Católicos en la política: ni se ven ni se notan

De Rajoy a Sánchez, pasando por los nuevos, todos son adanistas morales De Rajoy a Sánchez, pasando por los nuevos, todos son adanistas morales

Dos características comunes en las campañas electorales de España son: que la moral no existe, ni hay asomo de temas de la agenda católica. No es normal, esta ausencia tan radical no se da ni en la Francia de constitución laicista, ni en la extremadamente secularizada Suecia.

Es una contradicción inasimilable que la corrupción sea un gran caballo de batalla y no se plantee ninguna filosofía moral de la que surjan comportamientos; es decir, éticas concretas. Parece como si a la corrupción se la domeñara con leyes, abogados del estado, policías, fiscales y jueces. En estos términos, es una batalla perdida, socialmente inútil e institucionalmente ineficiente; y por tanto, cara, muy cara. Entre otras razones, porque la inflación regulatoria que vive España genera costes, asfixia la actividad y aparta a muchas personas cualificadas, porque con la ley como arma de combate, se pueden destruir muchas trayectorias políticas, simplemente bajo la sospecha y la pena de telediario. Y esto disuade a quien abandonar la profesión le constituye un sacrificio.

Eso no quiere decir que la regulación sea necesaria, pero podríamos utilizar estándares europeos, ¿qué decimos, europeos? Más todavía, nórdicos, suizos, kiwis, en lugar de leguleyos, y entonces la normativa sería más clara y menos asfixiante. Y es que por mucho que nos pongamos, nunca alcanzaremos el control del estado chino, que a pesar de su sistema vive en un mar de corrupción, pero, al menos, ellos, son conscientes de que se necesita una cultura y una filosofía moral, y ahondando en sus raíces, se esfuerzan en recuperar el Neo confucionismo. Aquí todo lo contrario: de Rajoy a Sánchez, pasando por los nuevos, todos son adanistas morales. Sin remedio.

Y con la religión, palabra inadecuada para definir la fe en Jesucristo fuera de cuatro curas que mantienen viva la irredenta llama de la “teología de la liberación” y los grupos que reducen la teología política y la doctrina social de la Iglesia al matrimonio homosexual, el aborto y la libertad de empresa (sin precisar de quien es la libertad, faltaría más), el desierto es inmenso. La incapacidad de nuestros políticos para expresar una sola referencia religiosa en positivo es algo nunca visto en Europa. Y que no se nos diga que esto, a estas alturas, es una “herencia del franquismo” porque es un mal evidente en las filas del PP, cuya cultura no se reconoce en el antifranquismo. Aunque algo de eso hay, y de herencia taranconiana, cuando boicoteó a democracia cristiana (para entendernos, mejor hablar claro), pero insuficiente para explicar toda la realidad. Porque   para despejar la incógnita se debería empezar buscando respuestas a por qué no existe entre los teólogos españoles una mínima aportación a la teología política más allá del relictos de la teología de la liberación y del tradicionalismo de raíz carlista, situados en otro tiempo y en los márgenes, y también deberíamos ser capaces de explicar por qué habiendo tanta doctrina social de la Iglesia en el ámbito académico, está desaparecida en combate allí donde debería estar, a pie de calle, en la confrontación política.

Todo esto sucede, en último término, porque no existe el sujeto colectivo, ni el intelectual orgánico, y a su vez esa carencia debería conducirnos a la pregunta si ella es compatible con la existencia de un Pueblo de Dios real, encarnado en la vida que transcurre en la Ciudad del Hombre. Todo esto se produce porque la identidad cristiana es débil y su sentido de pertenencia a la Iglesia también. Es un catolicismo acomplejado, que comportándose como tal, tiene pequeñas puntas de exceso que son como pequeñas y fugaces llamaradas. La humildad evangélica y la propuesta no pueden confundirse con el silencio y la ausencia de testimonio. Preguntémonos una vez más: ¿dónde están los católicos en esta campaña electoral?

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3 Comments

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  2. 2

    Por encima de la propia conciencia, de sus principios y valores morales, se impone la incongruencia que antepone intereses de poder y lo políticamente correcto, no sólo en España, sino en México, mi país. Es verdad que para ser coherente hace falta valentía.

  3. 3

    Muchos católicos mexicanos nos preguntamos lo mismo que muchos españoles sobre los políticos católicos, que desde el Primer Mandatario -casado por la Iglesia y ampliamente publicitado- ¿que hacen con su conciencia? ¿En dónde esconden sus valores éticos y morales?

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