De esos polvos, estos lodos (y II)

Dejémonos de jugar a ser dioses, estemos atentos, y quizás un día, el día que él reconozca y llore su pecado, te acepte la mano.

Está claro que el tipo de sujeto al que dedico mi anterior artículo no actúa como debería hacerlo en la actualidad, y mirando atrás con lo poco que dice se adivina que tampoco lo ha hecho en el pasado. Huele a podrido. Pero no nos escabullamos de nuestro cometido, pues todos tenemos algo de él, y en casos así de prototípicos, no obstante, no debemos juzgar en absoluto y hay que tender la mano en lo posible, que no en lo imposible. Solo Dios conoce esa alma, mejor incluso que el afectado. No sabemos si hay o no hay pecado, ni hasta dónde llegan sus eximentes de culpa o su debilidad. Si somos apóstoles por unción mesiánica, cierto es que no debemos dejar nunca de anunciar la Buena Nueva ni de poner por obra las obligaciones que comporta, entre ellas clamar las verdades con caridad, no escondiéndolas nunca, ni mucho menos enturbiarlas; pero más aún, debemos ejercer de bálsamo consolador, recordando que el único consolador es Dios, a quien imitamos. La justicia de Dios y especialmente su amor pueden cambiar a esa persona mientras nosotros no pasamos de mediocres. Además, ¿y si resulta que esa persona está enferma?, ¿y si la personalidad que la marcó en su etapa de formación en familia la anuló de por vida?, ¿y si el amor y la fuerza que necesita, Dios quiere darle a través nuestro, de nuestras buenas obras? Procuremos siempre conformar una relación como cliente-jefe-amigo-familia-subordinado que sea enriquecedora para ambas partes, aun siempre reconociendo, respetando y defendiendo nuestro y su lugar, pero tender la mano. Si la acepta, quizás habrás salvado esa alma. Quizás será la única mano que ha conocido en toda su vida. ¿Y si nunca ha podido fiarse de nadie, y ahora, por miedo, no se fía de ti? Si nuestra mano, nuestra buena acción no le llega al corazón ni da el fruto esperado, quizás sea porque no vivimos auténticamente el Evangelio o esa relación. Hay muchos sufrimientos que no salen a la luz por la discreción de los corazones sufrientes, y en muchas ocasiones están enmarañados en una estructura de pecado propio o ajeno a veces culpable que no los deja aflorar ni clarificar, no dando respiro a esa alma, que quizás sea más santa que tú. Aunque no dejan de ser numerosas las veces en que el problema añadido es que el afectado (como al que me refiero en mi artículo) te rechaza la mano y no se deja ayudar, miente y muerde; a menudo por falta de humildad. Pero dejémonos de jugar a ser dioses, estemos atentos, y quizás un día, el día que él reconozca y llore su pecado, te acepte la mano. Y tú tendrás que estar ahí, tenderle tu mano. -¡Con humildad!

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