Del palio sagrado al palio laico

Allí donde existe un acuerdo general sobre valores morales y éticos, la religión deviene uno de los elementos integrantes del capital social. Es fuent…

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Allí donde existe un acuerdo general sobre valores morales y éticos, la religión deviene uno de los elementos integrantes del capital social. Es fuente de cohesión y estabilidad en la medida en que es un hecho ampliamente compartido. Algo más profundo que una mera necesidad de respuesta ante la perplejidad intelectual que suscita el cosmos, los misterios de su creación, el miedo a la muerte o las angustias existenciales.

La tradición judeocristiana proporciona una cosmovisión que hace dable el discurso político democrático. Favorece un cuerpo homogéneo de valores compartidos a través de los cuales se pueden afrontar los problemas sociales y la toma de decisiones políticas.

De hecho, la cultura pública se modela a partir de intuiciones sobre cómo es y debería ser nuestra sociedad. Y es aquí donde se incardinan las creencias religiosas. En las monoteístas el ideal de la trascendencia se encarna en un Dios único y exclusivo, portador de un proyecto escatológico salvador, razón por la cual se forjan unas relaciones complejas entre la religión y el poder secular.

Sin embargo, cuando las religiones mayoritarias –algunos las denominan monopolísticas– no satisfacen los deseos y las necesidades de sus miembros potenciales, aparece una oposición procedente de otras confesiones minoritarias o, caso de España y Europa, de un secularismo cuya ideología laicista pugna por el prestigio social y el poder jurídico-político.

Esta tendencia no sólo se da en España. También en Chile, Portugal, Argentina o Brasil –país al que ha acudido en visita pastoral Benedicto XVI–, la tradición religiosa mayoritaria –el catolicismo– se enfrenta a la secularización y al proselitismo evangélico, con el agravante de que es la Iglesia la institución que sigue siendo asociada a regímenes desprestigiados por dictatoriales y antidemocráticos.

Esta asociación –observan Ted G. Jelen y Clyde Wilcox–, «puede minar tanto la autoridad de la Iglesia en materia religiosa como el poder de la religión para convertirse en fuente de legitimidad política.» Con todo, ambos autores señalan que las elites católicas –españolas y sudamericanas– colaboraron positivamente en los procesos de transición democrática. (Véase: Religión y política: una perspectiva comparada, ed. Akal, 2006).

Aquí hemos pasado en tan sólo tres décadas de un modelo basado en el “palio sagrado” –teorizado en su día por Peter L. Berger–, en el que la religión católica era el elemento integrador moral y políticamente, a un modelo pluralista, donde la hegemonía de la Iglesia queda acechada por nuevos competidores que, sin ser mayoritarios, persiguen idéntica proyección pública a través del mismo reconocimiento y autonomía legales.

El problema no es el encuadramiento público de la ideología secularista, sino la validez moral en términos de Justicia y vida buena de algunas de las recetas legales que superimpone hegemónicamente.

Si, como opinan algunos expertos, estamos bajo un “modelo pluralista” democrático, lejos del antaño “palio sagrado”, habrá que convenir que ninguna ideocracia puede investirse de autoridad suficiente para cercenar las esferas morales que permean la convivencia y potencian las instituciones socialmente valiosas.

Lo contrario supondría transformar el vigente modelo pluralista en un nuevo “palio”… pero unívocamente “laico”.

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