¿Cuál es nuestro principal enemigo?

Nosotros mismos, yo mismo, puedo convertirme en mi peor enemigo. En efecto el mayor mal, el pecado, no tiene ninguna rendija por donde penetrar si yo …

Nosotros mismos, yo mismo, puedo convertirme en mi peor enemigo. En efecto el mayor mal, el pecado, no tiene ninguna rendija por donde penetrar si yo -yo mismo- no le franqueo la entrada.

En este sentido, el salmo nos dice que aunque miles de enemigos (exteriores) me rodearan “yo me sentiría confiado”. Y el Evangelio nos exhorta: “Velad y orad para que no caigáis en tentación”: Si velamos –estamos atentos y vigilantes- y pedimos ayuda al Señor, nada verdaderamente malo nos podrá pasar. Podrá venir el viento y la lluvia, la tempestad, pero la casa construida sobre la roca no vacilará, no se hundirá. Y la roca que es el mismo Señor la tendremos como seguro cimiento si oímos su voz y vigilamos y oramos.

Por eso el cristiano que se apoya sobre el fundamento que es el propio Dios no tiene enemigos de carne y hueso, sino hermanos que compadecer por su debilidad que les hace abrir la puerta de su corazón al verdadero enemigo: el mal, el pecado. Por eso los mártires que guardaban heroicamente la puerta santa de su alma rogaban por quienes los mataban.

Pero no debemos pensar que para los mártires no existiera esa lucha que a todos nos desgarra, lucha por mantener nuestra fidelidad en el mar tempestuoso de nuestras inclinaciones bajas. Esa lucha entre el mal y el bien: entre lo que queremos cumplir y aquello que es malo y lo sabemos pero por lo que nuestra naturaleza herida siente inclinación: Nuestra naturaleza maleada tiende a la cobardía, a la comodidad, etc. Ya nos recuerda el Apóstol que es milicia nuestra vida sobre la Tierra. Pero es auténtica y eterna victoria esa victoria sobre la parte de nosotros mismos inclinada al mal, es victoria sobre el enemigo más real.

La construcción de un yo limpio y virtuoso, imposible sin la gracia de Dios, esa es nuestra auténtica victoria con la que construimos un yo nuevo y recreado, con una inocencia recobrada, como si volviéramos a nacer: “Si no os hicierais como niños no entraréis en el Reino de Dios”.

Hazte socio

También te puede gustar

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no se va a publicar. campos obligatorios *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>