Corrupción y crisis de valores

Si se cree que no existen el bien y el mal absolutos (como mantiene la asignatura obligatoria ‘Educación para la Ciudadanía’…

Si se cree que no existen el bien y el mal absolutos (como mantiene la asignatura obligatoria ‘Educación para la Ciudadanía’), sino que cada cual puede fabricarse una moral a la carta según sus gustos y apetencias. Si se piensa que ‘el fin justifica los medios’, como practican muchos políticos y partidos políticos, y que si las consecuencias son buenas ya una acción mala, en sí misma, se convertiría en ‘buena’. Si no se cree en un Dios infinitamente misericordioso, pero a la vez infinitamente justo, que en la otra vida premiará o castigará nuestras acciones según sean justas o injustas (y no son raros incluso los eclesiásticos que venden un Dios marioneta que tendría unas tragaderas totales y no castigaría nada, porque se dice que Dios es tan misericordioso que no puede castigar). Si no se cree que el robo es un gran crimen, un gran pecado, que exige para ser perdonado devolver lo robado.

Si no se cree que hay que amar a todos y especialmente al más necesitado, a los más pobres de nuestra sociedad. ¿Qué dique podrá levantarse para impedir que personas sin escrúpulos roben precisamente a los más pobres para engrosar su bolsillo?

Si se creen tamañas aberraciones y no se da cabida a los verdaderos valores ni en la mente ni en el corazón, la corrupción seguirá a toda vela. Eso sí, en medio de la hipocresía farisaica de rasgarse las vestiduras en público cada vez que aflore una corrupción concreta que no pueda negarse, pero prosiguiendo corrompiéndose y corrompiendo con mayor astucia y disimulo.

Y si la sociedad no tiene conciencia de esos valores, que toda persona de buena voluntad acepta, toda la sociedad será cómplice o víctima culpable de la corrupción.

Sin rearmar la conciencia y convertir el corazón, en vano se gritará contra la corrupción, pues de un corazón corrupto sólo pueden salir pensamientos y acciones corruptos.

Y formar a la sociedad, empezando por nuestros niños y jóvenes en los valores de honradez de amor y de santo temor de Dios, será el mayor servicio que podemos hacer a la comunidad que, si no, está condenada a desangrarse moral y económicamente.

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