Ciencia y consciencia

El siglo XX conoció un progreso científico espectacular. En el campo de la física celebramos hace algunos años el centenar…

El siglo XX conoció un progreso científico espectacular. En el campo de la física celebramos hace algunos años el centenario de la publicación de los artículos de Albert Einstein que abrieron paso a la nueva física e hicieron posible los enormes descubrimientos del siglo XX, tanto en el campo de las partículas atómicas como en el de la astrofísica.

Los descubrimientos en el campo de la biología y de la medicina todavía suscitaron un interés mayor. Poco antes de esas fechas celebramos el cincuenta aniversario del descubrimiento, obra de Watson y Crick, de la molécula de ADN, el mecanismo de transmisión de la vida.

Y el 26 de agosto del 2000, completando aquel descubrimiento, los científicos anunciaron la secuencia completa del genoma humano. Por primera vez se identificó la cadena de una molécula de ADN humano, una monumental enciclopedia que contiene las instrucciones para el funcionamiento del organismo humano.

Estos descubrimientos y, en general, los progresos de la ciencia, más que infundir miedo, revelan cada vez más el orden intrínseco de la naturaleza. Todo descubrimiento científico, hecho según las reglas de la investigación científica, es un bien para el hombre, independientemente de su aplicación concreta.

Contrariamente a lo que tan habitualmente se afirma, el desarrollo científico no entra en contradicción con la hipótesis de un Creador absoluto, aunque, en sentido estricto, tampoco es un argumento concluyente a favor de su existencia.

No todos los científicos son creyentes, ni todos son, por definición, agnósticos o ateos. Sin embargo, la lógica intrínseca de los fenómenos naturales, la racionalidad de los procesos y la maravillosa estructura del ser más íntimo de las cosas da que pensar a la consciencia humana.

El hecho de que el ser humano pueda comprender con su razón la Razón (el Logos) que rige los fenómenos del mundo, confiere sentido a la idea de que el ser humano está creado a imagen y semejanza de una Racionalidad infinita, de que exista una especie de correlación simétrica entre el orden el mundo y el orden de la lógica humana.

Eso no significa que el ser humano comprenda todo cuanto ocurre, pero tiene la capacidad racional de explorar el mundo natural y captar algunos indicios de esta Racionalidad a través del arduo ejercicio de la investigación.

El desarrollo científico -decíamos- es un bien para la humanidad y deberíamos ser capaces de suscitar esta vocación entre los más jóvenes y despertar su curiosidad intelectual. Este desarrollo debe operarse siempre y en cualquier circunstancia dentro del marco de los principios éticos.

Algunos desearían una ciencia value-free, sin vínculos de tipo ético o legal, sin más límite que el impuesto por el mismo progreso de la ciencia, pero cuando está en juego la dignidad de la persona humana, este criterio no se puede aceptar. No todo medio es lícito para alcanzar un fin, aun cuando éste sea bueno.

En este debate, es esencial articular correctamente el principio del respeto a la dignidad de la persona humana con el de la legítima libertad de investigación. Una libertad que rebasara el primer principio tendría consecuencias muy graves.

La alianza entre ciencia y conciencia pasa necesariamente por el reconocimiento del principio fundamental: el respeto de la dignidad humana. Es el principio sobre el que se basan nuestras sociedades democráticas: que todo ser humano posee una dignidad inalienable, que le es connatural, no concedida por autoridad alguna, independiente de su religión, clase social, edad, sexo o cultura.

Este principio, reiteradamente expresado en las constituciones de los países europeos y también en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre (1948) constituye la piedra angular de nuestro sistema social, político, educativo y sanitario. En este punto convergen la mentalidad cristiana y el agnosticismo cultivado, coinciden personalidades como Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas.

Desde una perspectiva cristiana, la razón de tal dignidad deriva del hecho de que todo ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios. Un autor tan poco sospechoso de clericalismo como Umberto Eco, tras haber hecho su preceptiva profesión de ateísmo se pregunta cómo una parte de la humanidad ha podido imaginar un Dios hecho hombre, dispuesto a dejarse morir por amor a la humanidad.

El hecho que la humanidad haya podido concebir una idea tan sublime -dice Eco- le lleva a nutrir un gran sentimiento de estima hacia ella.

No todo lo que es técnicamente posible, es, por ello mismo, moralmente lícito. Los grandes descubrimientos de nuestro tiempo nos han acostumbrado a un sentimiento de omnipotencia en la investigación, como si no tuviera límites, o como si estos límites no debieran ser impuestos por instancias ajenas a la ciencia.

Pero la ciencia no es una actividad desgajada del resto de la vida del hombre y, como tal, debe estar limitada por la estricta observancia de la conciencia ética.

La biología y la medicina moderna no pueden olvidar que, a pesar de sus maravillosos descubrimientos, no pueden llegar a la unidad intrínseca del ser humano, a su integridad personal compleja, que une subjetividad y corporeidad.

Las ciencias de la vida se aproximan al hombre desde fuera, no desde dentro, porque el hombre posee una dimensión psíquica irreductible, que llamamos conciencia, que no se puede explicar como un simple resultado emergente de una evolución puramente material. La conciencia pertenece a otro orden. Como decía Blaise Pascal, el hombre supera infinitamente al hombre.

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