Ciegos

¿Qué ceguera se apoderado de nuestro tiempo y nos incapacita para abordar bien los conflictos, crisis, e injusticias? En realidad, todo …

¿Qué ceguera se apoderado de nuestro tiempo y nos incapacita para abordar bien los conflictos, crisis, e injusticias? En realidad, todo lo que necesitamos para actuar adecuadamente ya estaba allí hace más de dos mil años en la cultura y creencias de los antiguos griegos. Antígona, Heráclito, Sócrates, Platón, Aristóteles, son nombre que señalan los hitos de una evolución única de la humanidad. Establecen una forma, un método de observar la vida colectiva buscando comprender la ley que la rige, restituyéndola cuando es necesario de manera que la armonía en la vida social sea el resultado. El conflicto (Polemo) es la tensión permanente entre justicia (dike) que emanan de la divinidad (la diosa Dike), puede ser comprendida y aplicada por el ser humano gracias al logos, el lenguaje capaz de expresar la razón. El logos con que se abre el Evangelio de San Juan refiriéndose a Jesucristo. “Al principio existía quien es la Palabra (logos). La Palabra era Dios. Él estaba con Dios al principió Po El todo ha venido a la existencia”.

La justicia portadora de armonía, la que da a cada cual lo que le corresponde, posee tres dimensiones que nuestra sociedad desvinculada ha reducida a una, hundiéndonos en el fracaso colectivo, que surge de la desproporción en los medios extraordinarios que poseemos y la incapacidad para hacer con ellos el bien con plenitud. Una es la justicia para antes de cada acto humano, personal y colectivo, la que lo guía, es decir la virtud, la práctica. Después la justicia como acto formal -la única que impartimos, y así nos va- y luego la justicia posterior a su aplicación, la que permite saber en qué medida la armonía, fin de toda justicia, se ha restablecido.

Sí, todo estaba ya allí, desarrollándose en la evolución humana, hasta que se produjo el gran salto cualitativo con el Dios cristiano, que reunía en sí y era fuente de toda justicia, conocimiento y armonía; y lo era, y esa es la gran diferencia, por amor a sus criaturas. Jesucristo viene a reconducir lo que se ha fragmentado (el riesgo permanente de lo humano; la desvinculación) cuando se ignora la ley natural. Él restituye la armonía fundamental, la de la relación con Dios, y nos explica el sentido de nuestra existencia, nos anuncia la felicidad y la paz en una medida inconcebible y para siempre. Porque Dios es, en términos de nuestro logos, el padre que nos ama como nadie lo ha hecho, que nos busca y espera con paciencia infinita, y su “yugo es suave y su carga ligera”, porque la vía que nos conduce a Él es la del reconocimiento de su Gloria, y por ella y para ella el amor, el servicio entregado a los demás. Esta es la piedra que corona el edificio de la justicia y de la armonía (armoniá) es decir el unir las personas, o las cosas, como las notas musicales, o los tintes de pintura, en un orden placentero.

La sociedad de la armonía es la alternativa a la sociedad desvinculada, y construirla comienza por recuperar las fuentes y revitalizar nuestra tradición cultural y religiosa.

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