Desde Aristóteles, una reflexión sobre el aborto

Aristóteles es decisivo por dos razones fundamentales. La primera, porque tanto leído directamente como a través de quienes han r…

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Aristóteles es decisivo por dos razones fundamentales. La primera, porque tanto leído directamente como a través de quienes han recogido el legado y lo han transformado a lo largo del tiempo, empezando por la obra magna de Santo Tomás, constituyen un componente indisociable de nuestra civilización. También porque la filosofía aristotélica en sí misma era, en buena medida y en muchos aspectos, una elaboración de ideas que los pensadores precedentes a este gran filósofo habían formulado. De esta manera, el legado atraviesa toda una historia que abarca más de 2.500 años. Es parte de la gran herencia de nuestra sociedad occidental.

En Aristóteles una cuestión que cobra suma importancia es la de la naturaleza, su significado y su realidad. A ello, el estagirita otorgó una gran atención, tanto en sus obras Física como en Metafísica. La quintaesencia de su idea de naturaleza puede ser ésta: “un principio causa del movimiento y el reposo en aquello en lo que se da primeramente por sí y no por accidente”. El ‘movimiento’ significa cambio y la naturaleza es, en este sentido, un principio y causa de cambio. Es una causa intrínseca y por sí misma la que causa el cambio. Y es la razón de que cada cosa, de que cada ser, se realice de acuerdo con su propio proceso de transformación. Asimismo, según Aristóteles, la materia de cada cosa es su naturaleza, pero con más razón lo es también su forma. La materia y la forma, la naturaleza y la forma, son los elementos constitutivos, esencialmente dinámicos y en transformación.

Este breve preludio, que es un tanto abstracto, tiene un gran significado en el caso del ser humano. El ser humano, su naturaleza, es por definición cambio. Su vida es evolución a lo largo de toda su existencia, y esta vida se caracteriza por la materia y por su forma. La vida material del ser humano tiene un origen preciso en el momento de la concepción. A partir de ahí, librada su propia dinámica, el ser humano, que ya lo es en toda su naturaleza material, lo que simplemente hace es evolucionar, cambiar. Primero en el seno de la madre y después de manera autónoma, aunque en ocasiones tal autonomía no se alcanza nunca, hasta volver al final de su vida y en la mayoría de ocasiones a una fase de dependencia que puede llegar a ser absoluta. A pesar de ello, el ser humano lo es, tiene esta naturaleza en todo el proceso. Su dependencia no altera su naturaleza humana. Negarlo es negar la evidencia de lo que es natural, es enfrentarse al sentido, a la dinámica que marca la naturaleza.

Nuestra sociedad es la primera que con el aborto masivo se ha enfrentado de una manera total y absoluta a esta cuestión de la naturaleza humana y la hecho trizas. Es evidente que el aborto ha existido en otras épocas, pero nunca ha alcanzado una aplicación tan grande y sistemática, tanto que ha dado lugar a un emporio económico y constituye un proyecto cultural, una bandera política. Ésta es la singularidad de nuestro tiempo, y es terrible. Evidentemente lo es por los seres humanos, que no pueden alcanzar todo su desarrollo al que tienen derecho por su propia naturaleza, pero también lo es porque consagra dos principios de ruptura moral que pueden hundir a cualquier civilización, y sobre todo a la nuestra que ha funcionado en la práctica en base a aquel implícito moral aristotélico, reelaborado por el cristianismo, que lo completa, perfecciona y extiende pero no necesita de él, ni tan solo de la creencia religiosa para ser razonado.

El primero de estos principios es que puede cometerse masivamente un daño grave cuando no se ve. En realidad, la facilidad para manejar el aborto como discurso radica en que es algo oculto y esto se percibe claramente por la censura real que existe para dar a conocer cómo es y cuáles son sus efectos sobre los no nacidos.

La segunda y decisiva cuestión que genera el aborto como componente cultural es que la conveniencia del fuerte es mucho más determinante que la necesidad del débil. La conveniencia de la madre, sea ésta por causas mayores o menores, es decisiva en relación a la necesidad de seguir la vida del no concebido. En otros términos, un bien constitutivo necesario, el valor por antonomasia de la vida, queda supeditado a otros bienes menores, que pueden ser más o menos importantes, pero que no alcanzan ni de lejos la condición de necesario, excepto cuando es la vida de los dos, madre e hijo, la que está en juego.

Estos dos conceptos que genera la práctica masiva del aborto constituyen una contradicción inasimilable con lo que establece nuestra sociedad en su relato general. Todo esto determina una gran hipocresía, pero sobre todo entraña una progresiva destrucción, una implosión, de lo que son los mecanismos y cimientos sobre los que actuamos como sociedad civilizada, porque son el cimiento del desorden moral que se ha apoderado de esta sociedad. ¿O es que acaso las raíces de la crisis económica, de naturaleza moral, no se fundamentan en aquellas dos rupturas? Si no se ve no hay ‘pecado’, hasta que la burbuja del endeudamiento estalló. La conveniencia del fuerte, del muy rico, del poderoso, se impone a la necesidad del débil, el pobre, el que es despedido, o tiene un trabajo basura. Y así podríamos continuar examinando otros problemas concretos de nuestra sociedad, bajo el mismo esquema, que rige nuestro -mejor dicho, ¿para que ser complacientes?–, su suicida desorden moral.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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