Crisis demográfica española. Siempre se olvidan del aborto

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La cifra fue dada a conocer el pasado día 20 de junio por el INE. España había entrado de lleno en la pérdida de población porque las defunciones superaron en 31.000 a los nacimientos. No es ninguna sorpresa, el mismo INE lo había anticipado unos años antes cuando estimó que ambas curvas, natalidad y mortalidad se encontrarían en el 2017. Ha sido peor, porque las defunciones han pegado un subidón. Y no, no es que nos afecte una epidemia imprevista, simplemente que la longevidad pasa factura. Gracias al aumento de la esperanza de vida hay más población que supera los ochenta años y esto tiene consecuencias sobre las defunciones en términos absolutos.

Claro que si hubiera más nacimientos la cosa cambiaria. Pasado el efecto de la inmigración, que hizo aumentar su número en la primera década de este siglo, ahora estamos en una caída continuada. Y sin los inmigrantes sería peor porque las mujeres españolas tienen muy pocos hijos, solo una tasa de 1,25. En esto también se nota la reducción de las católicas practicantes que poseen una fecundidad superior a la media, la misma que las inmigrantes, 1,9 hijos por mujer, una cifra cercana a la tasa de equilibrio de 2,1.  En contrapartida, las mujeres no creyentes no llegan ni a la unidad. Claro que este no es el único motivo, ni el principal, seguramente, pero sí es importante porque en las sociedades católicas el factor de práctica religiosa tiene un impacto positivo en la natalidad.

Las dos causas que los expertos señalan como básicos son la avanzada edad de la madre primeriza que supera cada vez más los 32 años, lo que dificulta mucho el segundo hijo, y las condiciones socioeconómicas: bajos salarios, precariedad, encarecimiento de la vivienda, falta de ayudas a la maternidad y a la descendencia.

Hasta aquí hemos tirado de manual políticamente correcto, que en este caso hay que decir que sirve de poco porque la ideología hegemónica de la perspectiva de género bloquea toda ley que contemple la familia, la maternidad y la descendencia. Mientras hemos entrado ya en el agujero negro que nos condenará a la pobreza.

Si observamos la curva de natalidad de este siglo observaremos que se alcanzó un máximo de nacimientos, más de medio millón, en el 2008 y a partir de esta fecha la tendencia al descenso es constante y regular. De hecho, una recta que uniera en el eje de coordenadas aquella cifra con los nacimientos en 2017 (392.000) definiría con notable exactitud el comportamiento real.  Decrecen aquellos y aumentan las defunciones. La tormenta perfecta. Y después queremos que las pensiones se actualicen de acuerdo con el coste de la vida, lo cual exige más y más impuestos ante una población menguante cada vez más anciana. Al final trabajaremos 10 meses al año para cumplir con todas las obligaciones fiscales.  Es evidente que esto es inviable, pero de momento nadie mueve ficha para que sea distinto.

Dicho todo esto, hay que introducir en la ecuación el aborto.  ¿Por qué?  Pues porque significa uno de cada cuatro nacimientos, una brutalidad. Eso sin conocer los abortos inducidos por la pastilla del día después, que lógicamente amplia la cifra. El número de unidades dispensadas, que parece más un secreto de estado que un dato público, debe situarse en las 70.000. Naturalmente, no todas ni mucho menos generan un aborto, en parte porque la fecundación a pesar del acto no se ha producido, sobre todo en el caso de adolescentes que no conocen bien sus periodos de fertilidad, en parte porque no ha actuado como un abortivo. En cualquier caso, una hipótesis moderada añadiría 10.000 abortos más a la lista de los producidos en el 2017 y se situarían en los cien mil o algo más. Esto significa que una reducción del 33 por ciento sería igual al déficit demográfico producido. No habría caída, y el balance de nacimientos- defunciones, al menos, habría sido neutro. Esa es exactamente la importancia del aborto. El daño que nos ocasiona a todos, a los que están a favor y a los que estamos en contra, es inasumible, inaceptable.

La causa radica en el proyecto ideológico desplegado. De ser un “mal menor”, en el que la mujer podía incurrir en determinados supuestos, lo han convertido en un derecho sagrado para el feminismo y, por consiguiente, incentivado por el estado.

Lo que le pase a España con su población, sus pensiones, su renta y su estado del bienestar se lo habrá ganado a pulso.

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