Crónicas berlinesas‘, por Joseph Roth

Uno) «Occidente revela un odio por sí mismo que es extraño y sólo puede ser considerado patológico; Occidente ya no siente amor por sí mismo. En su pr…

Uno) «Occidente revela un odio por sí mismo que es extraño y sólo puede ser considerado patológico; Occidente ya no siente amor por sí mismo. En su propia historia sólo ve lo que es deplorable y destructivo, mientras que no ve lo que es grande y puro».

 

Estas palabras las pronunció hace meses uno de los más importantes intelectuales de cualquier ámbito que ha dado el viejo continente en las últimas décadas, y que falleció recientemente.

 

Por ese motivo, esta crítica pretende ser un homenaje a Oriana Fallaci que, del mismo modo que Joseph Roth, convirtió la suya en una de las escasísimas voces críticas en tiempos de creciente totalitarismo, tiempos que ahora revivimos aunque casi nadie (salvo, como en tantas otras ocasiones, el sucesor de Pedro) ose alzar la voz.

 

Pocos intelectuales europeos contemporáneos se han comprometido con su tradición cultural y espiritual tanto como Fallaci. Vale la pena rescatar algunas de su mejores y últimas palabras, dichas todas sin esas anteojeras ideológicas y morales que impregnan el periodismo occidental en sentido amplio, y que aquí suponen un lastre insalvable para los hijos de la Logse.

 

«Europa ya no es Europa, es Eurabia, una colonia del Islam donde la invasión islámica no viene solo en un sentido físico y cultural», y añade: «el servilismo con los invasores ha envenenado la democracia, con consecuencias obvias para la libertad de pensamiento y para el mismo concepto de libertad». Con dos narices.

 

Resulta evidente, más allá de su público reconocimiento que, a pesar de ser atea, Fallaci sentía los valores del cristianismo como propios, lo cual la convertía en paradigma de la mejor tradición ilustrada. La única, por otra parte, la nuestra.

 

Dos) Sostiene mi abuela que de lo que se come se cría. Es sabido que Europa se nutrió de fanatismo e irracionalidad a principios del siglo pasado. Durante más de una década, una sombra de maléfica ideología, totalitaria y atea, recorrió nuestro continente a modo de irrefrenable vendaval. Se llevó con ella lo mejor que nuestra cultura había parido, los mejores hombres, las mejores ideas. Entre ellos, a los judíos.

 

Y después del vendaval, el páramo. Que el período de entreguerras ha dado un sinfín de apreciables escritores se ha escrito ya infinidad de veces, pero hay algunos entre ellos que, por motivos diversos, merecen una especial atención. Roth se cuenta entre los elegidos.

 

De él nos han llegado con anterioridad algunas obras mayores, pues es también autor de la inolvidable La leyenda del santo bebedor, convertida luego en película por Ermanno Olmi, y la colección de ensayos La filial del infierno en la tierra, ambos editados en El Acantilado.

 

Este volumen recoge una estupenda y muy acertada selección de artículos que Joseph Roth dedicó al Berlín de los años veinte. Advertimos el talento literario de Roth, pero también la lucidez con la que reflejaba los ambientes bizarros de la capital alemana en aquellos años convulsos. «Ninguno le es ajeno, se interesa tanto por los grandes almacenes [imprescindible y premonitorio el titulado “Los grandes almacenes grandes de verdad”], los parques públicos y la naciente industria del espectáculo como por los medios de transporte, los barrios pobres en los que vivían los inmigrantes judíos, los baños turcos y los garitos frecuentados por delincuentes de medio pelo.

 

“Yo dibujo el rostro del tiempo”, afirmó en una ocasión refiriéndose a su cometido como reportero. Nada más cierto: de la lectura de estos textos, en su gran mayoría inéditos en castellano, escritos entre 1920 y 1933, y publicados en distintos periódicos, emerge el poderoso retrato de una metrópoli inquieta y deslumbrante en uno de los momentos más críticos de la historia europea».

 

De esa Europa que se avergüenza de sus orígenes, que reniega de los elementos culturales, religiosos y políticos que la conformaron, la misma que convirtió en proscritos y extravagantes a gente como Joseph Roth y Oriana Fallaci. Recquiestat in pace.

 

Crónicas berlinesas

Joseph Roth

Editorial Minúscula, 2006.

285 páginas

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