Después de la sentencia del TC sobre el Estatuto de Autonomía y después de la manifestación.

Creo que ambos hechos, sentencia i manifestación, demandan una reflexión sin prisas pero que ha de iniciarse y redondearse en el tiempo….

Forum Libertas

Creo que ambos hechos, sentencia i manifestación, demandan una reflexión sin prisas pero que ha de iniciarse y redondearse en el tiempo. La razón es que los dos hechos estrechamente ligados marcan un punto de inflexión. La manifestación, hay que decir que es una respuesta muy heterogénea en sus componentes (la idea de que fuera una manifestación independentista es, como mínimo, un error de apreciación extraordinario) que se concreta en una sensación de rechazo, una especie de ¡ya está bien!, que la incomprensible publicación de la sentencia el día anterior, anticipándose a la fecha prevista, acentuó. Algunas personas importantes en Madrid quisieron calentar más el ambiente. Y ésta es la primera de las muchas que siguen abiertas.

¿Por qué Rodríguez Zapatero, el único que podía asentir una actuación de este tipo, lo hace posible? La respuesta no tiene nada de complicada, se insiere en la lógica del personaje. Porque la semana que viene tiene el “Debate de la Nación” y no quería asistir teniendo como aperitivo dicho texto. Lo que quiere es entrar en el hemiciclo con el entusiasmo patriótico de la victoria de “la roja” en el campeonato del Mundo. Esta especial y peligrosa visión de la política de Zapatero contribuyo a movilizar a mucha gente, porque el texto de la sentencia tiene párrafos memorables, dignos del peor Azaña.

Por otra parte, mucha gente no puede entender que artículos del Estatut de Cataluña que son de dudosa constitucionalidad no sean objeto de atención en otros estatutos posteriores que los reproducen literalmente, y seguramente el que más el de Andalucía.

La manifestación se inscribe en las grandes manifestaciones hechas en Cataluña, que han anunciado un nuevo periodo. La del “Llibertat, aministia i Estatut d’Autonomia”, que abrió el ciclo del predomino del catalanismo político, constituye su antecedente. Mucha gente y muy diversa, jóvenes y mayores, de la tierra, grupos de inmigrantes, familias enteras, menestrales, empresarios, trabajadores autónomos. Un grueso muy central de la sociedad catalana. Fue una manifestación popular como pocas en los últimos 30 años. También una manifestación institucional, y no sólo por la presencia de casi todos los partidos, sino por las instituciones, Cámaras de Comercio e Cataluña, PIMEC, Fomento del Trabajo, para citar algunas de económicas que se lo piensan mucho antes de salir a la calle. Naturalmente, no sé cómo será esta nueva “corriente del Golfo”, pero sí sé que quien quede al margen será un marginado, como pasó en 1977 con los que no creían ni en la Generalitat ni el Estatuto.

La segunda reflexión ya ha sido apuntada pero quiero insistir. El independentismo es una minoría, que crece, pero minoría. Querer convertir la manifestación en independentista, como hacía el diario El Mundo –donde escribo cada quince días- es más una exageración o un temor que la realidad. ¿Que había banderas de este signo? Cierto, y también que el grito de independencia fue el que más se dejó oír, pero, ¿acaso había otro eslogan preparado que pudiese aglutinar a una gran, minoría o mayoría? Es la gente diversa la que se manifestó y no una ideología precisa. Gente, eso sí, que por una u otra razón se siente maltratada como miembro de este país. Por esto, no es un tema nada fácil canalizar este estado de opinión políticamente. Se verá en los meses sucesivos y, sobre todo, en las elecciones catalanas del otoño. Y más allá de ellas, se verá si el independentismo toma cuerpo político y sustituye en la hegemonía al catalanismo político. Dependerá mucho de las reacciones y respuestas políticas inmediatas que se articulen desde los centros de poder centrales, el PSOE y el PP, los grandes grupos mediáticos y económicos.

