Deficiencias de España: algunas enquistadas

Todos los países en su dinámica política, social y económica presentan deficiencias. Por eso la calidad del gobierno de cada país se mide por su capac…

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Todos los países en su dinámica política, social y económica presentan deficiencias. Por eso la calidad del gobierno de cada país se mide por su capacidad de solventarlas, y la de la sociedad civil de promover un buen gobierno.

En España se viene produciendo una acumulación de problemas, de deficiencias, que no solo no encuentran solución con el paso del tiempo, sino que se van agravando.

Algunos son estructurales y de largo recorrido, y afectan a cuestiones centrales para el buen funcionamiento de la sociedad y de la economía. Se trata de la administración de justicia, a la que nos hemos referido en distintas ocasiones, y la sanidad.

Una de las características del gobierno Zapatero ha sido promover medidas que incrementaban de forma exponencial las tareas judiciales.

La ley sobre violencia de género y la sanción penal de determinadas infracciones de circulación, son dos grandes exponentes. El defecto radica en que no se han aportado las medidas necesarias para que los juzgados puedan afrontar esta nueva acumulación de tareas.

Ahora mismo, en España existen más de un cuarto de millón de asuntos pendientes, y el problema es que el stock tiende a crecer porque cada año se resuelven menos casos de los que entran. Es la bola de nieve que está arrasando un pilar del estado de derecho.

La sanidad es otro de estas graves deficiencias. Las transferencias a las comunidades autónomas partieron de una trampa cuyo efecto también se ha acentuado con el tiempo. Se traspasaron con déficit, sin que los mecanismos de financiación autonómica, excepto en el País Vasco y Navarra, permitan afrontarlo.

A esta situación hay que añadirle la llegada de un número extraordinario de inmigrantes, que unido al continuado envejecimiento de la población, está colapsando el sistema público sanitario. Las medidas adoptadas son simplemente hacer trampas para falsear los datos, pero claro esto no ayuda a la salud de los españoles, todo lo contrario.

Desde que una persona visita por primera vez al médico hasta que recibe un tratamiento completo de aquella enfermedad que requiere especialistas o una actuación quirúrgica puede transcurrir en muchísimos casos más de un año.

Se ocultan expedientes, se generan listas de espera “A” y “B”. Mil y una artimañas para presentar unas estadísticas que, aun así, resultan mediocres tirando a malas.

A esta situación hay que añadirle otro pilar fundamental como es la enseñanza y su crisis formidable, profunda, sobre todo en los centros públicos, y en los varones. Nuestro fracaso escolar está enquistado en el 30%.

Un tercio de la población española afrontará su futuro condenado por una desigualdad de entrada de la que difícilmente se recuperará. ¿Dónde para la filosofía de la enseñanza inclusiva? No es necesario hablar por reciente, de la ley sobre la dependencia que ha frustrado la esperanza a tantas personas, por falta de recursos, materiales, humanos y sobre todo económicos, algo que el gobierno sabía desde buen principio.

Si todo esto no se ha enfocado, no digamos resuelto, en un período tan bueno económicamente como el de los últimos cuatro años, y el gobierno se ha puesto a legislar sobre majaderías, o sobre temas que, siendo importantes, eran residuales desde el punto de vista de su impacto sobre la población, si a pesar de ello ha conseguido más de once millones de votos y puede volver a gobernar, dos pesares se instalan en la conciencia.

El primero, es que con la crisis en la que estamos entrando de manera acelerada, las perspectivas de solución de todo ello son todavía peores y más bien pueden acentuarse todas las deficiencias.

El otro es que el gobierno ha demostrado una escasa visión y capacidad para atender las necesidades fundamentales de la población, pero a pesar de ello ha vuelto a ganar.

Y esta es la cuestión, la escasa capacidad de respuesta, de exigencia, que tiene la sociedad española.

Por eso, seguramente, el premio Nobel de economía, Samuelson, reflexionaba en el sentido de que el problema no son los malos gobiernos sino sus votantes.

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