Conflicto y homosexualidad en Oriente Medio

Con una mecánica casi inexorable el Líbano parece avanzar hacia una nueva guerra civil. Con el asesinato de Pierre Gemayel, líder de la Falange Cristi…

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Con una mecánica casi inexorable el Líbano parece avanzar hacia una nueva guerra civil. Con el asesinato de Pierre Gemayel, líder de la Falange Cristiana, mano derecha del primer ministro sunita Fuad Siniora, y ministro de industria, se ha disparado la espoleta de una nueva bomba.

 

Gemayel era el sucesor de una larga dinastía de cristianos libaneses que empieza con su abuelo, del mismo nombre, líder de la independencia del país, fundador de las Falanges libanesas y sobreviviente de diversos atentados.

 

La voluntad de toda esta saga familiar de mantener un Líbano independiente, tanto de Siria como de los intentos de islamizarlo, y, antes, del predominio palestino, está teñida de sangre. El tío de Pierre, Bashir Gemayel, fue elegido presidente y asesinado en 1982. Antes, su bebé, una niña, murió en un atentado dirigido contra él en 1979. En dos años han sido asesinados 15 dirigentes políticos libaneses contrarios a la pretensión siria de dominar el Líbano.

 

Este asesinato político, que demuestra el estilo del régimen de Damasco, se produce en un momento en que los chiítas de Hizbulah no solo se niegan a ser desarmados de acuerdo con el mandato de Naciones Unidas, sino que promueven las movilizaciones en la calle para hacer caer el gobierno de Siniora, que así se ve atacado por dos frentes, el interno y el de la siempre amenazante Siria.

 

Pero, como todo lo que puede complicarse se complica todavía más, el calendario libanés señala que en los próximos meses habrá de escogerse presidente y celebrarse el juicio por el asesinato de Hariri, el carismático líder y primer ministro que expulsó al ejército sirio del país y que también murió en un atentado.

 

Un panorama negro que sitúa a los cristianos una vez más en el centro del huracán con la acostumbrada indiferencia de Europa. Porque la Unión Europea, con Solana a la cabeza, está más dispuesta a manifestarse por la cuestión palestina que por la situación de los cristianos del Líbano; aunque debe ser subrayado, en esta ocasión no es tanto una batalla entre cristianos y musulmanes como entre prosirios, y chiítas contra una mayoría de los sectores cristianos, y sunitas.

 

En este contexto dos datos más de índoles muy distinta se han producido. El primero es el acuerdo entre Bagdad y Damasco restableciendo relaciones diplomáticas después de un cuarto de siglo de ruptura, con el hecho adicional de que Siria acepta con este Tratado la permanencia de tropas extrajeras en Irak mientras su gobierno lo considere necesario, con lo cual manifiesta su conformidad con la presencia de los EEUU. Este acuerdo debería tener alguna traducción en la impermeabilización de la frontera entre ambos países que sigue siendo un coladero para la insurgencia.

 

En el otro lado de la raya, los jueces de Israel, para ser exactos el Tribunal Supremo, han aceptado la inscripción de matrimonios entre personas del mismo sexo.

 

Hay que recordar algunas singularidades del estado de Israel. Este es un país sin Constitución porque nunca fue posible que las fuerzas laicas y las religiosas se pusieran de acuerdo en un único texto. Esta singularidad se manifiesta de muchas maneras.

 

Una, extraordinaria en nuestras coordenadas, es que no existe el matrimonio civil, sólo una autoridad religiosa puede casar a dos personas. Para superar esta limitación, lo que sí se acepta es la inscripción en un registro de matrimonios en el Ministerio del Exterior. De esta manera todos los judíos, que son muchísimos, que han contraído enlaces civiles en otros países pueden registrarlos y obtener el correspondiente reconocimiento y beneficios.

 

Lo que ahora ha determinado el Tribunal es que los homosexuales, que naturalmente se han casado en otros países, concretamente se trata de cinco casos que se unieron en Canadá, puedan ser inscritos. De esta manera el Poder Judicial suple al Poder Legislativo. Pero, en un país donde el hecho religioso tiene tanto peso político como Israel, esta situación ha comportado un conflicto de extraordinarias proporciones.

 

Los partidos ortodoxos que copan una buena parte del Parlamento han acusado al Tribunal Supremo, ni más ni menos, que de sacrilegio y de usurpación de las funciones del Parlamento. Lo más probable es que ahora se produzca una iniciativa legislativa para evitar que la decisión de los jueces prospere; pero el resultado de todo ello será un conflicto que todavía va a dividir más a la sociedad judía, precisamente en uno de los peores momentos de su historia por cuanto dos de sus instituciones fundamentales, el gobierno y el ejército, atraviesan por horas bajas.

 

La capacidad de defensa de Israel pasa no solo por el espíritu de supervivencia sino por una cierta dimensión mística y épica de su sentido como pueblo que va más allá de la actitud religiosa de cada persona. El matrimonio homosexual tiene la virtud de dinamitar el núcleo que genera esta fuerza, la que ha permitido la existencia de Israel.

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