Claridad y distinción

El 8 de junio de 1637, en una imprenta de Leiden, veía la luz por vez primera la obra El Discurso del Método, de Renato Descartes. En el…

El 8 de junio de 1637, en una imprenta de Leiden, veía la luz por vez primera la obra El Discurso del Método, de Renato Descartes. En ella, el filósofo racionalista estableció como regla primera y principal de su célebre método la de no aceptar en su pensamiento nada que no le fuera evidente, siendo evidente aquello que presentara estos dos rasgos: claridad y distinción.

Claridad es la certeza que excluye toda duda. Distinción significa que una cosa (concepto, idea, objeto, etc.) no se confunde con otra.

No soy yo precisamente un admirador del pensamiento de Descartes, pero esta doble condición de claridad y distinción me parece absolutamente necesaria en todo aquello que esté sujeto a la razón. Allí donde la razón se constituye en guía para la acción, allí debe haber claridad y distinción.

¿A dónde quiero ir con este arranque? A denunciar, lector, el estado de confusión reinante en que estamos instalados y, si fuera posible, proponer algún paliativo.

La confusión es mala porque atasca el camino de la verdad. La confusión es el humus del error. La confusión actúa como las máquinas mezcladoras, revolviéndolo todo. Confundir (fundir con) es reunir lo que debería estar separado, romper lo que debería estar unido, ayuntar cosas opuestas, ignorar causas y efectos, tomar la parte por el todo o el todo por la parte. La confusión impide prever problemas y calibrar sus consecuencias, y cuando aquellos muestran sus efectos, la confusión estorba en la búsqueda de soluciones adecuadas.

La confusión no entiende -ni quiere entender- de matices, no discierne porque superpone unos conceptos a otros, porque mezcla verdades con errores y verdades con medias verdades. Da importancia a lo frívolo y frivoliza con lo que es grave, llama dignidad a la soberbia y soberbia a la dignidad, llama valentía a la arrogancia y prudencia a la cobardía, temeridad a la audacia, al pudor le dice simpleza y a la sinceridad, descaro, servilismo a la obediencia y heroísmo a la temeridad. Y lo más grave de todo, llama bueno a lo malo y malo a lo bueno.

Por todo ello, cabe decir que la confusión es la primera estrategia del mal. El mal actúa confundiendo.

Permanentemente necesitamos de quien ponga luz y nos aclare las cosas porque solapamos y embarullamos todo de tal manera que se nos hace costoso el andar por el camino recto. He aquí algunos ejemplos entresacados del día a día:

– Con motivo del atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo, muchos se vieron en la necesidad de decir “je ne suis pas Charlie” y explicarlo.

– Hay mil ejemplos en los que parece costar el discernir entre el ser y el hacer, lo cual, aplicado al hombre exige no confundir a la persona con sus actos. Es paradigmático de esta distinción el caso de las personas con tendencias homosexuales y es paradigmática también la cerrazón de quienes se niegan a admitir la distinción entre las tendencias y las prácticas.

– En otro campo, hay quienes no acaban de ver la diferencia entre un militar que va a la guerra y un terrorista, o entre un mártir cristiano y un fundamentalista musulmán suicida.

– Llamamos novios a quienes no lo son porque viven en concubinato y llamamos matrimonio a cualquier cosa.

– Con el rasero de la igualdad borramos las diferencias sustantivas entre lo profano y lo sagrado, entre hombre y mujer, entre el padre y la madre, entre el adulto y el niño, entre el hombre y el animal.

– En un solo saco, con el nombre de educación, metemos todo lo que acontece en las instituciones de enseñanza sin distinguir si lo que allí ocurre es formativo o no lo es para los niños y los jóvenes.

