Charlie Hebdo y la libertad de expresión (I)

Después de lo ocurrido en París la mañana del pasado 7 de enero y pasado un mes de los hechos, escribo estas reflexiones. Hace un…

Después de lo ocurrido en París la mañana del pasado 7 de enero y pasado un mes de los hechos, escribo estas reflexiones.

Hace unas semanas hubo en París un día de duelo nacional, con repicar de campanas de Nôtre Dame, discursos solemnes, gente con andar triste y sin ánimo, portadas fúnebres, calles con minutos de silencio y pintadas ‘Je suis Charlie’ en todas partes. Este día el mundo estuvo en París –40 jefes de Estado y Gobierno de los 5 continentes– porque aquí estallaron los infiernos provenientes de Oriente Medio. Una “marcha republicana”, una desafiante concentración, una movilización sin precedentes desde 1944, cuando acabó la Segunda Guerra Mundial. ¿Y por qué estallaron los infiernos?

Desde el 7 de enero y durante unos quince días hubo un crescendo inaudito de comentarios en toda la prensa sobre el atentado en la redacción de la revista Charlie Hebdo. Todo el mundo se abalanzó para apoyarles. Les ayudaron a editar un número extraordinario, con la intención de seguir apareciendo contra toda adversidad. Tras el entierro de las víctimas, pocas cosas más se dijeron. Pero la adversidad ha podido más que la realidad: hace unos días (no lo he visto impreso, lo oí en la radio) anunciaron que los redactores de Charlie Hebdo han decidido arriar velas, no continuar con la revista, no saldrá ni el número de febrero. RIP.

He recordado unas palabras del periodista Daniel Arasa que en el artículo titulado Pardon… je ne suis pas Charlie Hebdo decía: "No compraré nunca un ejemplar. No le daré un euro. Nunca prohibiría su publicación para que la libertad es sagrada, pero no haré difusión y, a conciencia, digo que me gustaría su ruina económica para que nadie la compre, porque nadie le diera publicidad". Se ha cumplido su deseo.

Charlie Hebdo

Je suis Charlie! ¿Yo soy Charlie? ¿Quién es Charlie, Charlie Hebdo, este nombre que hemos oído, por desgracia, muchas veces las últimas semanas, este nombre que ha hecho que toda Europa esté preocupada? Europa está preocupada, pero no debería de estarlo tanto por los asesinatos del pasado mes en París, sino por la deconstrucción de la sociedad que se va haciendo desde la gente que tiene el poder mediático, político o cultural.

Charlie Hebdo es un semanario, autodenominado satírico (¡sic!), pero que se manifiesta con un carácter anarquizante, injurioso y libertario. Es una revista molesta, insolente, corrosiva, insultante, cáustica, grosera, irreverente, mordaz, cruel, gamberra, cínica, irrespetuosa, ultrajante, de mal gusto, vulgar, agresiva, peligrosamente provocadora hasta el escarnio, blasfema, deliberadamente ofensiva, sarcástica, caricaturesca, con una libertad de expresión entendida a su manera y una actitud hostil contra cualquier forma de religiosidad, consiguiendo unir la indignación de musulmanes, judíos y cristianos y la de una gran multitud de ciudadanos que no están de acuerdo con su manera de hacer la revista.

Charlie Hebdo hace bandera de la libertad de expresión y se propone seguir haciendo humor sobre la religión musulmana "hasta que el Islam sea tan banalizado como el cristianismo". La marca de la casa es fustigar todo y a todo el mundo sin contemplaciones, sin importarles nada que alguien se sienta ofendido. Sus plumas habían acumulado un inmenso memorial de agravios a lo largo de muchos años por la irreverente sátira practicada sin distinción de religiones: se mofaban de todas. Ha hecho suya la frase del misántropo "yo no tengo manías, yo odio a todo el mundo". Su última viñeta (portada del 7 de enero) decía: "Aún sin atentados en Francia. Pero esperen, hay tiempo hasta el 31 de enero para presentar las felicitaciones". La "felicitación" llegó a las once de la mañana.

Breve historia de Charlie Hebdo

En 1960 Georges Bernier (professeur Choron) y François Cavanna sacan, en París, una publicación mensual con el nombre de Hara-Kiri, "journal bête et méchante". En 1961 se prohibió la publicación. En 1964 vuelve a salir. En 1966 vuelve a ser prohibida. Medio año después reaparece, pero la mitad de los colaboradores no volvieron. Entran nuevos. En 1969 dirige la publicación Cavanna y la convierte en semanal (hebdomadaire, hebdo) con el nombre de L’Hebdo Hara-Kiri. En 1979, a raíz de la portada con motivo de la muerte de De Gaulle, vuelve a ser prohibida.

Los promotores creen que debe continuar saliendo y la sacan con el nombre de Charlie Hebdo, tomando el nombre de una antigua publicación, de 1969, que se llamaba Charlie Mensuel. El nombre hace referencia al personaje Charlie Brown (Carlitos) del dibujante Schulz y que esta revista introdujo en Francia. En 1981 la publicación dejó de publicarse por falta de lectores: no tenía suscriptores, no tenía publicidad y la venta en los quioscos era ridícula.

