‘Dios ha nacido en el exilio‘, por Vintila Horia

La reedición de esta obra de Vintila Horia no debe pasarnos desapercibida. Una parte de la buena literatura, sin que tenga en ello nada que ver la man…

La reedición de esta obra de Vintila Horia no debe pasarnos desapercibida. Una parte de la buena literatura, sin que tenga en ello nada que ver la mano invisible de Adam Smith, queda arrinconada en el ostracismo a la espera de que la descubra, quizás casualmente, algún lector atento y sin prejuicios. Dios ha nacido en el exilio es uno de esos libros.

Cuando Vintila Horia lo publica, en 1960 le conceden el premio Goncourt. Sin embargo, la izquierda cultural, capitaneada por Sartre (aquel para quien los otros suponían una amenaza, como le sucede al emperador Augusto en la novela), inició una campaña de desprestigio (difamación), que llevaron al autor a renunciar al premio. Exiliado de su país, Rumanía, desde 1945, fue condenado al destierro que sufren los intelectuales que no necesitan inventarse la realidad para parecerlo.

En esta obra recrea la historia de Ovidio quien, acusado de corromper con su poesía a la juventud romana, fue desterrado por el emperador Augusto a la ciudad de Tomis, en el país de los dacios, la actual Rumania. Allí el poeta vive entre la nostalgia de Roma y el descubrimiento del pueblo geta que, en su sencillez, va abriendo su corazón hacia nuevas esperanza.

Parece evidente que Vintila Horia pretendió y lo consigue, en esta portentosa recreación del destierro de Ovidio, apuntar a la situación del hombre actual. El exilio no es sólo una condena, sino la posibilidad de llegar a la frontera de la tierra libre. Como señala el protagonista: “Augusto nos ha dado un Imperio, pero nos ha quitado el alma”.

Pero como recuperar el alma si Roma tiene multitud de dioses pero nadie se acerca a ellos para rezar. Por eso dice Ovidio: “Se necesitarían nuevas palabras, una nueva visión de la vida y una religión nueva para poder crear un nuevo lenguaje y expresar lo que los hombres de hoy sienten en el fondo de sus corazones y que su ignorancia les impide manifestar por medio de juicios y palabras”.

La decadencia del Imperio coincide con una atmósfera en la que se está a al espera de una revelación. Por todas partes aparecen indicios de que algo ha empezado a cambiar e incluso llegan noticias de oráculos que hablan de una Mesías judío.

Era una necesidad. “Esto no podía durar mucho tiempo. Nuestros sufrimientos tenían un límite y, si ese Dios existía, tenía que apiadarse de nuestras desgracias y hacernos una señal. O quizás ese silencio quisiera significar que Dios no existía. O que todo eso, los muertos, el infinito dolor, el infinito silencio, tenían un sentido que nuestra razón no podía captar”. De forma precisa plantea Ovidio la situación del hombre de entonces y de ahora.

La alternativa, como se nos describe en la novela, es la del asesino Selouros, que “fue encadenado a una picota levantada en el centro del Foro y lanzaron contra él panteras y leopardos hambrientos… Cuando las fieras se le acercaron sólo pudo arrojar arena con su pie derecho a los ojos de una pantera que se preparaba para saltar sobre él. Era una actitud de inocencia infantil… Selouros seguía arrojando arena en dirección a sus enemigos con la alocada rapidez del que cree haber encontrado en un movimiento insensato su medio de salvación, cuando un leopardo saltó por encima de la pantera cegada”.

Vintila Horia describe un ambiente en el que el hombre se siente desplazado y sólo puede, alejándose de la Urbe en la que los ritos inútiles siguen encadenando los deseos más hondos del hombre, abrirse a la espera de algo que pueda colmar su espera.

Es lo que todos los hombres, cuando nada los ha distraído ni se han ofuscado en sus propias conquistas llenas de ídolos que son hechura humana, siempre han buscado. A la caída de Augusto le sucede Tiberio, pero en el tránsito algo ha sucedido en una aldea casi desconocida de Judea.

DIOS HA NACIDO EN EL EXILIO
Vintila Horia
Ciudadela
Madrid 2008
254 páginas

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