Cloacas del Estado

Una expresión habitual, y muy utilizada últimamente, es la de ‘cloacas del Estado’. Generalmente, se utiliza para describir …

Una expresión habitual, y muy utilizada últimamente, es la de ‘cloacas del Estado’. Generalmente, se utiliza para describir el juego sucio impulsado desde las mismas estructuras del Estado. Esta realidad muy viva ahora, no queda lejos de otras épocas en las que el poder político empleó las instituciones del Estado para hacer trabajos éticamente insostenibles, generalmente de forma camuflada, para resolver cuestiones que no querían o podían ser abordables políticamente. En la historia reciente de nuestro país está el caso GAL. Mirando el pasado más lejano recuerdo, por ejemplo, el hundimiento por parte de agentes de la Dirección General de Seguridad Exterior francesa en 1985 del Rainbow Warrior buque insignia de Greenpeace; el "suicidio" en la prisión de la militante ultraizquierdista Ulrike Marie Meinhof, fundadora de la Fracción del Ejército Rojo, también conocido como el grupo Baader-Meinhof, el 9 de mayo de 1976 en la prisión de Stuttgart; o el escándalo Watergate en 1972 cuando Richard Nixon utilizó el FBI para pagar unos ladrones para entrar ilegalmente y colocar aparatos de escucha en las oficinas del Comité Nacional del Partido Demócrata (DNC). Todos estos escándalos de las llamadas cloacas del Estado son una mala práctica para la democracia

En la España convulsionada por los escándalos de corrupción política y atónita por la incapacidad política del Gobierno del Estado para resolver políticamente la reivindicación independentista de Cataluña, empiezan a ser evidentes signos de un uso extralimitado de algunas instituciones del Estado. Algunos gobernantes quieren ir por un atajo poco democrático para resolver cuestiones estrictamente políticas. Los ejemplos empiezan a ser numerosos. Por ejemplo, uno de los imputados en el caso Púnica, Francisco Granados, había sido acusado de espiar, entre otros, a políticos de su propio partido empleando recursos públicos. Otro caso es la laxitud en el uso de recursos públicos, la facilidad que tiene el diario El Mundo de disponer de informes reservados, o en proceso de elaboración, sacados de las dependencias de las fuerzas de seguridad. Resulta preocupante la fuga de información del Ministerio del Interior español. Otro caso es la concurrencia de determinados periodistas en el registro de la casa de Oleguer Pujol o la supuesta información policial sobre la que se construyó el gran titular contra el alcalde Trias. Todos estos casos son muestra de un uso interesado políticamente de la información gestionada por las fuerzas de seguridad.

La incapacidad de algunos políticos para hacer política ha situado la acción de gobierno en un inmenso lodazal. Hoy por hoy, los partidos de la indignación, de la rabia y de la impotencia parecen recoger ampliamente este estado emocional de los ciudadanos. Si no se pone freno en este estado de la situación, en la primera convocatoria electoral que se produzca en este país algunas fuerzas políticas recogerían esta protesta y otros partidos políticos, de formulación más tradicionales, tendrán importantes bajadas en la confianza ciudadana. No sé si es este horizonte el que disuade a promover elecciones anticipadas, esperando que escampe el temporal, amaine la indignación y las formaciones tradicionales se puedan transformar en una oferta electoral atractiva. Probablemente, es esta expectativa la que explicaría algunos movimientos del arco político de las últimas semanas y las profecías hechas de la reconversión de algunas marcas electorales. Todo está por ver y todo está bastante abierto. Mientras tanto, la ciudadanía ve como sus problemas se eternizan más allá de lo deseable y observan críticamente los juegos de estrategia electoral.

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