Destrucción y Renacimiento (y II): un esquema

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¿Cómo articular una sólida moral colectiva?

Una tarea casi imposible, dada la devastación producida, de tal manera que solo con la ayuda de Dios saldremos del maldito embrollo.

En todo caso, es perentorio afrontar el desafío mediante un renacimiento moral basado en la ética de la virtud.

¿Cómo construimos esta ética como marco de referencia común?

Lo primero de tal tarea requiere de un proyecto cultural, y uno o unos sujetos colectivos capaces de concebirlo y realizarlo.

El primer paso es recuperar la palabra, el concepto de virtud en la cultura común, y retornarle la comprensión popular que tenía en el pasado. La sociedad desvinculada ha destruido incluso la palabra; virtud que es ahora un término como mínimo sospechoso. El valor lo ha substituido, “educar en valores” es un tópico con escaso contenido, alejado de toda axiología. El valor sin virtud es irrealizable; la segunda parte ha sido olvidada.

La virtud es una práctica buena, cuyo aprendizaje y ejercicio permite realizar un bien sin necesidad de un proceso auto deliberativo.

La felicidad de la persona virtuosa nace en parte de esta “mecánica”, llega a serlo, a hacer bien las cosas de una manera semejante a como conducimos bien, por una mecánica adquirida. Naturalmente las cosas humanas nunca son tan simples.

Designamos la virtud con distintos nombres que permiten desempeños distintos, pero no son independientes sino que forman parte de un sistema donde cada parte posee una jerarquía, por ejemplo la prudencia, que en realidad significa la capacidad de elegir el camino bueno más adecuado para un fin, es una virtud central, que en ningún caso significa aspirar a lanzarse a la piscina y salir seco. De ahí que lo contrario de la prudencia no sea la audacia, sino la imprudencia, porque en ocasiones el mejor camino requiere ser audaz.

Existen dos tipos de virtudes, unas son intrínsecas a una profesión, otras son de carácter general. Por ejemplo, la política requiere de la virtud de la amistad civil para que resulte buena, es decir de la concordia. La virtud de la honestidad es general, de ahí que una sociedad de políticos corruptos señale que en realidad nos hallamos ante una sociedad corrupta.

Para que puedan practicarse han de conocerse. La nuestra es una cultura esencialmente construida en base a las virtudes aristotélico tomistas, que aún perduran de forma irregular y degradada pero a las que todavía requerimos sin excesiva conciencia de ello.

Se trata de recuperar ese trasfondo social desvaído, esa semi ruina, y reconstruir el edificio de la virtud en nuestro tiempo. MacIntyre es una gran ayuda -no la única– para lograrlo.

Un proyecto de cultura de la virtud significa el desempeño de unas tareas concretas. Su conocimiento y difusión, en la enseñanza a todo nivel, incluida la universidad, y no como reducto, sino como conocimiento trasversal. Propiciar comunidades, familias, escuelas, empresas, poblaciones y barrios, asociaciones, las relaciones personales, decisivas son en el periodismo y los medios de comunicación, y claro está en la política. Construir y reconstruir comunidades virtuosas.Construir el conocimiento, reconocimiento y práctica de la virtud. Son necesarias normas que favorezcan la virtud y penalicen la mala práctica, es decir el vicio, aunque esto no obvia la formación y responsabilidad personal, porque la ley acompaña pero no suple a la virtud. Se requiere que se disponga de unos acuerdos fundamentales nacidos de la tradición cultural, capaces de reconocer el valor personal para la felicidad, individual y colectiva de la virtud.

Para que este proyecto de reconstrucción de la cultura de la virtud prospere necesita de un marco de referencia propicio. Un marco cultural de razón objetiva que la acoja, es decir de un relato más grande que nosotros mismos que llene de sentido nuestra propia vida. La razón objetiva necesita del punto omega donde se encuentran y articulan la explicación del mundo, y el sentido de nuestras vidas personales y comunitarias, que para ser sólidas han de estar fuera de los avatares del propio mundo. Esto significa la necesidad satisfecha, existencia de un sentido y experiencia espiritual y trascendente, la única capaz de ofrecer el punto omega.

Esta es la gran tarea a la que estamos llamados si queremos que nuestra sociedad y nuestras vidas renazcan.

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