De Patricia al Ku Klux Klan: la libertad de expresión y sus límites

El asesinato de una mujer a manos de su pareja ligado al programa “El Diario de Patricia” ha abierto un debate sobre la calidad televisiva y, sobre to…

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El asesinato de una mujer a manos de su pareja ligado al programa “El Diario de Patricia” ha abierto un debate sobre la calidad televisiva y, sobre todo, y en el fondo, sobre los límites de la libertad de expresión. En definitiva, sobre si es posible mostrarlo todo, o bien deben existir criterios, mecanismo, exactamente códigos de comportamiento de los medios.

Es, evidentemente, una cuestión delicada porque entre el autocontrol y la autocensura los límites siempre son imprecisos.

Siempre se corta por un punto que tiene algo de arbitrario.

Sucede en otros aspectos por ejemplo en el plano de lo simbólico: quemar la foto del Rey es un delito y también la bandera española, pero esto no es generalizable ni mucho menos a todos los países democráticos. En algunos de tanta tradición como EEUU, donde nunca ha existido una dictadura ni nada que se le pareciera, ninguna de estas dos  acciones están penadas. Existen muchos más ejemplos en este plano.

Los Institutos de la Mujer, dependiente de los gobiernos autonómicos o español, las organizaciones feministas, los grupos homosexuales, practican una censura sistemática de todo aquello que no les gusta. Simplemente lo etiquetan de machista o de homófobo y con esto ya se considera que la argumentación es suficiente.

Ahora mismo se ha intentado impedir la conferencia en una librería de un ex dirigente del Ku Klux Klan y ex senador americano, en razón de un delito que no había cometido todavía -porque la conferencia no había sido dada-, el de incitar a la xenofobia.

Cuando se dice que los cristianos estamos en contra de la libertad de expresión cuando ponemos reparo a hechos tremendos que vulneran las más elementales normas del respeto a lo sagrado, se nos señala como poco amantes de la libertad y la democracia.

Los ejemplos anteriores arrancados de la realidad más cercana, subrayan exactamente todo lo contrario. Como colectivo, los cristianos nos quejamos realmente poco. Aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio es algo que caracteriza a toda una forma de pensamiento de nuestra sociedad que considera que la libertad y la democracia comienzan y terminan en ellos mismos.

La justicia española siempre ha otorgado una especial prioridad a la libertad de expresión y ha sido restrictiva a la hora de considerar sus posibles limitaciones. Viniendo de un régimen donde tal libertad no existía parece razonable, pero después de los años se impone una reflexión.

La aplicación de la libertad debe cumplir los mismos requisitos que el medio que la hace, en parte, posible: la democracia. Por consiguiente y dado que el ser humano es capaz de hacer el mal porque es libre, los mecanismos sociales institucionales deben esforzarse continuamente en encontrar la manera de conseguir una buena sociedad a pesar de que existan personas que actúen mal.

El cómo es precisamente la cuestión que exige esfuerzo cotidiano. Por otra parte, la libertad desde el punto de vista del conjunto de la sociedad solo toma todo su sentido si permite la realización de la virtud, la personal, si uno quiere, pero de manera exigible, la cívica. Y la virtud cívica pasa inexorablemente por el respeto.

Por consiguiente el gobierno, los partidos, las instituciones y, de manera especial, los medios de comunicación deberían actuar de manera que sirvieran a estos dos fines, prescindiendo de si lo que defendían era algo propio de ellos o que solo era valorado por el contrario.

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