¿Cómo el Nobel de Economía #PaulKrugman puede equivocarse tanto?

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El Premio Nobel de Economía y uno de los científicos sociales más populares de nuestro tiempo, Paul Krugman, ha escrito un libro, ¡Acabad ya con esta crisis!, cuyo contenido, sobre todo en el terreno de las soluciones, en algunos aspectos sorprende de una manera terrible, hasta el extremo de que uno pueda llegar a preguntarse cómo un primera espada de la economía puede equivocarse tanto. Lo que acabo de decir puede parecer una pedantería, pero es fácil de demostrar.

Krugman defiende un dato bastante conocido, que la simetría de crecimiento de la Unión Europea, y de competitividad, determina un profundo desequilibrio interno que por la existencia de la moneda única resulta difícil de combatir. Concretamente, en el caso de España, Krugman sostiene que nuestro país no es competitivo porque los salarios son demasiado altos. Esto no es la primera vez que lo dice y tiene una parte importante de razón, aunque, como todo, la verdad iría por barrios, por sectores y por empresas. Pero, donde existe la gran discrepancia es en la solución que brinda: la salida del euro y la devaluación de la moneda, del orden de un 20%, según él, para así recuperar la competitividad sin necesidad de tocar los salarios.

Parece mentira que Krugman no valore las consecuencias de la devaluación, por otra parte un fenómeno bien conocido en la historia económica de España. Automáticamente, se produce un incremento del coste de las importaciones, lo cual se refleja sobre el nivel de vida. Sobre todo, este impacto es muy potente en el terreno de la energía. Pasaríamos a pagar en pesetas lo que ahora pagamos en euros y el petróleo y el gas multiplicarían sus precios. Esto a su vez desencadenaría un efecto cascada sobre el conjunto de los precios por la situación estratégica que posee la energía sobre el global del sistema económico. Adicionalmente y en el caso de España, llovería y mucho sobre mojado, dado que los actuales precios finales están embolsados en parte; ahí hay un grave problema sin resolver y esto afectaría todavía más a la distorsión. El resultado sería un incremento brutal del precio de la energía y todas sus consecuencias derivadas.

Naturalmente, una mayor inflación representaría un deterioro también de los salarios, es decir nominalmente seguirían cobrando lo mismo pero en la práctica valdrían mucho menos, pero habiendo añadido ese animal tan fiero y difícil de domar que es la inflación y la inestabilidad monetaria. También resultaría mucho más cara la deuda contraída con el exterior al pasar de euros a pesetas y, en el mismo sentido, funcionarían las nuevas necesidades de financiación. ¿Cuánto iba a costar encontrar dinero fuera para el Estado español expresado en pesetas? Si ahora ya hay desconfianza, imagínense ustedes si el único aval posible no es una más o menos eficaz esotérica solución de la Unión Europea y del Banco Central Europeo sino solo del propio Estado español.

El segundo error de Krugman es el advertir que la raíz del problema en los países del sur de Europa, es decir Grecia, Irlanda, Portugal, Italia y España, no está en el crecimiento de la deuda pública. Evidentemente, tiene una parte de razón, no está ‘sólo’, pero sí está en la raíz del problema. El argumento falaz de Krugman es el siguiente: muestra un gráfico y señala cómo desde 1999 hasta el 2007 la relación deuda/PIB de estos países fue disminuyendo progresivamente. Por lo tanto, afirma, estos países iban bien, estaban cumpliendo con su papel y el problema no era el endeudamiento. Fue la crisis económica, la burbuja inmobiliaria, que estalló a partir de 2007, la que hizo que se endeudaran de una manera extraordinaria. Pero, en este análisis se olvida de un detalle muy importante, que es lo que realmente cuenta: la relación deuda/PIB de estos países descendió porque en la mayoría de ellos, el caso de España es espectacular, pero también lo es el de Irlanda, el PIB creció muchísimo y por lo tanto el peso relativo disminuyó. Pero, al mismo tiempo que el PIB creció muchísimo también lo hizo el gasto público. ¿Qué sucedió? Que se financiaron con ingresos extraordinarios, los que procedían de la burbuja inmobiliaria, gastos estructurales. Cuando la burbuja estalló, nos encontramos con un Estado dimensionado en torno a unos ingresos extras. Es decir, algo así como si una familia calculara su presupuesto anual de gasto en base a lo que ingresa el mes de diciembre con las pagas dobles de Navidad. Naturalmente, entraría más pronto o más tarde en una situación ruinosa; y esto es lo que ha sucedido claramente con España y con Irlanda. La situación de Grecia es más complicada; la de Portugal no es nada más que coincidencia de la crisis general con la suya particular que arrastra desde hace más de una década; y la de Italia es el reflejo de una deuda muy elevada, si bien controlada en los últimos años, y un estancamiento de su crecimiento.

El análisis de Krugman es por consiguiente radicalmente falso, porque no valora que esta reducción de la deuda era en términos relativos. Pero, el peso muerto seguía ahí y cuando el crecimiento dejó de ser tan extraordinario, como en el caso de España, aquel peso muerto en las alas se notó mucho más. Y, además, el gasto anual del Estado y por lo tanto el déficit que cada año debe financiarse con nuevo endeudamiento creció. La prueba está en el caso español, que en dos años pasó de un superávit del 4% a un déficit del 11%. Es un cambio brutal, y esto es debido fundamentalmente a que la inyección del euro fácil de la burbuja inmobiliaria dejó de existir.

Si he querido reseñar esto es para señalar la complejidad de la crisis y la facilidad con la que teóricos grandes especialistas, como Krugman, se equivocan por una razón muy importante: porque anteponen la ideología, en el sentido marxista del término, el corsé que atrapa y aprisiona las ideas, a su capacidad de análisis profesional.

Krugman es un firme defensor de una serie de medidas propias de los liberales norteamericanos, los progres, y las repiten a machamartillo vengan o no al caso. Esto no significa que la señora Merkel tenga razón en todo. Sin crecimiento y sólo con medidas de reducción del gasto público, sobre todo si se hacen tan mal como se vienen practicando, esto tiene una difícil salida. Pero es evidente que si las administraciones públicas no sitúan su gasto real en términos de aquello que pueden financiarse con sus ingresos estables –para volver al ejemplo de la familia lo que se cobra realmente y no lo que se ingresa el mes de Navidades- tampoco tendremos solución.

Como casi siempre, los problemas complejos no admiten soluciones simples, y esto pone a prueba las capacidades de los gobernantes y los gobernados. Cuanto menos simplistas sean unos y otros, más capacidad tendrán de trabajar unidos para conseguir salir de esta gran recesión.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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