– Desde muchas instituciones que detentan poder, desde muchos medios de comunicación que se saben influyentes y desde los ambientes sociales que más se hacen valer, promovemos cosas que deberían estar prohibidas y/o perseguidas (entiéndanse por ejemplo el desprecio a la vida, la exaltación de la violencia y del odio, los casos de ganancias desorbitadas y rápidas, y la impudicia en el hablar y en vestir, la pornografía, el culto al sexo y al dinero, la legalización de las drogas, de la prostitución o la pedofilia) y luego nos sorprendemos de que causen los efectos que causan. En el siguiente paso las condenamos enérgicamente con toda hipocresía y por último ni nos avergonzamos de haberlas promovido, ni menos aún nos arrepentimos de haberlo hecho, ni movemos un dedo para atajar causas y actuar con la debida coherencia. ¿Sembramos vientos y nos escandalizamos de recoger tempestades? ¿Pisamos brasas y nos extraña quemarnos? Si tuviéramos que poner nombre a esto habría que echar mano de una palabra recia, pero muy ajustada: necedad. No entender estas cosas es de necios porque cualquier hombre normal, dotado no más que de su razón y de sentido común las entiende sin dificultad.

¿Si tan sencillo es, por qué no lo vemos? Porque la razón está bajo presión. La razón, que no es ilimitada, actúa siempre bajo condicionamientos internos y externos; más aún, la razón actúa siempre bajo presión. Las presiones internas son las que llevamos dentro (educación recibida, expectativas, recuerdos y experiencias pasadas, deseos y pulsiones de todo tipo) y por su propia naturaleza son subjetivas. Las externas se deben al medio en el que vivimos, al ambiente que respiramos. La razón es planta delicada, que acusa todo influjo ambiental y cualquier menudencia puede afectarla. Por eso la fuerza del entorno y del contexto es muy poderosa. Así se entiende que la razón ande desconcertada en medio de un ambiente en el que predomina la confusión.

¿Hay remedio? Sí, pero no en singular, sino en plural, hay remedios. Al menos estos tres: dos naturales que son el lenguaje y el estudio y otro sobrenatural que son los dones del Espíritu Santo.

En el ámbito del lenguaje el mejor recurso con el que poner freno a la confusión está en llamar a las cosas por su nombre. Con toda humildad, con toda prudencia, con la mejor disposición, con la mayor benevolencia y con toda firmeza hay que llamar a las cosas por su nombre. Para ello hay que hablar, evidentemente, y hay que tener criterios de los cuales echar mano para poder hablar. La boca, ya sabemos, habla de lo que abunda en el corazón. Por eso conviene preguntarse si damos importancia a la alimentación y al cuidado del corazón. ¿Con qué nutrimos nuestro corazón?

En segundo lugar está el estudio, que, siguiendo la misma línea, contribuye de manera singular a alimentar nuestro entendimiento. Lo mismo que nos hemos preguntado con qué alimentamos nuestro corazón, hay que preguntarse por el entendimiento. ¿Con qué lo alimentamos? A mí me parece que en general estudiamos poco. En muchos casos limitamos el estudio a las etapas escolares en las cuales lo entendemos como el oficio del estudiante. Ya se entiende que muchos no podrán dedicar mucho tiempo ni esfuerzo al estudio porque así se lo impongan las exigencias de la vida adulta, pero al tiempo se constata un escaso amor por el estudio que es llamativo. Hemos heredado un patrimonio cultural precioso y lamentablemente desconocido para amplios sectores de población. En tantas ocasiones lo único que necesitamos es entrar en contacto con él; un patrimonio que nos han legado los que ya han transitado por este mundo, los clásicos de siempre a los que hay que añadir las voces actuales, que también existen. Nuestra civilización, la civilización cristiana, dispone de una herencia riquísima y en constante aumento que no se puede conocer si no se la estudia. En esto tenemos que animar a las jóvenes generaciones, sin dar por hecho que ya se encargarán las instituciones educativas porque muy probablemente ni puedan ni estén en condiciones de llevarlo a efecto.

Para el tercer y último lugar he dejado lo más importante, que es el recurso a la gracia. En el ámbito de la gracia están los dones del Espíritu Santo que no son adornos, sino lo único que puede darnos esa luz que tanto necesitamos. Los dones son disposiciones habituales puestas en el alma por Dios Espíritu Santo cuando el alma se reconoce necesitada, las pide y las acepta. Basta con nombrarlos: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Estamos a las puertas mismas de Pentecostés. La ocasión no puede ser más oportuna.

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