Células madre sin destruir embriones: una batalla casi ganada

Cuando se consiguen resultados es necesario subrayarlos, porque con demasiada frecuencia se cae en el error de estar solo ocupados en aquello que func…

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Cuando se consiguen resultados es necesario subrayarlos, porque con demasiada frecuencia se cae en el error de estar solo ocupados en aquello que funciona mal.

Me refiero a las informaciones recientes, diversas y abundantes, que ponen de relieve que el camino para la medicina regenerativa es el de las células madre no embrionarias.

De hecho, ya hace algunos años que esto era manifiesto por unas razones bien prácticas: existían numerosas aplicaciones de células obtenidas sin embriones y en cambio no había ninguna aplicación utilizando células embrionarias. 

A pesar de ello la mayoría de medios de comunicación y un sector del mundo científico, empezando con el actual Ministro de Sanidad de España, seguía empecinado erre que erre, en el uso de los embriones.

En realidad se producía, se da todavía, como un mecanismo de inercia, la confluencia entre dos corrientes distintas. Una, los investigadores que habían adoptado esta opción porque les parecía interesante y sobre todo porque habían obtenido financiación, y por otra parte, una corriente progre que levantaba bandera del embrión como lo hace del condón.

Era un santo y seña de identidad. Esto explica como en determinados países aquejados de esta enfermedad infantil de la progresía, han crecido los recursos públicos dedicados a la investigación con embriones en una medida parecida a como disminuyen en los laboratorios privados de EEUU.

Ian Wilmut, el padre técnico de la oveja Dolly lo ha dejado bien claro en el plano más absolutamente materialista: “Trabajar con embriones es de resultados demasiado inciertos, demasiado complicados y demasiado caro, habiendo otras vías como es el de las células madre no embrionarias”.

El soufflé se está deshinchando a pasos acelerados y es una demostración más de que la verdad, que entraña la ley natural, se acaba imponiendo más pronto o más tarde.

Quedan aún resistencias. ¿Cuáles? Pues la de aquellos grupos, aquellos científicos que tienen su prestigio profesional y, sobre todo, su modus vivendi centrado exclusivamente en el trabajo con embriones.

Son bastantes. Bernat Soria, ministro de este país es uno de ellos, y hay algunos tinglados de considerables proporciones, como el Centro de Investigación Príncipe Felipe-Universidad de Valencia.

Su director Carlos Simón es bien claro en este sentido: “nos encantaría meternos en reprogramación, pero iniciar nuevos proyectos requiere inversión y personal”.

Es decir, si no hay nuevas aportaciones económicas seguirán gastando lo que les de el Estado para seguir practicando con embriones, un camino que conduce a la nada. Algo parecido puede decirse del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona, dedicados a las células madre embrionarias.

También es mala suerte que la apuesta de la política progre en los campos científico de España se haya inclinado bajo criterios ideológicos y no sobre una previsión razonable de lo que estaban indicando los resultados.

La utilización de embriones carece de futuro y haría bien el Gobierno español en replantearse rápidamente en qué se está gastando el dinero. Más cuando este país se caracteriza no sólo por dedicar poco a la I+D, sino además por obtener unos resultados muy por debajo de los recursos económicos que se aplican.

La investigación con embriones tiene un lugar destacado en esta lista de gasto inútil.

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