Cinco licenciaturas en teología… sin vida interior

El pasado 3 de septiembre en la homilía de comentario del Evangelio en la Casa Santa Marta del Vaticano, el Papa Francisco dijo: “¡…

El pasado 3 de septiembre en la homilía de comentario del Evangelio en la Casa Santa Marta del Vaticano, el Papa Francisco dijo: “¡Tú puedes tener cinco licenciaturas en teología, pero no tener el Espíritu de Dios!”. El Papa añadía, dirigiéndose hipotéticamente en un lenguaje coloquial a quien tuviera tantos títulos universitarios, que “quizá eres un gran teólogo, pero no eres un cristiano, porque no tienes el Espíritu de Dios. Lo que da autoridad, lo que da identidad, es el Espíritu Santo, la unción del Espíritu Santo”.

Como en muchas otras ocasiones, el Papa Francisco ponía el dedo en la llaga. No exponía un concepto novedoso, desconocido hasta ahora, pero lo expresa con su lenguaje directo, coloquial e inteligible, pero a la vez provocativo.

¿Cuántas veces hemos comprobado cómo una anciana que apenas pudo ir a la escuela en su juventud, y que a lo largo de muchos años llevó una vida sencilla atendiendo a su familia y trabajando para sus hijos sin visionar grandes horizontes, habla de las cosas de Dios y del sentido profundo de la vida mucho mejor que muchos teólogos o que destacados pensadores? Con palabras llanas pero inteligibles para todos hace valoraciones de gran solidez, que van a la raíz de los asuntos. El Espíritu está en ella. Lo que dice no es fruto de grandes estudios sino de mucha vida interior, de mucho amor, de mucha entrega, de disposición a hacer la voluntad de Dios. Todo esto da más luces espirituales que las licenciaturas y los doctorados, sean en Teología o en cualquier otra materia.

Cuando leí aquéllas palabras del Papa recordé a un compañero muy brillante en todas las asignaturas de una etapa de mis estudios universitarios. Entonces, ¡han pasado ya muchos años!, cursábamos clases de religión incluso en la universidad, no como ahora que ha quedado orillada en la mayoría de centros educativos. Aquél muchacho era uno de los mejores en la asignatura de religión católica, en el conocimiento de la doctrina. Sacaba notas excelentes, pero se declaraba abiertamente no creyente y su vida discurría por tales derroteros. De hecho se notaba al conversar con él que sabía la letra pero no captaba el fondo. He vivido otras experiencias similares. Y he escuchado a teólogos, o que así se autocalifican, que decían verdaderas barbaridades desde el punto de vista doctrinal, que no resistirían un elemental contraste con la doctrina de la Iglesia, aunque la vistieran de grandilocuencia y de supuesta novedad. Algunos incluso dejaron la Iglesia. Sin juzgar jamás la conciencia de nadie, de su propia expresión pública se deducía que eran sarmientos no unidos a la vid.

Como muy bien nos dice el Papa, la verdadera sabiduría del cristiano no radica en un gran dominio de la ciencia teológica, ni en la capacidad de elaborar teorías brillantes si se limitan a la reflexión y a las experiencias a nivel humano, sino en la unión con Cristo. Es una grandeza más del cristianismo, la de ser asequible a todos. El “formar parte del club” para decirlo en términos coloquiales, no se basa en los niveles de inteligencia o de formación académica, y tampoco en los ingresos económicos, la salud, la edad, la raza, el sexo, los criterios políticos, las aficiones… Todos cabemos si lo deseamos.

Apuntalar la formación

El Papa, obviamente, no está en contra de la formación teológica, ni de las licenciaturas, ni de las universidades, al contrario. Ya pasó aquello de “la fe del carbonero”. Hemos de poder dar razones de nuestra fe. Pero de una forma muy gráfica Francisco nos pone una cuña. Creo interpretarle bien si digo que si los estudios más elevados, los títulos más brillantes, no van acompañados de la oración, de los sacramentos, de estar unido a Cristo, y por tanto al Espíritu, quedarán en muy poca cosa. Incluso pueden ser contraproducentes porque sin humildad y sin oración, como decía San Pablo, “la ciencia hincha”, pero no salva.

San Josemaría, un santo que dedicó un gran esfuerzo a la formación doctrinal, sintetiza muy bien y en muy pocas palabras cómo debe ser la vida espiritual de un cristiano coherente: “Piedad de niños, fe de vieja y doctrina de teólogos”.

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