Con el cambio climático enmascaran otras urgencias

El cambio climático, el protocolo de Kyoto, puede servir para enmascarar, difuminar o simplemente hacernos olvidar otros problemas graves, muy graves,…

Forum Libertas

El cambio climático, el protocolo de Kyoto, puede servir para enmascarar, difuminar o simplemente hacernos olvidar otros problemas graves, muy graves, y además urgentes que nos afectan.

No se trata de negar el cambio climático aunque es evidente que hay gente escéptica al menos en tres órdenes distintos:

1) Los que dudan de su existencia;

2) los que lo aceptan pero no lo atribuyen a la acción humana;

3) y aquellos que aceptándolo consideran que sus efectos positivos y negativos serán mucho más balanceados, y que incluso podrá ofrecer nuevas oportunidades.

Este último grupo tiene clara localización en aquellos países donde la suavización climática permitiría poner en valor tierras de ahora imposible cultivo.

Pero también hay otras observaciones en el sentido que el aumento del CO2 atmosférico, que favorece el desarrollo vegetativo, compensa el progresivo oscurecimiento que se va registrando a nivel del suelo como consecuencia de las partículas en suspensión, y que actúa en sentido contrario, haciendo menos efectiva la fotosíntesis que permite el crecimiento de la vida vegetal.

Pero incluso desde la más plena aceptación del cambio climático en sus versiones más ortodoxas, pero vistas desde la perspectiva de nuestro país concreto, que es la única manera de hacer cosas realistas, todo el debate se mueve en los parámetros del largo plazo está evitando así la toma de decisiones inmediatas y urgentes.

Unas relacionadas con la propia naturaleza del problema, sea cual sea su origen, y otras de carácter histórico que nada tienen que ver con él.

Vayamos por estas segundas. Hay una amenaza inmediata y más grave, que daña los recursos naturales de España y sobre todo los de la zona de clima mediterráneo, que se extiende desde la provincia de Barcelona hasta Almería y que penetra en el interior cientos de kilómetros. Esta amenaza se llama erosión.

Este fenómeno, como es sabido, significa la desaparición de la capa de suelo fértil por efecto del viento, de los regadíos y de las aguas torrenciales, Si ésta desaparece, la capacidad del suelo para producir, también lo hace. Es la desertificación.

Más de una tercera parte de España está afectada por este grave problema. Tan grave que los países dotados de sentido práctico que lo detectaron, porque esta es una historia muy vieja, ya adoptaron medidas hace más de medio centenar de año.

Es el caso de EEUU que creó como una de sus primeras agencias estatales la de la lucha contra la erosión. A pesar de ello, está fuera de la agenda de los ecologista de todo tipo y condición, y de las prioridades de los gobiernos autonómicos y, sobre todo, de la señora Cristina Narbona, tan interesada en el cambio climático.

Los recursos que se dedican a esta tarea, que exige muchos, son nulos o marginales. España prácticamente no ha dedicado nada a esto desde que se terminaron, hace muchas décadas, las grandes acciones de reforestación que es una de las medidas, ni mucho menos la única, que contribuye a frenar la erosión.

Este es un desastre largamente anunciado sobre el que nadie parece sentirse responsable, ni tan solo aquellos que se dedican profesionalmente a la preservación del medio natural.

El otro ejemplo de los muchos que podrían incorporarse sí guarda relación con Kyoto. Junto con un debate, que en España a la vista de los resultados es perfectamente ineficaz, sobre la reducción de las emisiones de CO2, existen otras cuestiones que exigen acción ya, y que se refieren a la forma de regular el aumento del régimen torrencial de lluvias que el cambio climático está produciendo.

Ayudado, claro está, por el uso del alquitrán, la urbanización creciente de nuestro suelo, que lo impermeabiliza, la sustitución de árboles frondosos por coníferas, los efectos de colmatación arenosa de los ríos, y un uso inadecuado de abonos que vuelven arcillosos los terrenos.

Todo esto favorece la impermeabilización del suelo, la imposibilidad de infiltrar el agua y la formación de torrenteras con los consiguientes riesgos crecientes de inundaciones.

Este fenómeno, de torrencialidad-impermeabilización-inundación, tiene como elemento complementario la escasez de agua en verano, porque cada vez hay más dificultades para que se produzca la recarga hidrológica de los acuíferos. Cae lluvia, más o menos, pero tiene menor capacidad de infiltrarse y ser conservada. Pese a ello nada se hace y solo emerge la gran obra pública, la generadora de importante negocio en el mejor sentido del término. Grandes, desoladores o polémicos trasvases.

Es vital que otorguemos atención a las otras políticas que nos urgen, porque su carencia castiga y lo hará todavía más en el futuro.

Hazte socio

También te puede gustar