Clausura del XXV Encuentro Internacional de Oración por la Paz: documento final

Llamamiento por la paz Hombres y mujeres de diferentes religiones, procedentes de muchas partes del mundo, nos hemos reunido en Barcelona, en una tier…

Llamamiento por la paz

Hombres y mujeres de diferentes religiones, procedentes de muchas partes del mundo, nos hemos reunido en Barcelona, en una tierra que celebra con el arte la belleza de la familia de Dios y de la familia de los pueblos, para pedir al Altísimo el gran don de la paz.
Hemos dejado atrás una década difícil. Ha sido un tiempo en el que el mundo ha creído más en la contraposición y en el conflicto que en el diálogo y en la paz. Tenemos presentes los miedos de muchos hombres y mujeres en numerosos lugares del mundo, el dolor de guerras que no han traído la paz, las heridas causadas por el terrorismo, el malestar de sociedades afectadas por las crisis del trabajo y por la incertidumbre del futuro, el sufrimiento de muchos pobres que llaman a la puerte de un mundo más rico y que a menudo encuentran puertas cerradas y desconfianza.
Nuestro mundo está desorientado a causa de la crisis de un mercado que se ha creído omnipotente y a causa de una globalización que a veces no tiene alma ni rostro. Pero en realidad la globalización es un oportunidad histórica: une mundos lejanos, y para conseguirlo tiene que encontrar una inspiración generosa. En cambio, se ha visto acompañada del miedo, la guerra, el cerrarse al otro y el temor a perder la identidad.
Hay que abrir una nueva década en la que el mundo globalizado se convierta en una familia de pueblos. Este mundo necesita alma. Pero sobre todo necesita paz. La paz es el nombre de Dios. No es algo superficial. Proviene de lo más profundo de cada tradición religiosa. Quien utiliza el nombre de Dios para odiar y humillar al otro abandona la religión pura. Quien invoca el nombre de Dios para hacer la guerra y para justificar la violencia actúa contra Dios. No hay nunca ninguna razón u ofensa recibida que pueda justificar la eliminación del otro. Lo más profundo de nuestra identidad religiosa, nuestras diversas historias, la oración vivida los unos junto a los otros, nos permiten decir al mundo: debemos vivir juntos en un destino común. Las religiones dan testimonio de que hay un destino común de los pueblos y los seres humanos. Este destino se llama paz.
A través del diálogo, se hace realidad este destino común que es la paz. El diálogo es el camino para encontrarlo y construirlo. Nos pretege a cada uno de nosotros y nos hace continuar siendo humanos en un momento de crisis. El diálogo no es ingenuidad. Es la capacidad de ver lejos, incluso cuando todos miran sólo de cerca a su alrededor y por eso se sienten solos, resignados y asustados. El diálogo no debilita, sino que fortalece. Es la verdadera alternativa a la violencia. No se pierde nada a través del diálogo. Todo es posible, incluso imaginar la paz. En una sociedad donde cada vez es más frecuente que personas diferentes vivan juntas, hay que aprender el arte del diálogo. No debilita la identidad de nadie y permite redescubrir lo mejor de uno mismo y de los demás. Nuestras sociedades necesitan volver a aprender el arte de convivir.
Después de estos días estamos cada vez más convencidos de que un mundo sin diálogo no es un mundo mejor. Necesitamos paz, y no hay paz sin diálogo. La paz es el don más grande de Dios. La paz necesita oración. No hay odio, ni conflicto, ni muro que pueda resistirse a la oración, al amor paciente que se convierte en don y perdón, al mismo tiempo que educa desde la raíz para construir un mundo en el que no todo es mercado y donde lo realmente importante no se compra ni se vende.
Queremos entrar a la nueva década con la fuerza del Espíritu, para crear un tiempo de esperanza para el mundo. Es necesaria la esperanza. Pero nosotros tenemos esperanza. Nuestra esperanza viene de lejos y mira al futuro. Un destino común es el único destino posible.
Que ésta pueda ser la década de la paz, el diálogo y la esperanza.
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