Corrupción y desconcierto

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Ahora que eclosionan por todas partes casos reales o presuntos de corrupción, ahora que todas las instituciones del Estado parecen afectadas por este mal o por su consecuencia, la falta de credibilidad, hay que decir que lo más grave no es lo que nos está ocurriendo, es decir la evidencia de la corrupción, la claridad con que se demuestra que ésta es una sociedad carente de moral, que genera elites que acentúan esta condición y no porque sean peores que el conjunto del pueblo sino porque están más expuestas a oportunidades y a los focos de la opinión pública. Ahora que todo esto sucede, vale la pena subrayar que lo peor es el desconcierto con el que se asume este hecho.

Más allá del "pim pam pum político" y de echar mano al ventilador, las apelaciones a leyes más estrictas parecen un tanto ingenuas. Para empezar, bastaría con que se cumpliera lo que está ya legislado para que un gran número de estos casos , por no decir todos, no sucedieran. España no tiene un problema de nuevas normas, tiene un problema de cómo cumplir con ellas. Y ésta, hay que decirlo, es una característica propia de este país: una gran facilidad para legislar sin reparar en los medios y en las actitudes necesarias para que lo reglado se lleve a término. Solo hace falta observar los escasos recursos de que dispone el Tribunal de Cuentas, a pesar de sus reiteradas apelaciones al Congreso para que lo dote mejor, para constatarlo.

Pero, si no es en primer término un problema de más normas, ¿dónde está la cuestión? Ahí es donde se produce el desconcierto. Porque lo que sucede es consecuencia de la lógica moral con que funciona esta sociedad. Uno de estos personajes que un sector del país ha encumbrado sin que, debo confesarlo con toda modestia, nunca haya entendido por qué, después de la lectura de sus obras, lo expone con meridiana claridad. Me refiero a Victoria Camps, doctora en filosofía y catedrática de Ética, premio nacional de Ensayo 2012, que en unas recientes declaraciones al periódico La Vanguardia se entretenía en afirmar que la ética "es una sensibilidad". ¡Vaya por Dios, una sensibilidad! Y, ¿cómo se consigue formar esta sensibilidad, cómo la música? Pero, claro, en la música hay gente que odia a Wagner y otra que lo admira. Gente que defiende a capa y espada la clásica y otra que la denigra, ensalzando el jazz o el rock. También hay aquellos que dicen que solo hay dos tipos de música, la buena y la mala. Es decir, hay tantas sensibilidades como personas o al menos como grupos de personas.

¿Cómo construir entonces una ética colectiva sobre algo tan variable? Este es precisamente el problema de nuestra sociedad. Victoria Camps, con el huevo de Colón: se trata de "querer aquello que es bueno y que repugne aquello que es malo". Claro, pero si precisamente la dificultad del marco de referencia de nuestro sistema de valores está en la identificación del bien y la identificación del mal. Si el bien en realidad no existe sino que hay diversas apreciaciones del bien sobre las que el Estado debe ser neutral (Rawls) y que todas estas cuestiones en nuestra democracia liberal solamente pueden ser resueltas a través del procedimiento y el consenso. Es decir, con mecanismos absolutamente ajenos a la conciencia. ¿Así se educa una sensibilidad?

Mas allá de ello, ¿la ética es una sensibilidad? Claro que no. La propia Victoria Camps, cuando se le pregunta qué se necesita, anuncia que es necesaria la voluntad de hacer las cosas bien. Y, ¿cómo se construye esta voluntad? La respuesta viene de muy lejos, tanto como desde Aristóteles, y se engrandeció en Europa de la mano del cristianismo. La respuesta está en la virtud. No en los valores, que son una cuestión externa a uno mismo (de ahí ese extraño concepto pedagógico del "educar en valores"). La virtud es la capacidad práctica de realizar actos buenos y, como he escrito otras veces, un acto bueno solo se define en relación a lo que entendemos que es una vida realizada. Si nuestra sociedad no es capaz de proponer esto, ¿en qué consiste nuestra vida común realizada en el bien para a continuación generar una pedagogía que eduque a los ciudadanos en las virtudes necesarias para ello?. En la práctica, rehacer la crisis moral en la que vivimos se me antoja imposible.

La solución además la tenemos muy a mano: recuperemos nuestra tradición cultural, y no me refiero estrictamente a la española sino a la que ha caracterizado a Europa. Recuperemos nuestras fuentes, recuperemos el desarrollo, recuperemos la cultura cristiana, con independencia de si somos creyentes o no, si somos miembros de la Iglesia o no. Porque la cultura cristiana es la matriz de nuestro acto virtuoso, de nuestra capacidad de identificar la vida buena para la colectividad. No hay otra respuesta que ésta, lo demás son puros discursos en el vacío.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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