Demos un alma a Europa

Hoy el proyecto colectivo de Europa se halla en crisis. Se encuentra sometido a desafección creciente y a divisiones profundas entre paí…

Hoy el proyecto colectivo de Europa se halla en crisis. Se encuentra sometido a desafección creciente y a divisiones profundas entre países deudores y acreedores, entre el norte y el sur, donde aflora también dentro de cada estado la división social entre parados y gente con trabajo; entre fijos y precarios; entre privilegiados fiscales atados a los grandes ingresos y los sometidos a unos impuestos que obligan a trabajar medio año para el conjunto de los poderes públicos.

El camino de la Unión Europea ha sido positivo, pero insuficiente. La construcción de Europa desde la Segunda Guerra Mundial fue fruto de un amplio pacto. Un modelo político en el que la dignidad de la persona ha sido la fuente primera del ordenamiento jurídico, que respeta las libertades (de creencias, asociación, pensamiento, expresión y movimientos), pero, a la vez, tiene exigencias de equidad para todos los ciudadanos, evitando la caída en las grandes desigualdades que hay en tantas áreas del mundo.

No hay paz sin justicia. La Europa social es fuente de paz, mientras haya justicia en su seno, pero la Europa social todavía necesita más: una política a favor de la natalidad, con políticas favorables a la vida y a la familia, que evite que Europa se convierta en uno grande geriátrico; una política de acogida e integración de los inmigrantes; trascender representatividades políticas lejanas, de segundo y tercer grado, y de la burocracia despersonalizadora, y recuperar la práctica del principio de subsidiariedad y de participación de los ciudadanos, en un marco de competencias entre instancias mucho mejor definido.

¿Cómo puede haber una política europea, si ni siquiera hay partidos políticos realmente europeos y lo que se nos presenta como tales son una desvinculada articulación de partidos estatales, aunque las decisiones de la Comisión y el Parlamento cada vez nos afectan más? Sin embargo, resulta que las elecciones al Europarlamento se usan para todo menos para reconstruir el proyecto europeo. Todo hace que la idea europeísta esté lejos de los problemas reales de la ciudadanía.

¿Cómo hemos pasado de la Europa de la moral colectiva de la reconstrucción después de 1945, de la redistribución de la riqueza, y de la economía social de mercado y el estado del bienestar, a la Europa à bout de souffle, la Europa jadeante en que hoy vivimos?

Hay que rehacer el camino. Europa necesita recuperar su propósito: no puede ser fundamentalmente un espacio mal diseñado de moneda única, ni un apéndice de la OTAN y de las políticas de EE.UU. Rusia no es nuestro enemigo, sino una gran cultura y sociedad con la cual urgentemente hay que construir puentes de comprensión mutua y trabajo en común, pues también ellos son, sin duda alguna, Europa.

Los firmantes de este artículo defendemos seguir y profundizar en la orientación de los padres fundadores, pero con su esencia, no sólo con el pragmatismo derivado del ordenamiento jurídico y la regulación económica, sino también al servicio de una misión común, un proyecto moral.

El proyecto moral europeo de los años cincuenta pasaba por la reconciliación y la cooperación, por la libertad, la paz, la solidaridad y la democracia. Su ambición iba más allá de lo que hoy representa la Unión Europea, con la integración económica aún parcial y la moneda única; con Schengen y las complejas directivas e instituciones de gobernanza europea.

Jacques Delors, cuando era comisario europeo, impulsó un programa titulado Donner une âme a l’Europe, que precisamente intentaba superar la visión de una Unión Europea sólo asentada en regulaciones jurídicas y económicas, y reivindicaba la dimensión moral del proyecto europeo.

¿Es posible este camino? ¿La historia europea de los últimos dos mil años ¿puede fundamentar una moral, una ética que ilumine la construcción jurídica y económica y le dé consistencia suficiente para integrar los sentimientos patrióticos nacionales?

La historia europea, con lo mejor y lo peor, ¿puede ayudarnos a identificar el rumbo futuro de nuestro continente? ¿Es posible buscar el sustrato compartido con una relectura y un reencuentro de los idearios, las ideologías y las religiones que se han encontrado durante todos estos siglos?

El proyecto moral europeo también pasa por asentar de manera crítica las bases de su identidad. Esta identidad europea no es posible sin una relectura a fondo de sus raíces y motivaciones, que dan sentido a la Comunidad Europea. Las raíces de Europa, su fundamento judeocristiano, grecorromano y moderno, forman un conjunto que se ha ido construyendo históricamente.

La identidad de Europa es, para decirlo a la manera de Paul Ricoeur, narrativa, una construcción histórica hecha de varios sedimentos que hacen de este un lugar singular en el mundo. Una identidad que, sin querer borrar las pertenencias históricas colectivas, ofrezca un conjunto de valores, de sentidos y sentimientos que una en un cierto latido común a los centenares de millones de ciudadanos que la configuran. Una identidad que favorezca la identificación de los europeos con una comunidad de valores.

La Unión Europea se puede convertir también en esta comunidad de valores con una identidad compartida. En este proceso, queremos manifestar la relevancia del cristianismo como uno de los ejes que han elaborado el tronco común de la identidad europea, desde una perspectiva no exclusivamente confesional, sino impulsor de valores éticos y culturales sobre el sentido de la vida, el concepto del bien, la justicia, especialmente la justicia social y la solidaridad, que pueden ser compartidos en la práctica, aunque no se comparta su fundamentación metafísica. A pesar de reconocer, en demasiadas etapas de la historia, abusos de poder, ahogarlo es renunciar a la misma alma del continente.

En un mundo cada vez más global y multipolar, a Europa le hace falta un liderazgo moral que tenga fuerza y consenso, que sea un digno representante de lo que tendría que ser. Y este liderazgo sólo es posible si hay un sujeto europeo capaz de ejercerlo, una Europa presente en el mundo y que pueda frenar la extensión de un neoliberalismo global que causa estragos e injusticias sociales.

El alma de Europa y su proyecto moral estarán formados por los mejores intangibles que la han hecho un ámbito estable y digno para vivir, un lugar caracterizado por la libertad y la equidad, por un estado social atento a los vulnerables, por la convivencia de culturas y religiones. Un proyecto que tendría que ser más fuerte y menos burocrático, más democrático y transparente, más asentado en nuestras raíces culturales, históricas, religiosas y, finalmente, más emprendedor, culturalmente fuerte y austero.

Josep Maria Carbonell Abelló

Josep Mª Cullell

Eugenio Gay Montalvo

David Jou

Josep Miró i Ardèvol

Jordi Lopez Camps

Francesc Torralba

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