Curando a los sin techo

Dominique es un médico que desde hace 30 años atiende a personas sin hogar y sin papeles en las afueras de París. Todos los días, conversa un rato con Dios y así obtiene esperanza. Recojo sus experiencias obtenidas de la página: Opus Dei y añado además algunos comentarios.

Dominique realiza su actividad en el albergue que atiende la Cruz Roja; el mismo está abierto toda la semana, 24 horas al día y alberga a 27 hombres.

Hace 30 años, llegó como médico a Melan, estos pacientes sin domicilio supusieron un desafío para él. Comprendió que la gente sin domicilio carecía de cuidados. Este primer albergue se abrió en 1986.

Nos explica, paseando junto a ellos:

  • Este tendría que operarse de caderas pero no quiere que le operen.
  • Este, Tenshin es del Tibet. Llegó a Francia hace un tiempo… y tiene tuberculosis.
  • Este señor tiene problemas psiquiátricos

Durante estos 30 años, el público que viene ha evolucionado. Al principio atendían a vagabundos y ahora son gente sin documentación.

Comenta: “Vivimos en una sociedad de exclusión permanente. Por ejemplo: el nazismo empezó excluyendo a los judíos, a los minusválidos, y después arremetió contra el ser humano en general, sin distinción. Aquí, pasa igual: Se empezó excluyendo a los sin techo, ahora les toca a los sin papeles, a los ancianos, a los discapacitados. Estamos en un procedimiento abrumador de exclusión permanente”.

Nos expresa que no se puede ejercer esta profesión sin una presencia de Dios casi permanente. Hay que pensar en la escena del Evangelio en la que Cristo dice:

  • “Estaba desnudo y me vestisteis”. Ahí estaba Yo, en ellos.

De hecho, en el fondo, cada persona es un Cristo vivo en esta tierra.

Siguiendo con su labor allí y el porqué de su misión, nos  explica yendo a la raíz: La ética de la Iglesia es globalizante:

  • Su razonamiento es el mismo para el aborto provocado, como para la discapacidad, como para la eutanasia, o para los sin techo.
  • La Doctrina de la Iglesia afirma contundentemente que cada uno es una criatura de Dios, sea cual sea su estado, tenga o no tenga documentos…

Y nos sigue contando, adentrándose en su propia interioridad:

Me hice del Opus Dei en 1971. Al volver de Roma, me dije:

  • “Me parece que lo que no funciona es el sistema de la catenaria”.

Es decir, cualquier locomotora eléctrica no puede funcionar si hay una avería en ese chisme que le da energía. Sucede a veces y el tren se inmoviliza.

En nuestra vida ocurre igual:

  • “Está Dios, estoy yo, y hace falta una catenaria. Y esto era la catenaria que yo necesitaba”.

Cuando pasa por delante, entra, a diario, en la iglesia, se para un momento, sin perder mucho tiempo, y deja a los pies de Cristo y de la Virgen todo lo que le preocupa, las conversaciones de ese día que lleva dentro, y reza:

  • ¡Ayudadles! Y ahí, vacía la papelera de su alma.

Para él, La oración es como el gas que calienta la olla donde se cuece la pasta: si baja la llama la pasta sale cruda. Pero a la oración hay que encontrarle su momento. ¡Y eso es harina de otro costal!

En un mundo donde se empieza a trabajar a las nueve de la mañana, y donde acaba a las ocho de la noche, lograr un hueco para la oración, para charlar con el Señor… no es fácil. De vez en cuando, hace lo que puede, con empeño. Nos dice:

  • “A veces le digo al Señor: ¡Después te hablaré!”
  • “Ya ves, este es el trabajo que te puedo ofrecer: ¡Tómalo!”.

A San Josemaría, fundador del Opus Dei, Juan Pablo II le llamó:

  • “El Santo de lo ordinario”, de la vida de cada día.

Es este un médico que vive una vida como la de los demás médicos;  cuida a la gente; y al mismo tiempo intenta transmitirles alegría, esperanza y respeto a la persona; y para esto lucha cada día contra las flaquezas y contra el cansancio:

  • San Josemaría lo expresaba así:
  • “Omnia in bonum! : Todo es para bien”.

En el fondo, fondo, es algo que da esperanza, a veces sin motivo, en aquellos enfermos.

Y Dominique nos cuenta para terminar:

  • Uno va a seguir una cura de desintoxicación, pero no tengo muchas esperanzas:
  • ¡Y aun así confío en Él!
  • Uno se lo cree:
  • ¡No porque intelectual o clínicamente todos los signos sean positivos! ¡Qué va!
  • No hay signos positivos, pero confío en Él, porque en el fondo:
  • ¡Nunca hay que desesperar del hombre!
  • Dios no se desespera nunca con nosotros, por tanto:
  • ¿Por qué desesperarnos nosotros?
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