Confusión y Verdad

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Si quiere un libro absolutamente recomendable busque Confusión y Verdad. Raíces históricas de la crisis de la Iglesia en el siglo XX, de Philip Trower, de la editorial el Buey Mudo. Su edición original inglesa es del 2008 y la versión española es reciente, del 2010. Su autor es un conocido periodista y escritor británico, especializado en la Iglesia, que cubrió los cinco Sínodos de los obispos que se desarrollaron en Roma entre 1980 y 1990.

En este libro hay un análisis y diagnóstico exhaustivo de la Iglesia justo antes del Concilio y sobre todo de su evolución post conciliar hasta nuestro tiempo, de sus errores, y de sus causas. Una de las referencias trata sobre el papel de los obispos, o mejor dicho sobre las tendencias que imperan en algunos de ellos. Y hay un tipo que vale la pena reseñar porque aparentemente resultaría de él desde una visión un tanto superficial una figura positiva. Se trata, dice, del obispo que quiere ser amado: “tiene terror de perder su reputación de hombre afectuoso y compasivo, de convertirse en impopular aunque ello sea una exigencia auténtica del amor. Puede que también trate de servir como el político. Si su grey comete apostasía o herejía él procura mantenerla unida diciendo cosas contradictorias, buscando complacer a todos y si el asunto se pone feo se esconde tras la burocracia diocesana. Cuando esto ocurre el pastor está tentado en creer, dado que la gente puede ser persuadida para creer en Dios, para ir a la iglesia los domingos, rezar y cumplir los mandamientos, por lo menos los que prohíben matar y robar, lo más importante de su trabajo ya está hecho. No puede conscientemente dudar de cualquiera de las verdades de la fe, pero éstas poco a poco llegan a parecer un extra que no es absolutamente esencial”.

La cita es larga, pero digna de reflexión. A continuación añade algo que no corresponde ya tanto o sólo a determinados obispos, como a un número nada despreciable de sacerdotes, dice así.

Si predicar la verdad no basta para llenar las iglesias, se pueden sacar tres conclusiones: algo falla en el predicador, algo falla en la asamblea o algo pasa con el mensaje. Como es mucho más fácil cambiar el mensaje que al predicador o la asamblea, el método escogido para la renovación de la Iglesia que resultara atractivo cuando la perspectiva sobrenatural está en declive, será tratar de adaptar el mensaje.”

Esta interpretación ayuda a entender por qué en tantas de nuestras parroquias es tan difícil escuchar una sola palabra sobre aquello que resulta tan importante como es el final de la vida, el juicio y la recompensa, o por el contrario el castigo; una explicación no infantil, no de una catequesis para niños, sino elaborada para una mente adulta. También explicaría por qué los mensajes del Santo Padre, de una calidad incuestionable, nunca aparecen en la homilía dominical, siendo sustituida la mayoría de ocasiones por relatos de escaso nivel, plagados de tautologías y lugares comunes.

El libro, ya se lo hemos dicho, es muy bueno y aunque haya pasado San Jorge se lo recomendamos, vale la pena, porque ayuda entender lo que pasa y por qué pasa.

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