Del amor líquido y sus paradojas (III): El matrimonio

Seguimos apostillando a Zygmunt Bauman y su teoría del amor líquido. Según el analista cultural, el matrimonio, tal y como se con…

Seguimos apostillando a Zygmunt Bauman y su teoría del amor líquido. Según el analista cultural, el matrimonio, tal y como se contempla en la tradición occidental, es una institución demasiado densa para sobrevivir en la modernidad líquida.

La mentalidad del hombre postmoderno es incompatible con la decisión que conlleva la vida conyugal, pero también con cualquier otra que suponga el ejercicio de una opción fundamental y un trabajo de renuncia infinita.

Se comprende que, en estos contextos, la vocación de vida consagrada o la entrega absoluta a una causa que se sitúe más allá del hombre, genere auténtico temor y temblor en el personal.

Uno no se fía de sí mismo, ni de su capacidad para permanecer fiel a las decisiones libremente articuladas. Se teme, como nunca, el vértigo de las posibilidades, el abismo de la auténtica libertad. Se defiende, paradójicamente, la libertad, pero se trata de una libertad líquida, de un puro ejercicio del libre albedrío, de la elección entre dos o más ofertas de consumo inmediato, pero la libertad radical, ésa que abre una zanja en la vida personal, la libertad sólida, se teme como al hambre.

La crisis del matrimonio en las sociedades postmodernas no es una casualidad, ni un paréntesis en la historia, sino un síntoma inequívoco de la modernidad líquida. En el fondo, es una crisis de libertad.

El matrimonio es demasiado sólido para sostenerse en el escenario postmoderno. Da miedo. Causa estupor. Soeren Kierkegaard lo caracterizó como un tipo de vida serio, fundado en el compromiso y en el deber, en la palabra dada y en la fidelidad probada a lo largo del tiempo.

Nada tiene que ver este estadio de vida con la vida frívola y seductora del don Giovanni que busca desesperadamente el mejor néctar de cada flor, pero teme, con igual desesperación, cualquier forma de compromiso. La raíz del matrimonio no está en la sensualidad, tampoco en el sentimiento, sino en la razón.

El matrimonio da miedo, aterroriza a los hipotéticos contrayentes, porque ellos mismos no se sienten capaces de lanzarse al vacío. Tienen que experimentar, con antelación, si son compatibles. Deben vivir juntos, probar, experimentar, conocerse en distintas situaciones, observar si pueden compaginar.

Investigan si sintonizan y, a lo sumo, después de un par de años de convivencia, se lanzan a la piscina del matrimonio. Después del gran festejo y de las deprimentes despedidas de soltería, los temerosos ciudadanos líquidos se casan. Pero nada garantiza la vigencia de tal vínculo, ni siquiera a pesar de los contactos previos.

El número de rupturas matrimoniales que se producen en nuestro entorno cultural es extraordinario y ha crecido cualitativamente en los dos últimos lustros. Ello obedece a muchos factores, tanto de orden económico, como psicológico o político, pero no se puede descartar que en el fondo subyace un tipo de ciudadano líquido que siente los vínculos que forja como algo muy inestable y voluble.

La idea de un compromiso de por vida, más allá de los avatares y de las metamorfosis que se experimentan en ella, es algo que se presenta como titánico para el sujeto postmoderno. Supera su frágil voluntad. Nadie se siente capaz de garantizar sus sentimientos futuros, sus nuevos horizontes profesionales, sus aventuras y aficiones de mañana y, por ello, uno prefiere salvaguardar la libertad individual, la vida ajena a los compromisos de larga duración.

Se teme a los papeles, a los jueces y a los abogados; se teme a llevar a cabo una opción fundamental que determine un antes y un después en la biografía de una persona. Se prefiere dilatar, indefinidamente, la indecisión, la etapa del sueño juvenil, donde todos los horizontes son posibles y nada está cerrado. Se teme a la instalación, a la monotonía, a vivir con fidelidad las propias decisiones.

El compromiso se interpreta como negación de la libertad personal y la vinculación a una sola persona, se experimenta como una condena, como un bochornoso pacto que destruye la creatividad de la vida. Se huye del pasado, se teme el futuro y se vive con intensidad el presente, a sabiendas de que todo es muy voluble y de que nada permanece estático bajo el sol.

En este contexto, proliferan las parejas a tiempo parcial. Aborrecen la idea de compartir la casa y prefieren conservar separadas las viviendas, las cuentas bancarias y los círculos de amigos, y compartir su tiempo y su espacio cuando tienen ganas, pero no en caso contrario.

El viejo estilo del matrimonio “hasta que la muerte nos separe” ha quedado desplazado por la reconocida temporaria cohabitación del tipo “veremos cómo funciona”.

Persisten los símbolos, los ritos y las liturgias de antaño, pero, fundamentalmente, por razones estéticas. Las iglesias embellecen simbólicamente el acto del compromiso, pero tal compromiso sólo tiene una dimensión líquida. Se multiplican los ritos laicos creados a imagen y semejanza de la denostada religión, pero tienen un significado esencialmente icónico.

El ciudadano líquido adora los detalles, el ceremonial, la indumentaria y las convenciones más clásicas, experimenta un revival neogótico, pero no dota a tales celebraciones de significado ético. Los hijos de los hyppies no sienten aversión al templo, ni odian a la familia burguesa como lo experimentaron sus padres. Les agrada todo aquel mundo de palabras y de cirios, pero no tienen el coraje de luchar contra el sistema como sí que hicieron sus padres, cuanto menos, cuando eran jóvenes.

La postmoderna razón líquida ve opresión en los compromisos duraderos. Los vínculos durables despiertan su sospecha de una dependencia paralizante. Esta razón niega su derecho a las ataduras y los lazos, sean espaciales o temporales.

Las ataduras y los lazos vuelven impuras las relaciones humanas, tal y como sucedería con cualquier acto de consumo que proporcione satisfacción instantánea así como el vencimiento instantáneo del objeto consumido.

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