Cristofobia

Fobia es una palabra que en puridad tiene un doble sentido. Por una parte, señala el temor profundo, tanto que produce reacciones psicosomáticas, como la claustrofobia, para señalar un ejemplo. Pero, existe otro uso que designa un estadio muy distinto, que no excluye el motor del miedo, pero que se manifiesta como odio, rechazo, discriminación del otro. Una de las más extendidas y peligrosas, porque usan la violencia hasta el extremo de matar, es la xenofobia, el odio al extranjero, al que es distinto, o la aporofobia, el rechazo al pobre. Todo este tipo de fobias son, por principio, reprobables, porque niegan la igual dignidad humana, pero en la práctica no es así. Un ejemplo extremo se dio en el 2015 en Cataluña: el gobierno de CiU presidido por Artur Mas se negó a ampliar un proyecto de ley contra la homofobia y otros grupos GLBTI, a todos los grupos sociales que sufren discriminación, la mayoría en una medida mucho mayor y con menos protección, como los inmigrantes, los subsaharianos, los pobres, las discriminaciones laborales específicas por razón de edad, la de las mujeres embarazadas, los gitanos. Precisamente se atendía al grupo más protegido por la legislación vigente, y el más apoyado en recursos económicos – subvenciones- y peso político, y se menospreciaba a los más necesitados de protección. Un solo ejemplo lo dice todo: la Generalitat dispone de un Consejo GLBTI para consultar sus políticas, pero nunca ha existido nada parecido en relación a las familias. Pero que nadie se llame a engaño, miren a su alrededor y verán como en muchos lugares, incluso con mucho menos debate, se ha actuado de igual forma

De todo este tipo de odios al prójimo hay uno grave, extendido y del que está prohibido hablar por la dictadura del pensamiento políticamente correcto. Se trata de la cristofobia. El odio, reprobación virulenta, segregación, censura, marginación de todo lo cristiano.

Esta actitud se muestra de una manera reiterada en determinadas posiciones políticas, por la forma como se trasmite una información. El País trataba en último y sangriento atentado contra los cristianos del Pakistán como si fuera una acción sobre el conjunto de la población y sin citar la referencia explícita de los autores del atentado de actuar específicamente contra los cristianos. Les duele que los cristianos sean víctimas, porque no encaja con su falso relato sobre nosotros. Hoy, el cristianismo, y desde hace mucho tiempo, es la religión más perseguida, con más muertos, encarcelados y refugiados del mundo.

Algunos periodistas se atreven a tratar de este problema en los medios generales, pero son pocos. Pero, lo peor de todo, junto con este mal, es la actitud de demasiados cristianos. Unos prefieren ignorar la existencia de tal fobia, vivir como si no existiera, lo que les obliga a una vida de aceptación y silencio, de disimulo, que posiblemente acabe afectando a su forma de pensar y creer, porque quien no vive como piensa, acaba pensando como vive. Otros son plenamente conscientes de ello y críticos en privado, pero consideran que no hay que decir nada para evitar que crezca. Sostienen que en la sociedad de la comunicación lo mejor es callarse, quieren creer que el vaso medio lleno no será colmado por los fóbicos. ¿Buena fe? ¿Temor profundo y disimulado? Cuantas más responsabilidades se tienen, más frecuente es esta modalidad de renuncia. Después están los afectados por el síndrome de Estocolmo, los “Tío Tom” de la discriminación contra los cristianos, que les dan la razón, siempre encuentran una, a los discriminadores. Es un grupo que se da sobre todo en los “cristianos liberales”, “permisivos” o “progres”, como se quiera, que juzgan a Cristo desde las categorías del mundo. Un cuarto tipo, grande, cristianamente potente, con sentido de pertenencia a la Iglesia, que viven en el confort de sus catacumbas donde todos piensa igual y de espaldas a la sociedad, no parecen oír, ni ver y, por descontado, son mudos.  No comparten lo que sucede, pero consideran que encerrados con su solo juguete, en su parroquia, movimiento, centro, organización, ya lo resolverán. Lo fían todo, y como mucho, al acto aislado e individual, que en un medio tan adverso, o no se produce, o es inoperante. Solo con que estos recordaran que hemos sido llamados a ser levadura, sal y luz, individualmente, pero también como pueblo de Dios, que se olvidan que la oración de Jesús, el Padrenuestro, se refiere al “nosotros” y no al “Yo”, todo empezaría a cambiar.

Si la gran mayoría de los pastores supieran qué decir y, sobre todo, qué hacer, todo sería distinto. Y la verdad es que tampoco resulta tan difícil pensar el que hacer. Basta con meditar sobre cómo los primeros cristianos pasaron de ser una minoría ínfima, despreciada, en un rincón del mundo, a mayoría de la sociedad del Imperio romano, sobre todo, en las ciudades antes de Constantino. Y esa presencia y preponderancia la adquiriríamos de manera pacífica y convivencial, sin usar los recursos de la violencia y la conquista, como utilizo el Islam para crecer.

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