Desigualdad y empleo escaso: la dinámica de la sociedad desvinculada (II)

Si en mi texto anterior situé el problema de la desigualdad y la progresiva reducción del trabajo en el marco de la cultura de la desvinculación que nos domina y su estadio superior, la ideología Gender, es ahora el momento de abordar su dimensión específicamente económica.

La dinámica que nos está dañando socialmente tiene tres componentes distintas: la desigualdad, la pobreza que no puede confundirse con la anterior, y la destrucción del trabajo y de la pérdida de calidad de las condiciones en que se realiza, comenzando por el salario y la estabilidad.

El proceso de la desigualdad entendido como lo formula Pikkety, en términos de un crecimiento superior del capital o de los ingresos top en relación con la media, es decir, al crecimiento del PIB, lleva ya bastantes años a la espalda, más o menos desde la década de los ochenta del siglo pasado. Después, la crisis ha acentuado el problema, añadiendo otro efecto socialmente más destructivo, la reducción de las clases medias. En el conjunto del mundo la clase media se ha reducido del 36,6% al 32,2%. En Europa la disminución todavía ha sido mayor, del 47,2% al 40,6%.  Además, y en el caso español se ha producido la caída de las rentas inferiores. De ahí surge el crecimiento de la pobreza, aunque una trampa estadística puede disimularlo. Como el límite del umbral de la pobreza relativa o riesgo de pobreza, es un porcentaje de la renta sobre el PIB, el 60% de la media de los ingresos, si el PIB se reduce, aquel límite se contrae y el porcentaje de población en riego de pobreza puede disminuir estadísticamente como, de hecho, ha ocurrido en España. En nuestro caso, antes de la crisis, aquel tipo de personas ya eran numerosas, en torno al 19%. Por consiguiente, ya existían causas que producían importantes condiciones de marginación económica en el periodo de expansión de la economía.  Una de ellas, y además importante, que por razones ideológicas acostumbra a olvidarse, es el crecimiento de las rupturas matrimoniales, que dan lugar a hogares monoparentales. Cada hogar de este tipo que se produce entre personas situadas entre los deciles con menores ingresos, fabrica pobres a espuertas. También el desempleo, que en los mejores tiempos se situaba en el 8% de la población, es un agente causal. Sin olvidar un factor nada menor: la economía sumergida, que hace que una parte de los ingresos no queden reflejados. Si esta elusión tiene el tamaño que se le estima, entre el 20 y el 25 % del PIB, (en Andalucía, por ejemplo, es superior, entre el 25% y el 35%, según estimaciones) los resultados variarían, aunque mucho menos de lo que aquel orden de magnitud parece indicar, porque una parte de la ocultación de ingresos afecta a niveles altos de renta.

La cuestión de la desigualdad fluctúa de acuerdo con la dinámica política y social. En 1914, el 10% de la población, los “más ricos” tenían el 90% del patrimonio, según Piketty; la clase media (40%), un poco más del 5%, y el 50% con menores ingresos un poco menos del 5%. Hoy la clase media detenta entre el 25% y el 33%. Pero este proceso de mejora primero se detuvo para después entrar en regresión.

Para Piquetty un modelo ideal sería aquel en el que el 10% más rico de la población, detenta el 30% total de la riqueza, y donde el 1% más rico alcanzaría el 10%. El 40% del medio poseería el 45%; y el 50% con menores ingresos el 25% Esta distribución tendría un coeficiente de Gini, índice sintético de desigualdad, del 0,33 (El Capital en el Siglo XXI p 316) Para hacernos una idea de lo que esto significa, consideremos que 1 es la desigualdad máxima, y que el de los países escandinavos se sitúa entorno 0,58 Una variación de dos centésimas equivale a trasladar un 7% de riqueza del sector de la población que está por debajo de la media, al más rico situado por encima de ella.

Dos observaciones finales sobre este punto. La desigualdad no es intrínsecamente mala, es también un correlato de la vida de cada cual, lo malo es cuando se extrema, y cuando es fruto de la injusticia y de la desigualdad de oportunidades.

Lo que en cualquier circunstancia es malo es la pobreza, la carencia de los recursos para satisfacer las necesidades del ser humano.

