Desde Navarra hasta Ratzinger

No me ganó por su mirada impecable, sino por esas ojeras que sólo tiene el que sufre con los que sufren. No me ganó por su sonrisa de anuncio, sino po…

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No me ganó por su mirada impecable, sino por esas ojeras que sólo tiene el que sufre con los que sufren. No me ganó por su sonrisa de anuncio, sino por ese gesto pillo, tímido. No me ganó por su sudor, sino por la alegría que desprendía por todos sus poros. No me ganó por su acento afectado, sino por esa voz pausada y bondadosa, en la que la pronunciación no es tan importante. No me ganó por sus elocuentes discursos, sino por la miga de cada una de sus humildes palabras.

Lo vi a menos de un metro de mí, me sonrió, me saludó, escuché sus palabras. Porque no estoy hablando de cierto representante incompetente e innombrable cuyo apellido empieza por "z", sino de Benedicto XVI. Porque nada es comparable a que haya estado en Valencia compartiendo el dolor de tantas familias, ni a que hayamos estado en Valencia tantas bellas personas escuchando sus bellas palabras.

"El ser humano sólo se realiza plenamente a sí mismo cuando hace entrega sincera de sí a los demás y la familia es el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir amor", "nada puede suplir totalmente a la familia", nos decía. O esto: "la educación cristiana es educación de la libertad y para la libertad".

Todas aquellas familias, durmiendo en el suelo, veinteañeros como yo, padres cargando carritos y mochilas abultadísimas, madres embarazadas dando de comer a sus otros hijos, nos sentíamos agotados físicamente pero más libres que nunca. Benedicto nos ha puesto las pilas y pasaremos a la acción.

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