Democracia: no bastan las urnas

El fundamento de la democracia es el respeto de las minorías y de las personas

En la crisis catalana todos tienen sus razones. Y todos sus culpas, aunque nadie las reconoce: ni quienes han centrado su proyecto de España sobre concentrar todo en la capital, ni quienes han usado la educación y la cultura para un proyecto ideológico en Catalunya.

Es interesante notar como todos apelan a la democracia, como si fuera el gran valor que lo justifica todo. Pero la democracia no es un valor, es un método, una regla de juego cuya legitimidad últimamente se basa en algo que sí es un valor: la persona y sus derechos. Y por tanto las minorías, todas las minorías. Una democracia que no respete a sus minorías no es verdadera, y este respeto real es la prueba más clara de su calidad. Aquí ni España ha respetado Catalunya en su modelo de desarrollo centralista, ni Catalunya ha respetado a los hispano-parlantes, pretendiendo imponer una visión única del hecho catalán. No se construye ninguna convivencia con el 51% de los votos si sirve para chafar a los otros porque son menos. Votar es necesario, pero no suficiente para que haya democracia. La verdad no la deciden las mayorías.

Hay muchas personas en Catalunya hartas del centralismo de Madrid: no los apruebo, pero entiendo que estén cansados, hasta exasperados. Pero también hay muchos otros hartos de la imposición de un catalanismo excluyente a nivel educativo, social, cultural y político, que traiciona la mejor tradición catalana. El objetivo de independizarse de España puede ser legítimo, pero es irreal, romántico. Y además, parcial.

El independentismo ya ha perdido; queda por ver qué precio deberá pagar Catalunya por ello. Sus gobernantes se han lanzado en una aventura temeraria, fuertes en su mayoría de escaños, pero no de votos (¿no eran unas elecciones plebiscitarias?). Han pisado su propio Estatut y el mismo reglamento del Parlament; hasta pretenden dar validez “legal” a un referéndum que ninguna persona sensata puede aceptar, por las condiciones en que se ha celebrado. Pero cuanta hipocresía de quienes denuncian esto solo por propaganda: ¿si hubiera sido un referéndum en condiciones, si hubiera votado el 80% de la gente y con un 90% de sí, acaso lo hubieran aceptado? Claro que no. Como ha ocurrido en el Kurdistán, tema censurado porque no interesa a los poderosos. El independentismo ha perdido por dos razones: la economía y Europa. Han adoctrinado a los jóvenes, pero no les ha sido tan fácil adoctrinar al capital, ni a las empresas, ni al dinero de sus propios ciudadanos. Y no tiene apoyo internacional. Europa no hará nada, ni aunque entren los tanques por la Diagonal. Ya es bastante débil. Punto.

No sé si España ha ganado: aquí en Catalunya ha crecido el hastío en mucha gente, en algunos el odio hacía lo español. Heridas que cuesta cicatrizar. Mejor dicho, se trata de ver qué España ganará: si el españolismo o la españolidad. Si las ganas de venganza -de aplastar al contrario- que han caracterizado a tantos partidos, manipulando la información (tengo muchos amigos de Madrid que les cuesta entender lo que pasa, porque los medios de la capital son instrumentos de propaganda) y siguiendo un proyecto centralista que privilegia la capital. Algún día se darán cuenta también las regiones subsidiadas por este asistencialismo que si esta ayuda no forma parte de un plan de desarrollo integral, sólo contribuye a prorrogar su dependencia. O si vencerá la españolidad, la de tanta gente que quisiera una solución justa, dispuesta a reconocer los errores, sobre todo que ama a España más que su centralismo y su interés. Que los hay. Claro que es difícil reconocer el centralismo desde el centro; desde la cumbre de una montaña ves el panorama precioso, los ríos y los valles; pero ves muy poco de la montaña donde estas instalado. Y, ¡es tan bonito! Entiendo que les cueste bajar.

Expreso mi solidaridad a todos los maltratados: a la gente de a pié (hasta una viejecita liándose a mamporros con un antidisturbios perfectamente equipado); pero también a los guardias civiles acosados, si han hecho su trabajo sin pasarse y sin odio (creo que han hecho más daño ciertas miradas que las porras).

