Desmitificar la idea de progreso

No corren buenos tiempos para la exaltación de aquella idea de progreso que sirvió de motor en el paso de la Edad Media al Renacimiento …

No corren buenos tiempos para la exaltación de aquella idea de progreso que sirvió de motor en el paso de la Edad Media al Renacimiento y, más aún, a las Luces y la Revolución Industrial. No le ha sentado bien este progreso a la naturaleza, de la que depende nuestra supervivencia como especie; y tampoco nos es permitido hablar a la ligera de progreso social y económico ante la pauperación endémica y creciente de gran parte de la humanidad y la conculcación sistemática y extensiva de los derechos fundamentales, recogidos en solemnes proclamas, precisamente en los momentos de mayor exaltación de la fe ilustrada en el progreso.


Ante esta situación de amenazas persistentes, daños e incógnitas en auge que muy difícilmente puede formar parte de los logros del intelecto humano que la Modernidad nos anunciaba, no ha de extrañar que se alcen, desde muchos espíritus conscientes de estas pérdidas, duros juicios sobre el progreso, cuando ya el tiempo lo permite y pueden hacerse balances sobre esos doscientos cincuenta años transcurridos desde la Ilustración. Empieza a circular la idea de decadencia, crisis, regresión o, simplemente, la de estancamiento.


El autor literario y físico de formación, Ernesto Sábato, afirma que no hay progreso en la historia y lanza su alegato contra la endiosada ciencia y su maléfica hija, la técnica. Álvaro Mutis señala que vivimos una época cruel y sangrienta y Antonio Tabucchi sentencia que el siglo XX ha sido un gran naufragio. El también escritor José Saramago hace sonar su alarma una y otra vez ante la deshumanización de la sociedad y se pregunta si se puede ser optimista en un mundo donde doscientas personas acaparan la riqueza del cuarenta por ciento de la humanidad. Y en un plan todavía más crítico respecto al papel depredador humano, Gore Vidal estima que la raza humana es un virus que devora la tierra que lo aloja.


No faltan pensadores que muestran, también descarnadamente, su escepticismo ante la idea de progreso, la historia o el conocimiento. Isaiah Berlin, por ejemplo, no tiene ningún inconveniente en reconocer que no cree en el progreso, en la acumulación de perfección, ni tampoco oculta su percepción de haber vivido en el peor de los siglos.

El politólogo italiano Norberto Bobbio asegura que cada vez sabemos menos y detecta, al final de este siglo, un giro hacia la violencia. Y dos filósofos españoles como Jacobo Muñoz y Gustavo Bueno, dicen, respectivamente, que el mundo de hoy es mejor no comprenderlo o, peor todavía, que volvemos a la caverna. Y no se trata de una boutade de sobremesa, sino de percepciones de la realidad de dos espíritus lúcidos y polémicos de nuestro país.


La crisis de la idea de progreso, con la contemplación de la historia y sus miserias más persistentes o amenazadoras, ha llevado a muchos al nihilismo, a una especie de escepticismo cínico, agravado por las noticias que, día tras día, emiten los grandes altavoces sociales. Como ya indicara ese profeta ateo que fue Friedrich Nietzsche, el nihilismo es el peor de los peligros que puede acechar y ése es, precisamente, el que está haciendo mella en Europa.

El futuro se vislumbra con gran incertidumbre, pero el pasado pesa sobre nuestras espaldas. Da la impresión que sólo queda un presente huidizo, un ahora que se trata de vivir placenteramente. La desconfianza en la historia y en el progreso conduce a la parálisis, al estancamiento, a la reiteración de lo mismo.


No se trata de restaurar contra viento y marea la idea progreso tal y como fue articulada por los Aufklärer. No nos está permitida la caída en la ingenuidad, ni la actitud frívola frente a la historia, pero debemos reelaborar una filosofía de la historia donde tenga sentido el trabajo, el compromiso, la implicación, la entrega a una causa, el estudio, el esfuerzo, la lucha y, si cabe, la revolución.

La ingenua idea del progreso continuado de la humanidad tanto en el plano moral como en el plano científico se abrió paso ante el empuje secularizador de la Modernidad que disolvió el providencialismo cristiano, vigente en la cultura occidental durante siglos a partir sobre todo de san Agustín.


Se trata de una idea, nada más y nada menos y, como tal, puede ser revisada y debe ser contrastada con la historia. El error de esta concepción de la historia es que no comprendió, debidamente, la magnitud del mal, del horror, la capacidad de destrucción de la especie humana, no dio cuenta del lado oscuro del ser humano y, precisamente por ello, ha fracasado.

En esta necesaria reconstrucción del sentido de la historia, se deberá escuchar a los filósofos maldecidos de la Modernidad, a los grandes creadores y analistas de la condición humana. No se podrá ningunear a san Agustín, ni a Thomas Hobbes, ni, por supuesto, a Arthur Schopenhauer. Es la hora de rendir cuentas con los proscritos, de equilibrar visiones y de evitar la caída en visiones apocalípticas o ingenuamente optimistas. Queda mucha tarea por hacer.


La idea de progreso resulta ser, en la actualidad, una tesis ambigua, contradictoria, atravesada a un tiempo por la lógica de la libertad y por la lógica del dominio. No ha de lamentarse que tal idea resulte estéril e, incluso, irreconocible. Los avances y las ventajas aportados por la ciencia y la técnica, que son incuestionables, no pueden universalizar la idea de progreso, cuando sus límites han quedado tan dramáticamente definidos. Es, finalmente, a escala humana y social, y no únicamente en el plano científico-técnico, donde habrá que reconocer, a partir de hora, la presencia del progreso necesario.

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