En 1992 sale a la luz el primer número de una nueva revista con el mismo título de antes: Charlie Hebdo. La inician Philippe Val y Jean Cabut (Cabu) junto con dibujantes conocidos de los años 70 e idéntica maquetación. Un gran éxito en la salida: 100.000 ejemplares el primer número. Si la publicación anterior no tenía una línea política clara, ésta se define contestataria de la extrema derecha. Por este motivo algunos colaboradores abandonan la publicación por la forma de funcionar del director, Philippe Val, que tiene que ver cómo, casi cada día, se encuentra con oposiciones y dimisiones, por la línea corrosiva que sigue, así como despidos de dibujantes conocidos. En 2009 deja la dirección Val y la coge Stéphane Charbonier (Charb), que continúa con la línea irreverente y corrosiva contra todos.

Implicada en juicios, debates y acusaciones por provocaciones, en 2011 fue atacada por un grupo islamista con un cóctel molotov y el pasado 7 de enero, fue atacada por Al Qaeda muriendo el director, algunos dibujantes y empleados.

Charlie Hebdo tenía ahora una tirada de 35.000 ejemplares y sus finanzas hacían aguas por la poca publicidad y la drástica reducción de ventas. La muerte trágica de sus dibujantes hubiera podido dar una nueva vida al semanario, cosa que no previeron los agresores y tampoco ha sucedido.

No debería ser posible que, en defensa de la libertad de expresión, se pueda atentar impunemente contra cualquier persona o institución –ya sea con pistolas o con dardos envenenados rodeados de dibujos– para insultarlos y reírse de ellos, día tras día, semana tras semana.

Con todo el respeto por los muertos y por sus familias, y dejando bien claro que nadie tiene derecho a arrebatar la vida a nadie, creo que hay que decir que Charlie Hebdo ha cavado su propia tumba con las publicaciones "satíricas" pero irrespetuosas para mucha gente.

¿Tenemos que reírnos siempre de las desgraciadas portadas de la revista? ¿Hasta dónde tiene que aguantar una persona o institución que se ve, día tras día, insultada en sus creencias? Una cosa es hacer un chiste sobre una situación que se haya podido dar en un momento determinado. La otra es ir tirando basura en la cara de la gente y leña al fuego de la irreverencia, semana tras semana, a fin de provocar aquellos que no piensan como yo. Es la dictadura del relativismo: no hay nada que no sea verdad, excepto mi verdad.

Después del 7 de enero

El honor de un periódico es servir siempre a la verdad, usando todos los espacios de libertad necesarios para su trabajo. Pero por desgracia, desde hace mucho tiempo, los líderes de opinión, y Charlie Hebdo en particular, han hecho de la falta de respeto a la persona humana una estrategia de la mentira, rodeando el mundo del pensamiento en un nihilismo libertario en el que el objetivo declarado es "deconstruir" la sociedad. Formando parte de este mundo que ellos querían aniquilar, los periodistas de Charlie Hebdo han sufrido cruelmente su propia suerte sembrando el caos en nombre de una falsa concepción de la libertad. El horror de su muerte –que nadie deseaba ni desea– no puede hacer olvidar esta realidad.

Los terroristas han asaltado un periódico satírico famoso por sus ultrajes y sarcasmos. "Uno tiene derecho a reírse de todo", decían con orgullo los responsables. La risa se convirtió en lágrimas. Los kalashnikov replicaron a la agresión de las palabras y las imágenes. "Un dibujo es un disparo de un fusil", solía decir Cabu. Acabó pagando su precio.

La violencia encuentra su fuente en la des-socialización, en la marginación, en los jóvenes sin puntos de referencia, con un fracaso familiar, escolar y profesional en una sociedad en la que ellos no han encontrado su lugar y que los deja sin futuro. El relativismo moral y religioso invade nuestras sociedades posmodernas donde las grandes ideologías se han hundido y la religión ha sido borrada por la pérdida de trascendencia e interioridad.

Cuando una cultura no da razones sublimes para vivir porque ha olvidado el patrimonio o ha perdido la memoria, ella misma se los fabrica a partir de los instintos más bajos y más viles. Cuando en el seno de la familia ya no es posible transmitir este lento y paciente tejido de la razón, de historia, de cultura… esta sociedad hace saltar, sin darse cuenta, la barrera que cerraba el camino a la brutalidad de la naturaleza, a la exacerbación de las pasiones y a las reivindicaciones narcisista: le ha hecho la cama al fundamentalismo.

Cuando Mahoma, Benedicto XVI, la Virgen son representados de una manera obscena, cuando se complace en la provocación de lo que toca la conciencia más íntima, la de la fe, la de lo sagrado, la de la simbología religiosa… esta nueva iconoclastia engendra, inevitablemente, –sin justificarla nunca– la revancha, la venganza, otras violencias más insospechadas en un engranaje casi mecánico, y que la actualidad nos ha ofrecido un espectáculo horrible.

La sacralización de la burla y de la injuria no puede provocar más que el odio. El desprecio del otro empieza por no respetar la vida humana, la del niño no nacido en el seno de la madre, la del enfermo incurable que se le quiere eutanasiar, la vida de quien es débil, excluido, desesperado, solo… la de aquel que ya no cree ni en sí mismo. Debemos huir de esta cultura del desprecio.

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