Menos ocupación y salarios menguantes

Un reciente estudio hecho público este año, Poorer tan their Parents? Flat or falling incomes in advanced economies, del McKinsey Global Institute, señala que en 2014 entre el 65% y el 70% de los hogares de 25 países con mayor renta, que agrupaban entre 540 y 580 millones de personas, disponían de unos ingresos que en relación a diez años antes eran iguales o menores. Este fenómeno nuca se había producido con tal magnitud desde el fin de la II Guerra Mundial. Siempre hay una pequeña proporción de gente que ve disminuir sus ingresos, el 2% entre 1993 y 2005, pero hasta ahora era una excepción que confirmaba la regla. Y esta tendencia continuará, sobre todo a causa de la automatización masiva que está acaeciendo, que reduce los puestos de trabajo, y por la globalización que empuja hacia abajo los salarios, por la competencia mundial, excepto en aquellos sectores y actividades, que por su valor añadido o singularidad se hallan fuera de esa procesión descendente. De tal manera que según el informe -que no tiene por qué acertar pero que está en la misma onda que muchos otros- en el mejor de los casos y en un futuro, entre un 30% y un 40% de los hogares no verán aumentados sus ingresos, lo que significa retroceder en términos de capacidad adquisitiva, y en la peor hipótesis, esta situación afectaría a la mayoría, entre el 70 y el 80%

Otro estudio también reciente nos formula algo parecido. Se trata New approach for the Ageof Globalitation, 2016 de Branco Milanovic. Sus resultados permiten observar que el crecimiento mundial entre 1988 y 2008 ha sido en general positivo, de manera que el 2% más pobre del mundo creció un 22% en sus ingresos, pero sobre todo el cambio se dio en una emergente clase media en lugares como la China y la India. Una clase media, pero, distinta a la nuestra en términos monetarios puesto que se sitúa en unos ingresos anuales entre 1800 y 5400 dólares. Este grupo ha registrado incrementos del orden del 80%. Se trata de un grupo de miles de millones de personas. Hasta ahí todo está bien. Pero la clase media de los países más desarrollados, que se sitúa en la parte alta de la distribución mundial, puesto que se encuentra en el percentil 80, es decir, dentro, o cerca, para la clase media baja del 20% de la población con mayores ingresos, han registrado una caída histórica que en algunos casos llega a crecimientos cero o menores del 10% de los ingresos acumulados en ¡veinte años! Ese es el problema: el hundimiento de la clase media, que incluye a un gran mayoría de trabajadores de Europa y a los Estados Unidos. Pero no se trata solo de esto, porque en la misma sociedad el top del 1% más rico a escala mundial, que se concentra en gran medida en esto países, sí que han visto crecer su ingreso de una forma muy importante, por encima del 60%. Lo que se da en Europa y EUA es el hundimiento de muchos y el beneficio de unos pocos, cosa que a escala mundial queda mucho mejor distribuido. El resultado político de todo esto se llama Trump o Sanders, en EUA, Brexit en Inglaterra, Frente Nacional en Francia y los movimientos independentistas. Son distintas respuestas políticas de un mismo malestar porque sin clase media no hay estabilidad social y política.

Hay como una traición de las elites occidentales a sus conciudadanos, y estos reaccionan, como se observa en el desplazamiento del voto de los obreros blancos en Estados Unidos del Partido Demócrata, su histórico feudo al republicano, y a la inversa por parte de las clases liberales. Es el movimiento que imprime la lógica de la sociedad de la desvinculación que convierte a la ideología Gender en signo de progreso, en lugar del bienestar de sus trabajadores. Por eso existe una alianza objetiva, que no es fruto de las voluntades, sino de las condiciones históricas objetivas, entre las elites de los mercados globalizados, incluido el sector del espectáculo, y la ideología Gender y su vástago, el homosexualismo político.

Esa es la perspectiva con la que hay que trabajar y que exige respuestas que la sociedad desvinculada, autora del desastre no puede aportar, más allá de soluciones “trampa” como la economía colaborativa, cuando se traduce en la desprofesionalización de las actividades, y la elusión fiscal, y el low cost que ignora la lógica de los bienes posicionales, que tiene como resultado un aumento de los costes sociales, y sus secuelas, los costes de transacción, tanto públicos como privados, y los costes de transacción.

Los “nuevos partidos” surgidos de la sociedad desvinculada, como el comunismo surgió de la lógica industrial capitalista, solo aportan parches con sus propuestas, y a medio plazo conducen a callejones sin salida.

Solo desde la lógica de la desvinculación y el imperialismo Gender habrá una solución humana. Ese es el gran reto

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