También hay que remarcar que, a pesar de tanta gente, no hubo prácticamente ningún incidente, ni siquiera el ritual de quemar algún contenedor a cargo de algún grupúsculo de extrema izquierda, como pasó el 11 de Septiembre, con cien veces menos personas en la calle. Cierto es que a Montilla le gritaron duramente tres o cuatro personas al final, cuando la cabecera se disolvió, pero fueron esto, cuatro gritos, que sólo el cierre de la espectacular cápsula de seguridad que llevaba el presidente a su alrededor, magnificó. Fue una manifestación muy cívica y hoy en día, con tanta masa así de gente, esto es infrecuente.

En todo caso, lo que sí está claro es que la fatiga que comporta tantos años de comer Estatuto se ha deshecho. Tal vez vuelva en un futuro, pero ahora no está. Hay ganas de un camino, la cuestión es cuál.

He empezado a estudiar la sentencia, pero diría que muy pronto me he encontrado ante un punto que, personalmente, por coherencia con lo que en el terreno de las ideas y los valores explico y creo, me resulta imposible de aceptar: la declaración por parte del TC de que todo empieza con la Constitución y que, por tanto, no existen los derechos históricos. Se me hace imposible de aceptar por dos razones:

Primera, porque esto es apuntarse a una concepción que ha resultado devastadora para nuestras sociedades y que es el hábitat natural de otras ideologías, entre ellas el nacional-laicismo o el laicismo de la exclusión religiosa, que necesariamente en nuestra casa incurre en la exclusión cultural. La pérdida de la tradición cultural está en la raíz de los males morales que sufrimos. La segunda es de tipo práctico: me es imposible aceptar por racionalidad que la Constitución sí asume los derechos históricos de Navarra, de gran entidad, y de los fueros vascos, y no pueda asumir los derechos históricos de Cataluña originados por las Constituciones catalanas, mucho más hechas y de mayor dimensión política e institucional, y que aún mantienen una parte viva sin interrupción como es el derecho civil catalán.

Y es que un mal radical de nuestro tiempo es el adanismo, el creer erróneamente que todo comienza con uno mismo. Su consecuencia colectiva es la pérdida de la tradición cultural a la que pertenecemos. Surge de la cultura de la desvinculación que ha cegado los cauces que conducen a nuestras fuentes morales y culturales.

La pérdida de la tradición cultural nos deja inermes como personas y sociedad ante los problemas, necesidades y retos que experimentamos. Y es que como escribe Charles Taylor en su monumental Las fuentes del Yo, ninguna sociedad es capaz de encontrar respuesta con los recursos (culturales) de una sola época.

Adanismo y cultura desvinculada es lo que aqueja a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Autonomia, cuando niega los derechos históricos de Cataluña como si todo empezara con la Constitución. Y no es así. En Cataluña no tuvimos unos fueros como en el País Vasco y Navarra, es decir una excepción a una norma, la de la propia Castilla. Tuvimos más: la norma propia. Las Constituciones catalanas, liquidadas por la fuerza de las armas aliadas de Castilla y Francia en una guerra civil, la guerra de Sucesión española, que enfrentó a la casa de Austria, los Habsburgo, con los Borbones. Esto sucedió en 1714 y el daño, la fractura mal cerrada, ha de ser reparada.

Y esto nada tiene que ver con separarse de España, porque la causa fue una guerra civil entre gentes de los mismos reinos, hecha no para independizarse, sino para establecer cómo querían ser gobernados. Se impuso el modelo centralista y uniformador de los Borbones, remachado después por los liberales, pero eso no significa que sea la única concepción española. Y no es una cosa “vieja” o propia de un pasado lejano, porque más “retro” y particular podría considerarse el sistema foral que PP y socialistas siguen defendiendo. Con menores razones, el Reino Unido aplicó hace pocos años la “devolution” a Escocia y fue celebrada como un progreso.

Si este criterio no es constitucional es que algo grave ha fallado.

El TC podía haber hecho otra cosa: asumir la referencia de estos derechos históricos y añadir que debían interpretarse en el marco de la Constitución. ¿Tan difícil era este enfoque? En todo caso, es necesario introducir racionalidad, prudencia y templanza en todo esto. Hay muchas emociones en juego y también intereses políticos cortoplacistas. Todo puede ser legítimo, pero no todo planteamiento es necesariamente bueno. La demonización del otro, tan fácil, es lo que al menos la gente sensata, en general, y los cristianos que no confunden su fe con una ideología política, en particular, deberíamos procurar.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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