona, medie o no un matrimonio civil entre ellos, que a estos efectos es irrelevante.

En este caso, esa persona, para la Iglesia, se halla en situación objetiva de pecado grave, que persistirá en tanto persista esa situación, por lo que queda excluida de la recepción de los sacramentos, particularmente de la confesión y la comunión. Recordemos que requisitos imprescindibles para la validez de la confesión son el sincero arrepentimiento y el propósito de la enmienda, es decir, la firme intención de salir de la situación de pecado, por lo cual, una confesión que no comportase el cese de esa situación sería radicalmente inválida.

La Iglesia no excluye a esa persona de su participación en la vida eclesial, por el contrario, le anima a hacerlo, pero sí lo excluye de la recepción de los sacramentos. Si el católico en esa situación desea reintegrarse a la vida sacramental, se le ofrecen tres soluciones:

La primera, y la más obvia, consiste en dejar de convivir con la persona que no es su legítimo cónyuge.

La segunda solución consiste en intentar obtener la nulidad de su matrimonio canónico. La nulidad matrimonial se fundamenta en lo siguiente: el matrimonio es el único sacramento en el que los celebrantes son los propios contrayentes. Es la propia pareja la que se casa, al manifestar frente al sacerdote, que únicamente actúa como testigo, su conformidad a esa unión en las condiciones que ellos mismos se comprometen a respetar: “… me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida”, fórmula que constituye un compromiso irrevocable ante Dios.

Por consiguiente, la validez del matrimonio depende totalmente de la libertad de ese consentimiento. Si existe un vicio de consentimiento, es decir, si los contrayentes, o alguno de ellos, no han dado su consentimiento libremente, sino condicionados por alguna circunstancia que haya afectado fundamentalmente a la libertad de su consentimiento, ese matrimonio no existe. La nulidad no significa que el matrimonio existía y deja de existir, sino que no ha existido nunca.

Corresponde, por tanto, a los Tribunales de la Iglesia el investigar cada caso y decidir si ha existido o no vicio de consentimiento, en cuyo caso el matrimonio sería nulo y podría celebrarse un “nuevo” matrimonio canónico.

Si ninguna de estas dos soluciones es viable, resta una tercera solución, que consiste en abstenerse de los actos propios del matrimonio, es decir, vivir en castidad, tal como refleja el Pontificio Consejo para los Textos Legislativos en su “declaración sobre la admisibilidad a la sagrada comunión de los divorciados que se han vuelto a casar”, de fecha 24 junio 2000, siguiendo la “Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar”, emitida por el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Cardenal Josep Ratzinger en aquel momento) el 14 septiembre 1994, en referencia a lo establecido en la exhortación apostólica Familiaris consortio:

“Sin embargo, no se encuentran en situación de pecado grave habitual los fieles divorciados que se han vuelto a casar que, no pudiendo por serias razones – como, por ejemplo, la educación de los hijos – “satisfacer la obligación de la separación, asumen el empeño de vivir en perfecta continencia, es decir, de abstenerse de los actos propios de los cónyuges” (Familiaris consortio, n. 84), y que sobre la base de ese propósito han recibido el sacramento de la Penitencia. Debido a que el hecho de que tales fieles no viven more uxorio es de por sí oculto, mientras que su condición de divorciados que se han vuelto a casar es de por sí manifiesta, sólo podrán acceder a la Comunión eucarística remoto scandalo”.

Lo último significa en condiciones que no provoquen escándalo o perplejidad en las personas católicas que conocen su situación.

Esta es la posición de la Iglesia con relación a los fieles divorciados que conviven maritalmente con persona distinta a su cónyuge, y quien era hasta hace pocas fechas Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es decir, el máximo responsable en la Iglesia para las cuestiones doctrinales, Cardenal Gerhard Müller, así lo ha afirmado en reiteradas intervenciones, con objeto de clarificar las dudas presentadas por la exhortación Amoris laetitia.

A este respecto, adjunto a continuación unos párrafos de la entrevista que el Cardenal Müller concedió a la revista Il Timone el 1 de febrero pasado:

“La exhortación de san Juan Pablo II, “Familiaris consortio”, prevé que las parejas de divorciados que se han vuelto a casar y que no pueden separarse, para poder acceder a los sacramentos deben comprometerse a vivir en continencia. ¿Todavía es válido este compromiso?

Ciertamente que sí, no está superado porque no es solamente una ley positiva de Juan Pablo II, sino que él mismo expresó lo que es constitutivamente un elemento de la teología moral cristiana y de la teología de los sacramentos. La confusión sobre este punto remite también a la falta de aceptación de la encíclica “Veritatis splendor” con la clara doctrina de lo “intrinsece malum”.  […]  Para nosotros el matrimonio es la expresión de la participación de la unidad entre Cristo esposo y su esposa la Iglesia. Ésta no es, como han dicho algunos durante el Sínodo, una simple y vaga analogía. ¡No! Ésta es la sustancia del sacramento, y ningún poder en el cielo y en la tierra, ni siquiera un ángel, ni el Papa, ni un concilio ni una ley de los obispos tienen la facultad de modificarlo.

¿Cómo se puede resolver el caos que se genera a causa de las diferentes interpretaciones que se han dado de este pasaje de Amoris laetitia?

Recomiendo a todos reflexionar, estudiando antes la doctrina de la Iglesia, partir de la Palabra de Dios en las Sagrada Escrituras, que es muy clara respecto al matrimonio. Aconsejaría también no entrar en ninguna casuística que puede generar fácilmente malentendidos, sobre todo el que afirma que si se muere el amor, entonces se muere el vínculo matrimonial. Éstos son sofismas: la Palabra de Dios es muy clara y la Iglesia no acepta secularizar el matrimonio. La tarea de los sacerdotes y de los obispos no es la de crear confusión, sino la de aportar claridad. No podemos referirnos solamente a pequeños pasajes presentes en “Amoris laetitia”, sino que es necesario leer todo en su conjunto, con la finalidad de hacer más atractivo para las personas el Evangelio del matrimonio y de la familia. No es “Amoris laetitia” la que ha provocado una interpretación confusa, sino algunos confundidos intérpretes de ella. Todos debemos comprender y aceptar la doctrina de Cristo y de su Iglesia, y al mismo tiempo estar dispuestos a ayudar a los demás a comprenderla y a ponerla en práctica también en situaciones difíciles”.

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One comment

  1. 1

    Un verdadero lío que es imposible de meter en la mollera de los cristianos pensantes. ¿Como se puede demostrar que un matrimonio fue nulo en su celebración. ¿ Solo se podría demostrar en que alguno de los conjugues fuera encadenado a casarse obligatoriamente, cosa muy rara que solo existe en el esclavismo. Además el matrimonio que la Iglesia nos pone como modelo es el de José y María que fueron vírgenes sin consumación, y este matrimonio no consumado es en las leyes canónicas un motivo de “anulación”. Más surrealista imposible.

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