Dignidad y derechos

Sentemos esta premisa: la dignidad humana es la fuente de los derechos de la persona. No existen derechos desarraigados de este fundamento, y si los h…

Sentemos esta premisa: la dignidad humana es la fuente de los derechos de la persona.

No existen derechos desarraigados de este fundamento, y si los hay no son fundamentales, no atañen a lo esencial del hombre.

Últimamente proliferan desviaciones en la interpretación de los derechos fundamentales, desviaciones respecto de su naturaleza y sentido propiamente humanos, que parecen querer inventarse la realidad por la vía de ignorarla.

De este modo, se nos habla de derechos de un ser humano a destruir a otro –consintiendo el aborto, el suicidio asistido o la clonación «terapéutica»–; o se amplia la idea de matrimonio –hasta destruirla– transformándolo en una unión de afectos sexuales formalizada jurídicamente; o se desborda la propia noción de derecho extendiéndola a los que no tienen siquiera la capacidad de ejercerlos: animales, plantas, ecosistemas…

Dignidad y derechos deben ir siempre unidos si no se quiere enloquecer. Así aparecen en el preámbulo y el artículo 1º de la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. También el artículo 10 de nuestra Constitución anuda a la dignidad humana «los derechos que le son inherentes».

La dignidad indica el valor que es propio de la persona y advierte del respeto que merece por el mero hecho de existir. Pero, al mismo tiempo, tiene una dimensión activa, pues la vida humana es biográfica, se hace con relación a un proyecto, se gana el nivel de dignidad que merece en cada uno de sus actos, busca realizarse a través de la libertad y la razón.

Por ello, al hombre se le reconocen unos derechos en torno a su capacidad de acción –con los correspondientes deberes, obligaciones y responsabilidades– que le van a permitir ser lo que es, persona. O dicho de otra forma, los derechos le confieren la posibilidad de vivir de acuerdo con su dignidad.

Tales derechos responden así a la vocación personal que todo hombre y mujer posee. No están diseñados por una autoridad, sino reconocidos en el propio hombre, como cauces de su realización. El derecho a la vida, primero de todos, justifica los demás: la libertad religiosa, ideológica y de pensamiento; la libertad de expresión; la libertad de enseñanza; la de asociación, etc.

El sentido de todos ellos es el propio del ser humano. Existen –y son reconocidos– porque constituyen los instrumentos con que el hombre cuenta para su desarrollo personal, quien los contiene en su propia naturaleza.

Cualquier interpretación de los derechos fundamentales, sobre todo cuando se plantea una colisión entre ellos, debe partir de la consideración de su raíz común, la dignidad humana. De lo contrario, podríamos encontrarnos con un enfrentamiento ciego entre posturas que tienen argumentos contrapuestos, probablemente sólidos, pero que se pretenden absolutos.
La libertad de expresión, por ejemplo, pese a ser derecho fundamental, no otorga patente de corso para fustigar todo tipo de ideas y creencias, en un juego que ya no distinga entre crítica y provocación.

Cierto es que su límite no debe encontrarse en la sacralización de toda sensibilidad, incluida la más escrupulosa, pues supondría la defunción del derecho. Pero tampoco es defendible que, a su amparo, se hieran alevosamente conciencias, por un prurito profesional de superioridad de la libertad de expresión sobre otros derechos, a sabiendas de que las reacciones pueden dar pie a violencia contra las personas.

Una cosa es renunciar a la libertad de prensa, transacción inaceptable, y otra muy distinta que un corporativismo soberbio vuelva a arrojar sal sobre la herida sin tener en cuenta otras consideraciones. No es esta la razón de ser del derecho.

Si se echa un vistazo a su origen, la dignidad de la persona, se puede fácilmente comprender que el primer límite de un derecho es la propia razón que lo ha justificado, que le ha dado lugar.

Ejercer los derechos de un modo impositivo es desconocer que están al servicio de la realización de la persona, y de su respeto a ultranza.

La invención o el ejercicio de los derechos desconociendo esta clave dan lugar a monstruos incontrolables que pueden acabar con la sociedad, y con el propio hombre.

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