Cuestiones sociales y éticas sobre el trabajo

La sociedad irá mejor cuando prescinda de la ley del embudo. Ciertamente, el trabajo en las Administraciones debe regirse por reglas diversas de las laborales, para asegurar independencia y continuidad en el ejercicio de la función pública. Pero sin eximirse de ineludibles garantías, cuyo incumplimiento no se toleraría a un empresario. Si no, se produce la incongruencia de aumentar la flexibilidad en el ámbito administrativo, mientras se atacan maniqueamente ineludibles reformas, como si procedieran de una torva y oscura insolidaridad.

La ética debería preceder y acompañar a la política en el tratamiento del trabajo en un mundo globalizado, con periódicas crisis económicas y una evolución trepidante de las condiciones laborales, en gran parte, consecuencia de la revolución tecnológica de los últimos años.

Algunos aspectos son permanentes, casi endémicos, al menos en ciertos países europeos: el desempleo de los jóvenes. Desde la estricta perspectiva de la eficiencia, no hay salida posible, como tantas veces ha señalado el papa Francisco con términos y enfoques diversos. Lógicamente, sin entrar en soluciones técnicas concretas, pero con un planteamiento exigente de los fines humanos presentes en la vida social de las naciones.

De ahí la necesidad de repensar los problemas. Ciertamente, las nuevas tecnologías arrumban empleos. Pero crean otros, y cada vez son más necesarios –quizá insustituibles- los trabajos personales en la educación, la justicia, la cultura o los servicios de proximidad (guarderías, ayudas a domicilio, diversos apoyos sociales).

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