Dios salve a la razón, por varios autores

El 12 de Septiembre del año 2006, Su Santidad Benedicto XVI pronunció un discurso histórico, al que comúnmente nos referim…

El 12 de Septiembre del año 2006, Su Santidad Benedicto XVI pronunció un discurso histórico, al que comúnmente nos referimos como Discurso de Ratisbona. Muchos de los que escucharon sus palabras se vieron obligados a replantearse lo que ellos habían entendido hasta entonces como una relación dialéctica entre fe y razón. Este libro que ahora publica Encuentro, Dios salve a la razón, intenta recoger lo dicho por el Papa –discurso más dos homilías- y algunas de las reacciones de intelectuales de diferentes religiones o ateos, ante el mensaje apostólico. Tenemos pequeños artículos firmados en Madrid, París, El Cairo, Jerusalén, Nueva York, Oviedo,…

Lo que descubrimos leyendo estas páginas es que muchos católicos y no católicos que entendían su/la fe como algo heterogéneo a la razón, fuese por el moralismo de los inquebrantables (e ininteligibles) principios, fuese por la irrazonabilidad romántica y sentimental del pietismo, al entender lo que aquí se dice, se ven reclamados a afirmar que: “No actuar según la razón, no actuar con el logos es contrario a la naturaleza de Dios.”[1] O, formulándolo al modo negativo de Glucksmann: “Una fe que ignore o evite la modesta razón filosófica corre el riesgo de encontrarse en manos de una violencia ciega.”[2]
Como hombres de hoy estamos acostumbrados a no usar la razón en la propia experiencia. Antes de juzgar algo que entra en nuestro horizonte existencial lo clasificamos. Decidimos si se trata de algo público o privado; de algo racional o pulsional-afectivo; de algo duradero, institucional, prosaico y aburrido o de algo efímero, libre, apetecible y divertido; de algo susceptible de ser medido por la razón moderna y positivista o de algo que simplemente reclama a la intensidad del momento.
La Iglesia suele alinearse, para el posmoderno, en el escaparate del mundo inauténtico e institucional de lo sólido y lo mostrenco. La fe, para el que la tiene –todos creemos en algo-, suele inscribirse en las intimidades narcisistas de las religiones posmodernas, hechas a medida, por muy creativos que sean sus disfraces. Como nos dice Prades: “cuando la dimensión racional y la dimensión afectiva-volitiva se separan desde su origen, salen perdiendo tanto una como la otra.”[3]
La Vorselung (lección magistral) de Benedicto XVI es una pura corrección fraterna a este modo de vivir la vida, predominante en el Occidente posmoderno globalizado. Y no sólo dice que no hay fe que no sea racional, sino que advierte que “una razón que sea sorda a lo divino y relegue la religión al ámbito de las sub-culturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas.”[4] Y esto es así porque no hay nada más razonable para el hombre que reconocer no sólo la existencia del misterio en la realidad, sino su papel fundamental. Dios, por tanto, es el salvador de la razón y del hombre: “El Fundamento –afirma Prades-, en cuanto «otro» respecto a la razón, da testimonio de sí mismo en la creación y en la historia, y así constituye y salva la razón.”[5]
Si la razón se concibe como absoluta, se desencanta y nos encontramos con una pura razón instrumental que enloquece, como vimos en la Segunda Guerra Mundial, ya que no encuentra otro límite que lo que ella misma sea capaz de engendrar. Así lo ve incluso Gustavo Bueno, desde su confeso materialismo: “es precisamente el Dios de los cristianos quien ha salvado a la Razón humana a lo largo de la historia de Occidente”[6], también en “la modernidad”, que, según Juaristi, “es el resultado de la deshelenización de Europa y de su consecuente abandono a los dioses oscuros e inexplicables.”[7]
Como hemos visto antes, la fe, el reconocimiento y adhesión, afectivo y racional, de Dios como presente, es la posibilidad de un espacio para el diálogo, ya que así la razón no se concibe como en posesión de toda la verdad, sino que es apertura a la realidad y al otro. Esto lo vemos ejemplificado reiteradas veces en este libro, en el que hablan musulmanes, católicos, judíos y ateos sin miedo a contradecirse, sin tener que renunciar al uso de la razón, entregándose a un multiculturalismo sentimental y humanamente encanijado.
Es verdad, como leemos del profesor Farouq, que la razón árabe tiene su propia “identidad”. Para ella lo más importante es la “lengua”, la “memoria” y el “tiempo”[8]. Pero ello no impide radicalmente el diálogo y que Farouq acabe, hablando de la cultura árabe, afirmando que “sus rasgos de violencia, extremismo y santificación del pasado eran un modo para conservar la vida, no para anularla, para comprometerse con la realidad, no para abandonarla.”[9]
Un libro, por tanto, importante, que nos permite re-visitar los redaños de nuestra cultura, y el potencial que ésta tiene: la verdadera satisfacción.

DIOS SALVE A LA RAZÓN
Varios Autores
Ediciones Encuentro
Madrid, 2008
199 páginas

[1] VV.AA. Dios salve la razón, Encuentro, Madrid, 2008, p. 42.
[2] Ib., p. 129.
[3] Ib., p. 11.
[4] Ib., p. 41.
[5] Ib., p. 21.
[6] Ib., p. 92.
[7] Ib., p. 142.
[8] Ib., p. 118.
[9] Ib., pp. 123-124.
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