Como ciudadano de Europa, miro lo que ocurre como el choque de dos nacionalismos: podemos discutir quien es el más malo (yo le tengo más miedo a la CUP por mis derechos), o quien ha empezado antes (el egoísmo de la capital). Se reparten las culpas. Quien tiene más poder tiene más culpa.

Como cristiano me alegro de que la Iglesia haya tenido un perfil conciliador. Aunque no siempre ha sido así. Se ha prestado demasiadas veces a sostener visiones parciales. Alguien ha amado más su bandera, su proyecto, su patria que a Cristo en la carne de su hermano. Algunos programas de la COPE y de 13TV a veces me han hecho sentir vergüenza por su tendenciosidad maniquea, pero no por ello dejaré de sostener la única Iglesia de Cristo. Esto es una ocasión de vivir todo con más fe y esperanza, porque esto no lo arreglamos nosotros. Hay que rezar.

No será fácil pasar página: es verdad que se ha infringido la ley, pero también que esta ley demasiadas veces se ha demostrado partidista. El uso instrumental de la justicia (ley Botín, ley anti-escraches, nombramiento de los magistrados del TC según su color político, fiscal de Estado que hace de fiscal de un partido,…) debe ser corregida cuanto antes. Hay que favorecer una lectura más abierta de la Constitución. Ahora, ¿Cómo se para la “justicia”? ¿Arrestarán a Trapero, Puigdemont, Junqueras? ¿Se limitaran a castigar a Omnium y ANC? ¿Pondrán fuera de la ley a los partidos independentistas, como propone alguien con evidentes simpatías por el fascismo?

Rajoy acusa al gobierno catalán de deslealtad; desde su punto de vista tiene razón. Aunque como presidente del partido que tantas veces ha cabalgado el anti catalanismo para sacar tajada electoral, debería hacer un examen de conciencia por esta situación (las inversiones públicas en España han bajado un 36% con la crisis; en Catalunya un 57%). Él ha traicionado su programa electoral y a sus electores con la promesa de derogar la ley del aborto: no tiene derecho a hablar de lealtad.

Nos queda una España donde el Rey ha demostrado que no quiere ser el rey de todos: no por lo que ha dicho, que ha estado correcto, sino por lo que no ha dicho. Ni una palabra por las personas maltratadas por la policía; ni por los que prefieren una república. Y sobre todo por su mirada, dura; una mirada de jefe militar, más que de rey.

¿Y si el contencioso más que entre España y Catalunya fuera más entre Madrid y Barcelona? ¿Y si alguien propusiera nombrar Barcelona co-capital de España, pasando a Barcelona aquí 3-4 ministerios? Si de verdad lo de 1714 no fue una conquista, sería una forma de buscar una unidad más profunda. Claro que si buscamos la paz y no una componenda provisional, también  habría que cambiar la educación en Catalunya, de otro modo se cerrará la crisis en falso. Y en unos años se repetirá (sobre todo si el españolismo quiere ganar por goleada). ¿Qué es difícil que renuncien a algo? Tampoco es mejor alternativa que chafen a Cataluña y esto no hará más que enquistarse. Servirían de poco nuevas  elecciones, quizás inevitables, porque los resultados probablemente serán parecidos. No basta, no sirve el 51%  de nadie: hace falta un replanteamiento, una nueva concordia. Soy totalmente crítico con los socialistas, pero estos días no puedo más que alabar a Manuel  Iceta, de las pocas voces equilibradas y sensatas en el Parlament, que busca de manera realista un entendimiento.

Valoro aún más el valor de un encuentro como PuntBCN, que puso como lema el mayo pasado: “El diálogo es la relación con el otro, sea quien sea, sea como sea”. Ojalá se cumpla.

Mi madre era catalana; y la mayoría de mis hijos y nietos han nacido en Catalunya. Tengo hijos en un bando y en el otro. Mi esposa es de Aragón. ¿Debo elegir? No, gracias. Claro que no se puede gustar a todos: pero hay que intentar entender las razones de todos. Y se puede siempre amar a todos.

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