Democracia de baja intensidad

Los estudiosos afirman que el sistema democrático puede funcionar a la perfección sin necesidad de demócratas o de actitudes democráticas.  En España,…

Los estudiosos afirman que el sistema democrático puede funcionar a la perfección sin necesidad de demócratas o de actitudes democráticas.
 
En España, donde tanto nos está costando asumir íntegramente la mentalidad democrática, se ha dado a mi juicio un hecho muy sintomático de déficit democrático: el nombramiento de Magdalena Álvarez como ministra de Fomento en el segundo mandato del gobierno Zapatero.
Recordemos que se trata de una ministra reprobada por el Parlamento de Cataluña y por el Senado en la anterior legislatura, estando al borde de dicha reprobación en el Congreso de los Diputados.
 
Frente a esos acuerdos parlamentarios, la ministra, con un tono arrogante, iba respondiendo que a ella sólo podía cesarla el presidente del Gobierno, quien la había nombrado. Incluso, en un ejercicio de confusión mental realmente delirante, iba pidiendo respeto. ¡Como si fuese una cuestión personal!
Ante la crisis de cercanías en Cataluña, y los problemas de la llegada del AVE a Barcelona, dicha ministra fue recibida al final de la anterior legislatura por segundos cargos del tripartito catalán, ya que los primeros no querían aparecer junto a ella en inauguraciones de obras públicas. En cambio, con la llegada del AVE a su Málaga natal, los más altos cargos del gobierno central y del regional andaluz la alabaron como una gran política y una gran mujer.
 
Sin embargo, el desdén a Cataluña no impidió el gran triunfo del PSC en dicha Comunidad Autónoma en las recientes elecciones generales, con 25 diputados, y un voto popular como nunca se había cosechado en la historia democrática de nuestro país.
 
El granero de votos catalán fue la curiosa respuesta a los despropósitos de la gestión de la ínclita ministra. Una vez digeridos los resultados electorales en toda España, el peso del PSOE andaluz, igualmente triunfante, se ha notado en el nuevo gobierno, con la continuación en el cargo de la ministra Álvarez.
La realidad es que nadie asumió en su momento la responsabilidad política por el caos generado en materia de movilidad en el área metropolitana de Barcelona, y frente a la reprobación recibida en sede parlamentaria, la ministra bien arropada por las estructuras del partido, más bien apareció como una víctima propiciatoria de la coyuntura política. Una coyuntura molesta, que parece haberse subsanado por vía electoral, por medio del triunfo socialista.
 
 Esta lectura, que seguramente es la que realizan muchos de los instalados en el optimismo y en los argumentos simplones, me recuerda a aquella situación que ya había ocurrido en el tripartito catalán, cuando Maragall echó literalmente a ERC de su gobierno, para recuperarla Montilla después de las elecciones. Éstas se presentan como un acto de novación, de cambio de chip, en el que la memoria histórica del pasado más reciente se ignora por completo.
Lo que me llama más la atención de todo el asunto del nuevo nombramiento de la ministra Álvarez no es sólo la falta de respeto a las instituciones democráticas representativas, sino la desfachatez de entender la democracia como un juego entre partidos, en la que los ciudadanos no pintamos nada.
 
Bueno algunos sí, los que dominados por el miedo otorgan su voto a opciones políticas que les gobiernan mal, para que les sigan gobernando. Digo que les gobiernan mal, en el sentido literal del término, porque no creo que nadie en su sano juicio pueda afirmar que la gestión de la llegada del tren de alta velocidad a Barcelona fuera un dechado de buena gestión.
La democracia representativa es un sistema político basado en parámetros racionales, donde gobierna la mayoría pero no de forma abusiva sino respetando el pluralismo y el estatus de la oposición. El estándar democrático puede funcionar por medio de elecciones periódicas, y un sistema de partidos que cubre o pacta la ocupación de cargos públicos.
 
Sin embargo, puede limitarse a un sistema político en el que los ciudadanos no hace falta que sean demócratas, ni respeten a los que no piensen como ellos, o desvaloren las instituciones. El trágala del nombramiento renovado de la ministra de Fomento es a mi juicio un mal ejemplo de conducta democrática, porque falla la ética pública, el respeto a las instituciones y a los ciudadanos agraviados por la mala gestión, y sobre todo es una muestra de un planteamiento chulesco de la vida política, incompatible con las actitudes propias de quien dice ser demócrata.
 
Es un nombramiento “de partido” por encima de los intereses de los ciudadanos y del respeto que se les debe, por exigencias de la mentalidad democrática.
 
Esta comporta que quien ofende debe cesar, porque a los afectados por el caos barcelonés de cercanías de RENFE nadie les ha pedido perdón por las ofensas recibidas. Al revés, como en un despropósito, les han plantificado “más de lo mismo”. En el caso que comentamos, como en tantos otros de la vida, no hay ética sin estética. Ante casos como el que hemos comentado, no me extraña que la política tenga cada día más descrédito.

Hazte socio

También te puede gustar

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no se va a publicar. campos obligatorios *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>