Después de la Pascua de Resurrección. A vueltas con Dios

Dios

El cristianismo se fundamenta en tres fechas: La Navidad, la venida al mundo de Dios hecho hombre, la resurrección de la Pascua, como verificación de la buena nueva del triunfo sobre la muerte, y Pentecostés, el momento inicial de la Iglesia, nacida por la gracia del Espíritu. En estos tres momentos, lo sobrenatural incide de una forma única sobre nuestro mundo, y lo hace de tal manera que, el hecho extraordinario no coarta la libertad.

El hecho de que una virgen infantara un niño que era Dios, volver de la muerte a la vida, y que el propio Espíritu de Dios insufle una nueva existencia a los seguidores de Jesucristo, puede resultar difícil de aceptar fuera de contexto. Y este no es otro que la existencia del Dios personal, inefable y eterno, creador del Universo. Si esto es asumido, resulta mucho más razonable todo, basta con seguir la lógica evidente del viejo adagio. “Si Dios quiso, pudo” o, en términos más precisos de Juan Duns Scotto, “Pudo, quiso y lo hizo…”

Eduardo Mendoza ha escrito Las Barbas del Profeta, libro de tirada corta por encargo editorial -como él mismo señala- con motivo de la entrega del Premio Cervantes 2017. Su visión se adscribe, entre otros aspectos críticos, a ese recurso, no por manido poco eficaz, de contraponer a Dios con las miserias del mundo, para así, concluir que Dios no existe. Mendoza lo formula así:  Si Dios ” creo de la nada la materia y el tiempo para instalar una raza de pensamiento autónomo y libre albedrío que le honrase y sirviese por voluntad propia, le ha salido el tiro por la culata (…) Sabía que los (hombres) adorarían a falsos dioses, que desobedecen sus instrucciones, que cometerían crímenes horribles, y que comerían cerdos y calamares “(claro que en descargo de Dios también hay que añadir que les dio los hombres la sabiduría para hacer el jamón y la morcilla, y la capacidad para rebozar los calamares)

El doctor Paul Edward Farmer es un médico estadounidense conocido internacionalmente por su trabajo humanitario de atención en áreas rurales y con escasos recursos de países en desarrollo, comenzando en Haití y cofundador de una organización internacional de justicia social y salud, Partners In Health (PIH). Responde en un diálogo imaginario a las objeciones de Mendoza en estos términos “¿Cómo es que un Dios justo permitía aquella miseria tan grande?“, y responde “Dios dio a los seres humanos todo lo que necesitan para prosperar, pero no es él quien divide el botín. Esta es nuestra responsabilidad”.  Se puede añadir más:  con Jesucristo nos enseña, además, como actuar para repartirnos el patrimonio. En un orden más amplio parece como si el argumento básico de la negación de Dios fuera el de por qué no hizo de la Tierra un paraíso, sin reparar en que este ya existe y solo falta un poco de paciencia y buena letra para alcanzarlo.

En cualquier caso, la existencia de Dios no tiene una prueba absoluta. Si así fuera, la fe carecería de sentido y la venida de Jesucristo innecesaria. Pero, al mismo tiempo, hay que decir que la opción contraria, la atea, anda todavía más en pelotas probatorias. Es más, si el mundo votase la existencia de Dios, que es un enfoque bien democrático y liberal, construir la verdad mediante el procedimiento, la victoria de Dios seria abrumadora. Y eso, dado que nuestros ateos actuales son más bien liberales, debería tener un peso en el razonamiento.

Pero, hay otro enfoque para pensar, sospechar si se quiere, que Dios está ahí y se manifiesta en el propio orden natural, como afirma la Iglesia. Las ocasiones para constatarlo son múltiples y bien puede valer esta: Es una afirmación científica la de que no se ha podido obtener en una teoría física que dé lugar a un único universo como el nuestro. Estamos ahí, pero no sabemos explicarnos cómo es eso. En realidad, como escribió Emili Elizalde, profesor de investigación de ciencias del espacio (IEEC- CSIC), en La Vanguardia (1704) “Hoy resulta bastante más sencillo construir una teoría en principio plausible del multi universo (…) que construir una teoría rigurosa en la que se origine un único universo con las propiedades tan específicas (en particular, las constantes cosmológicas) de este en el que vivimos”. Pero como resulta que el mainstream en física sostiene que no es posible argumentar sobre la existencia de múltiples universos, resulta “que, en consecuencia, las teorías sobre el multiuniverso no pertenecen al dominio de la física actual, que son pura metafísica al resultar imposible demostrar que sus predicciones son falsas” En resumen, nuestra ciencia no es capaz de construir un relato científico de la existencia del cosmos y la exploración de otros caminos, el de múltiples universos que se crean y se destruyen, siendo, el nuestro, fruto del azar, entre otros muchos posibles escenarios, esto es para la mayoría de los físicos pura metafísica, con perdón a los metafísicos.  Lo que molesta, digámoslo así, es la existencia de unos parámetros tan determinados, las constantes cosmológicas, y más allá de ellas, las, a su vez, estrictas condiciones, más delimitadas todavía, que disfruta la Tierra para poder albergar vida capaz de lograr la humanidad. Pero todo se vuelve más sencillo y estético si, en lugar de caminar por los razonamientos de la construcción de un azar indemostrable, confuso, arbitrario y feo, utilizamos la explicación del Dios creador para justificar la razón del Cosmos y de nuestra existencia. No se trata de que la física se dedica a tal tarea, la ciencia no trata de fines, es suficiente con que no se utilice torticeramente para “luchar” contra Dios y, eso sí, que deje el espacio evidente para sospechar, dejémoslo así, su existencia.

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