Convergencia Democrática: el abandono consciente del humanismo

Si hoy se pregunta a cualquier ciudadano acerca de qué es Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), la respuesta es uná…

Si hoy se pregunta a cualquier ciudadano acerca de qué es Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), la respuesta es unánime: un partido nacionalista, o independentista. Sin ningún otro apelativo. Sólo 15 o 20 años atrás, la respuesta de que CDC era un “partido nacionalista” hubiera requerido un complemento. Porque, en efecto, siempre se declaró nacionalista catalán, pero, aparte de no ser independentista, su identificación requería añadir una visión social, no sólo territorial o identitaria.

Durante décadas como periodista tuve ocasión de cubrir informativamente a este partido, al que llegue a conocer bastante a fondo, al igual que a sus líderes. Un partido, que, junto con su socio menor, Unió Democrática, ha detentado el gobierno catalán durante la mayor parte de la historia de la Generalitat restaurada con la democracia, bajo las presidencias de Jordi Pujol y de Artur Mas.

Al analizarlo no voy a poner el énfasis en el aspecto nacionalista, ni siquiera en su asunción del independentismo, consciente de que es una apuesta opinable desde una óptica cristiana. Hay muy buenos católicos tanto entre quienes en este proceso político se declaran “independentistas” como entre los que promueven la continuidad en España, a los que algunos denominan “unionistas” aunque no es un término asumido por los afectados. Tampoco se abordarán las encuestas sobre perspectivas electorales, según las cuales hay unánime coincidencia en que la federación CiU, de la que CDC es el bloque principal, sale malparada en beneficio de Esquerra Republicana, que la superaría ampliamente.

Aquí de lo que se trata es de ir a algo más profundo: qué concepto humano, social, incluso visión antropológica, hay detrás de los dirigentes y la militancia de aquel partido.

Muy sucintas referencias a su historia: una parte sustancial de los primeros creadores de Convergencia venían de aquel grupo que tenía por lema y objetivo “Crist – Catalunya” (Cristo – Cataluña), sus líneas de acción se basaban en un sentido humanista con base cristiana en el que una parte muy importante de la iniciativa política surgía de otro lema: “Primer les persones” (primero las personas). Para los temas de conciencia, como leyes sobre aborto o divorcio, el partido daba libertad de voto a sus diputados o senadores, consciente de que había pluralidad en sus filas. Había votantes de uno y otro signo, aunque es justo decir que siempre abundaban más los abortistas que los defensores de la vida, pero el volumen total de unos y otros en el grupo parlamentario se equilibraba parcialmente por el voto de los socios de Unió Democràtica de Catalunya.

El partido era una amalgama en la que quedaban claras las tendencias democristiana, socialdemócrata y liberal, junto a algunos militantes más indeterminados, unidos todos por el nacionalismo, pero sin que este último fuera omnipresente y único argumento.

Desde hace unos cuantos años aquellas vertientes humanistas se han ido diluyendo. El “primero las personas” ni entra en homologación. En los temas polémicos en que es clave el concepto de persona el partido mantiene teóricamente la libertad para sus parlamentarios, pero se da la pequeña casualidad de que siempre y todos votan en bloque. Y, evidentemente, en la forma más opuesta a la que se podría considerar favorable a la Ley Natural o al humanismo cristiano. Todos abortistas, sus juventudes promueven públicamente el desbarajuste sexual más explícito y la eutanasia, el sentido de familia que defiende CDC y sus cargos públicos es tan “amplio” que dejaron de saber lo que es. Y así otras cosas.

En octubre de 2014 han dado una muestra más con la Ley de Derechos de las Personas Gays, Lesbianas, Bisexuales y Transexuales, y para la erradicación de la Homofobia. Una ley que, dígase claramente, no va dirigida a garantizar el respeto a las personas homosexuales, lo que debe darse por supuesto y exigirse siempre, sino de auténtica promoción de la homosexualidad, de privilegios que no se dan a colectivos mucho más marginados y por delante de toda persona heterosexual que puede ser también discriminada. Una ley tan distorsionada que, ante un conflicto por supuesta discriminación, la carga de la prueba se invierte y es el acusado quien debe probar que no ha discriminado. Una ley que pretende, además, amordazar a la opinión pública, al mundo de la educación, a las instituciones religiosas. Alguien que pueda discrepar de la forma de vida de aquellos colectivos y lo exprese puede ser llevado ante los tribunales por haber cometido un delito.

En bloque los diputados de CDC votaron a favor de esta ley. Su socio Unió, aunque tímidamente, al menos se opuso a algunos artículos especialmente flagrantes.

Hasta el propio Artur Mas, presidente del partido, se había comprometido a no tirar adelante algunos puntos de aquella ley cuando personas destacadas se lo explicaron. A la hora de la verdad quedaron en nada sus propias promesas y la ley salió adelante íntegra, con los votos de toda CDC.

Sencillamente, para quienes han perdido aquella visión de quienes fundaron el partido, el sentido humanista, los valores de fondo quedan relegados al baúl de los recuerdos. Ni siquiera vale la pena molestarse por ellos.

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