Destrucción y renacimiento (I)

El diez de octubre, Màrius Carol escribió en su columna un texto magnífico, ‘La Desarticulación Moral’. Afirmaba en &eacut…

El diez de octubre, Màrius Carol escribió en su columna un texto magnífico, ‘La Desarticulación Moral’. Afirmaba en él que a “este país le costará Dios y ayuda volver a articular sobre bases sólidas una moral colectiva… Vamos decididamente hacia la fragmentación política y social”. Es otra forma de definir a la sociedad desvinculada.

Pero, ¿cómo reconstruimos una moral colectiva? Conseguirlo exige comprender lo que han destruido, por qué lo han substituido, y qué significa desarticulación moral.

Lo destruido es el sistema de valores y virtudes que llamamos cultura cristiana, una fe en Dios para unos, una cultura moral para otros, trabajosamente elaborada por la historia, nuestra historia. La Gran Bóveda de la cultura occidental tiene como muros de carga la tradición bíblica, de una parte, y la filosofía griega y el derecho romano de otra, articulados por esa nueva forma de entender a Dios, al ser humano y al mundo, que es el cristianismo. El eje de este sistema es el pensamiento aristotélico-tomista. Alasdair MacIntyre lo explica muy bien en Tres Versiones Rivales de la Ética, y en Tras la Virtud.

Lo han substituido por la cultura desvinculada, la subjetividad ilimitada, que fundamenta la realización personal en la satisfacción de los deseos del yo, guiado por un hedonismo narcisista. Es también el relativismo moral, proclamado como necesario para la libertad a partir de una idea equivocada; la libertad para satisfacer los deseos con múltiples opciones, en lugar de entenderla como condición para la búsqueda de la verdad para realizar el bien. El filósofo Byung-Chul Han escribe que en un mundo de posibilidades ilimitadas es imposible el amor -el vínculo fuerte- debido al exceso de subjetividad. Nadie es capaz de reconocer al otro y solo se reconoce a sí mismo, convirtiendo al ser humano en un narcisista dependiente del éxito.

La desarticulación moral es una crisis y significa que la sociedad, y sus elites, son incapaces de identificar y realizar el bien, aplicar la justicia, y satisfacer las necesidades básicas antes que las superfluas.

¿Y cómo articulamos una sólida moral colectiva? Es casi imposible dada la devastación producida, y creo que solo con la ayuda de Dios saldremos del maldito embrollo, pero en todo caso es necesario afrontar el desafío mediante un renacimiento moral basado en la ética de la virtud. Para concretarlo necesitaré de otras 400 palabras.

Publicado en La Vanguardia el 20 de octubre de 2014

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